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SALVADOR ALLENDE, Voodoo Chile

Ilustración: Juanjo Sáez

 
 

ME, MYSELF & I (2003)

SALVADOR ALLENDE Voodoo Chile

El 11 de septiembre de 1973 Salvador Allende puso fin a su vida en el Palacio de La Moneda de Santiago de Chile. Siempre quedará para la historia la grandeza trágica del presidente suicida, a quien nadie pudo asesinar y quien renunció a huir de su país cuando, en las primeras horas del alzamiento de Augusto Pinochet, tuvo la oportunidad de hacerlo. Aquellos dramáticos hechos acabaron con el primer gobierno marxista (en el mundo, en la historia) elegido democráticamente. Recuperamos este artículo de Santi Carrillo escrito en 2003, cuando se cumplían treinta años del infausto golpe de estado que acabó con el sueño de izquierdas de Salvador Allende.

Hablemos de Docúpolis 3, el tercer Festival Internacional Documental de Barcelona, celebrado entre el 23 y el 26 de octubre en el CCCB. Dentro de la sección “Rescate”, dedicada a recordar los treinta años del golpe militar en Chile (“un país lleno de contradicciones”, se asegura en algún momento de esta panorámica), Me, Myself & I vemos dos cintas diametralmente opuestas: “I Love Pinochet”, de Marcela Said, y “11 de septiembre, 1973. El último combate de Salvador Allende”, de Patricio Henríquez. Ambos documentos siguen la senda abierta por el mítico y premiado tríptico “La batalla de Chile” (1975, 1977, 1979), así como por su continuación natural, filmada dos décadas después del golpe con algunos de los mismos protagonistas, “Chile, la memoria obstinada” (1997), dos trabajos complementarios e hirientes, razonablemente objetivos, ideados por Patricio Guzmán.

En “I Love Pinochet”, inquietante, se cumple a rajatabla la teoría apuntada recientemente por Claude Chabrol en “La flor del mal”, pero llevada al extremo de la indecencia. La altiva falta de sensibilidad con el prójimo que suele mostrar la burguesía, y que tan bien expresa el cineasta francés en su película, aquí se desborda con palabras altivas que anegan de indignidad el doloroso recuerdo de la catástrofe chilena... Aun así, víctimas pasivas de la exagerada subjetividad de los testimonios, nos reímos, aunque sea de pena, aunque se nos acabe helando la sonrisa, al oír los desacomplejados comentarios de los partidarios en activo del sanguinario general Augusto Pinochet, algunos con la vulgaridad y el lenguaje soez que normalmente caracteriza a los de su condición. Un repelente abogado con doce hijos, un profesor afrancesado, una universitaria ignorante, un niñito tonto y llorón, una niña abducida por la voluntad de su familia, unas pijas educadas en el lujo y la distorsión..., todos aplaudiendo a rabiar, con arrogancia y prepotencia, el legado militarista que salvó a Chile del comunismo y recuperó para ellos el orgullo de sentirse chileno, afirman. En una bonita muestra de cinismo sangriento, aseguran no querer que se vuelva a repetir aquello, pero no parecen en absoluto apenados por las atroces violaciones de los derechos humanos cometidas, por los muertos y desaparecidos que se perdieron por el camino. (¿Qué pensaría al respecto el silencioso hombre chileno que teníamos a nuestra derecha, rodeado de sus hijos y su mujer, concentrados en la película?).

‪Salvador Allende, Estadio Nacional de Chile, 2 de diciembre de 1971: “Sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Y que lo sepan: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera”.

Impresionados por los personajes que, alabando la muerte, dan vida a esta cinta, recuperamos el pulso y la dignidad con la siguiente: “El último combate de Salvador Allende”, glosa heroica de la resistencia numantina de Allende y su treintena de colaboradores civiles en el palacio presidencial de La Moneda aquel tristísimo 11 de septiembre de 1973 que acabó con el primer gobierno marxista (en el mundo, en la historia) elegido democráticamente. Era el día en que estaba previsto, dada la insostenible situación de caos social que se vivía en Chile, el anuncio por parte de Salvador Allende de un plebiscito para que el pueblo aprobase o rechazase al gobierno de Unidad Popular, unión de partidos de izquierda.

