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Rusia, Entre “Diciembre” y “Octubre”

Gorbachov: el principio del fin.

 
 

MANIFESTO! (2016)

Rusia Entre “Diciembre” y “Octubre”

En diciembre de 2016 se cumplieron 25 años de la desaparición de la Unión Soviética: el 8 de diciembre, de iure, con la firma de los acuerdos de Belavezha, y el 25 de diciembre, de facto. Aún hoy se debate qué significó y qué consecuencias tuvo aquel hecho no solo para Rusia, sino para el resto del mundo. Àngel Ferrero lo explicó en este artículo.

A las 19:32 del 26 de diciembre de 1991 se arrió la bandera roja del Kremlin. La enseña de la Unión Soviética presidía su último acto oficial: el de la desaparición del país al que había representado. Horas atrás, el Sóviet de las Repúblicas del Sóviet Supremo de la URSS había firmado su disolución. El día anterior, Mijaíl Gorbachov había presentado su dimisión y declarado extinguido su cargo –pasando a la historia como el primer y último presidente de la URSS–, cediendo sus poderes al presidente de la Federación Rusa, Borís Yeltsin, entonces en la cima de su popularidad.

La bandera descendió, como escribió el poeta Yevgueni Yevtushenko, “no tan orgullosa / no tan diestramente / como se izó sobre las ruinas del Tercer Reich”. Las imágenes registradas por las cámaras de televisión lo atestiguan. Fue un acto prosaico, pero cargado de simbolismo: 74 años de poder soviético eran historia, y con ellos, lo que Eric Hobsbawm llamó “el corto siglo XX”. Lo que terminó aquel día de diciembre, veinticinco años atrás, difícilmente puede resumirse en una sola página. Efectivamente, el mundo, como escribió Hobsbawm, fue moldeado “por los efectos de la Revolución rusa de 1917” y “todos estamos marcados por él”: el socialismo en Rusia, el fascismo que buscó evitar su expansión a Europa, la Segunda Guerra Mundial, las luchas anticoloniales en África y Asia, la Guerra Fría. Todo ello dejó su huella en la ciencia y en la cultura. Los libros con los debates y polémicas sobre su fundación –“La revolución de los bolcheviques... es la revolución contra El Capital” (Gramsci)–, su evolución –¿La revolución traicionada? ¿El socialismo realmente existente? ¿Sovietismo, como lo llamó el historiador Stephen Cohen a falta de una definición mejor?– y su final inesperado, puestos en línea, uno tras otro, superarían en extensión al Muro de Berlín.

No solo estamos marcados por este mundo, sino también por su desaparición. Sin la URSS –la sexta parte del mundo, en la formulación poética de Esenin que popularizó Dziga Vértov–, el resto de economías socialistas que dependían de ella capitularon una tras otra y se integraron en el sistema-mundo capitalista, alterando el equilibrio entre trabajo y capital en un proceso que se conoció como “globalización”. La salida del escenario de la URSS significó también la entrada de la “nueva Rusia”, con todos sus excesos, y lo que parecía imposible devino posible: antiguos disidentes de la URSS, como Eduard Limónov o Aleksandr Zinóviev, saltaron inesperada y repentinamente a la palestra en su defensa. En el panorama musical fue probablemente el grupo Grazhdánskaya Oborona –también conocido por su acrónimo, GrOb (“ataúd”, en ruso)–, formado por el torrencial Yegor Letov en la ciudad de Omsk, en Siberia, con su sonido sucio, lo-fi, garagero y post-punk, el que mejor expresó la desesperación de los turbulentos años de terapia de choque neoliberal tras la desaparición de Víktor Tsoi –muerto en un accidente de tráfico en 1990–, quien había representado en la música las esperanzas de apertura y cambio de la perestroika.

Los últimos instantes de la existencia de la URSS. El adiós de Gorbachov, la bandera arriada... Nacía un nuevo panorama geopolítico.

El aniversario del fin de la URSS precede en unos pocos meses –caprichos del calendario– al centenario de la Revolución bolchevique, el 7 de noviembre de 2017, y este, a su vez, tendrá lugar casi una década después del comienzo de la Gran Recesión. Aquel espectro que recorría Europa en 1848 y con el que arrancaba el Manifiesto Comunista de Marx y Engels hoy parece conjurado gracias a las artes de los brujos neoliberales. En Rusia, el aniversario –ambos aniversarios– es, para las autoridades, un campo de minas que están obligados a atravesar periódicamente. Para las élites rusas, aquel 26 de diciembre de 1991 abrió su camino al poder político y económico, pero supuso al mismo tiempo el fin de su condición de superpotencia –de cuyo legado, por cierto, viven aún hoy la mayoría de rusos, y cuya historia no puede borrarse sin borrar la de la propia Rusia moderna–, una que comenzó por lo demás con una revolución comunista que el año que viene cumplirá el siglo, y que por motivos obvios les es imposible reivindicar. Probablemente todo termine con el habitual requiebro dialéctico. En 2005 Putin calificó el fin de la URSS de “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Es una frase que gusta repetir a los medios de comunicación occidentales, casi siempre para malinterpretarla. Pocos repararon en que dijo “geopolítica”, y no “social”.

Quizá la clave esté precisamente ahí: en saber quién celebrará o solo conmemorará cada uno. Tampoco es que lo tenga mucho mejor el resto del mundo, y, en particular, el mundo occidental. Con economías con un crecimiento débil, estancadas o incluso en recesión, una brecha social cada vez mayor entre ricos y pobres, el desmantelamiento de los Estados del bienestar surgidos en la posguerra y la sombría perspectiva de la primera generación de la historia que vivirá peor que la de sus padres sin que haya mediado una guerra o catástrofe natural, no parece haber muchos motivos para celebrar este aniversario. El poder se ha vuelto cínico. En su fase tardía, el capitalismo ya no necesita de la hipocresía de la ética protestante. “Hay una lucha de clases... y la estamos ganando”, dijo en 2006 Warren Buffett, un hombre –como dicen en los Estados Unidos– valorado en 60 mil millones de dólares. Diez años después, más de uno hará suyo los versos de Yevtushenko: “No tomé el Palacio de Invierno / ni asalté el Reichstag. / No soy lo que diríais un ‘rojo’ / pero abrazo la bandera roja y lloro”.

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