El momento estelar de este último combate llega con ¡¡¡un Allende preocupado por la suerte de un Pinochet a quien seguía suponiendo leal!!!: “El pobre Pinochet debe de estar preso”, musitó... En las primeras horas del asedio, el presidente creía que el golpe de estado era ajeno a la voluntad de su colaborador, a quien había designado dieciocho días antes comandante en jefe de las fuerzas armadas tras la renuncia voluntaria de sus más fieles generales, Carlos Prats a la cabeza, al no sentise con autoridad suficiente frente a los militares (pronto) sediciosos y ante la situación de ruptura inminente que se vislumbraba en el ejército. Pinochet se declaró constitucionalista y juró ser defensor y garante de la voluntad del pueblo representada en el gobierno de Unidad Popular encabezado por Allende; ni Judas Iscariote lo hubiese hecho mejor.

Tal y como se explica en el documental, cuando finalmente le llega el mazazo, la noticia del bando encabezado por la firma de Pinochet (“la liberación de la patria del yugo marxista”), Allende enmudece, enfoca la mirada hacia el infinito, juega a percutir los dedos de la mano derecha contra la mesa y suspira un descorazonador “tres traidores, tres traidores”.

Fue la rúbrica final a un proceso anunciado, a un golpe “inevitable”. La derecha, demostrando una elaborada actitud golpista, nunca aceptó la derrota electoral de 1970 e inició una fase de agitación callejera en alianza con los movimientos fascistas, subvencionados generosamente por la CIA, para convulsionar y perturbar a la sociedad chilena durante casi tres años de guerra económica, persiguiendo desestabilizar al gobierno a través del boicot a la producción por parte de los empresarios e incentivando huelgas que dividiesen a los trabajadores. También desde el parlamento, en manos de la derecha, se rechazaron todos los proyectos de ley propuestos por la izquierda.

Una muestra de “La batalla de Chile”, documental constituido por una trilogía de películas que relatan los eventos ocurridos entre 1972 y septiembre de 1973. Dirigido por el cineasta chileno Patricio Guzmán.

Pero la conmoción de este último combate documentado es esta: tras exigir Allende a sus dos hijas que abandonaran La Moneda (las acompañó hasta la puerta: silencio, abrazos; no más; nunca más), llegó la emocionante renuncia de todos sus amigos a dejar el palacio, sugerencia hecha imposición por el presidente ante la imposibilidad de un imposible: resistir contra la rabia asesina de todo un ejército en un infierno de llamas, humo irrespirable, gases lacrimógenos, tuberías rotas, agua hasta las rodillas... Antes de la inevitable y obligada rendición final, nadie se fue: todos optaron por quedarse con él, quizá para siempre (probablemente muertos, podían suponer en ese instante, ante la intimidante presencia de los aviones de guerra bombardeando la sede del gobierno; posteriormente, la mayoría acabaron asesinados o “desaparecidos”), en una decisión tan temeraria como heroica. Básicamente, eran miembros de la policía civil y escoltas del dispositivo de seguridad, un ministro y un exministro de estado, dos médicos, un consejero político, una secretaria, dos periodistas, chóferes..., simplemente. Y aguantaron firmes, el palacio desmoronándose, durante más de siete horas desde el anuncio de las primeras noticias: una proeza, y una vergüenza para el ejército chileno, como apunta con sorna uno de los supervivientes.

Algunos lo cuentan ahora en estas imágenes, tantos años después, y juran que esa determinación sin asomo de duda les valió para poder mirar a los ojos a sus mujeres e hijos sin sentir nunca vergüenza: “Me tengo respeto por haberme quedado”.

A diferencia de las palabras de Pinochet refiriéndose al acuerdo que le podían ofrecer a Allende una vez se hubiese rendido incondicionalmente (“y el avión se cae cuando vaya volando”; conversación interceptada por un radioaficionado), siempre quedará para la historia la grandeza trágica del presidente suicida, a quien nadie pudo asesinar y quien renunció a huir del país cuando, en las primeras horas del alzamiento, tuvo la oportunidad de hacerlo (el edecán del presidente, hombre de confianza, le facilitaba la salida). También resuenan en el infinito de la posteridad sus últimas palabras (“no llenas de amargura sino de decepción... Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida”) emitidas por radio en su gran discurso final: “Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria”. Ahí se ponía punto y final al sueño de un gobierno socialista de y para los trabajadores, quienes mayoritariamente demostraron una fidelidad a prueba de bombas a su presidente, a pesar de todas las presiones y carencias. Así también se ponía en marcha esta memoria obstinada que no olvida, la que se expresa en estas películas, en estos testimonios... “Mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, dijo Allende, sabiendo, probablemente, que era lo último que se recordaría de él.

De la hiena cobarde de Augusto Pinochet, por el contrario, todos supimos, muchos años después, que, aconsejado por sus abogados, acabó acogiéndose a la demencia como eximente penal para no ser juzgado; ¡¡¡menudo héroe!!!

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