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Seminario punk, Posgraduado en underground

Hans-Peter Feldmann: “5 Pound Bill With Red Nose” (“Billete de 5 pounds con nariz roja”, 2012).

 
 

FREESTYLE (2016)

Seminario punk Posgraduado en underground

En el marco de la exposición “Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo” –que se pudo visitar hasta el 25 de septiembre de 2016 en el MACBA de Barcelona–, se celebró un seminario con el mismo título. Eloy Fernández Porta, uno de los participantes en el acto –junto a David G. Torres (comisario de la muestra), Greil Marcus, Marina Garcés, Bob Nickas y Kendell Geers–, nos resumió en este artículo el contenido de las dos jornadas (celebradas el 15 y el 16 de septiembre). Las dos conferencias pueden verse aquí y aquí.

¿A qué se parece el punk? Esta pregunta, aunque no se formuló de manera explícita, recorrió como una corriente eléctrica las seis intervenciones de los participantes en las jornadas. Una respuesta posible: no se parece a nada, fue un acontecimiento único, sin antecedentes ni continuaciones. Esta visión ha dominado en parte la historiografía del rock, y no es del todo falsa. Pero el fogonazo punk también iluminó, con luz de incendio, hechos históricos anteriores y circunstancias sociales posteriores. Y al destruir convenciones en la música y en la vida tuvo que crear métodos del derribo, y del aullido, modos de compartir y técnicas, características que no se agotaron en el año 77 y que se extienden más allá de su origen londinense.

Que el punk y el arte harían camino juntos quedó claro desde el primer concierto de los Sex Pistols en la Saint Martin’s School Of Art, hoy Central Saint Martins –también conocida, entre los aficionados a la música, por el devastador retrato que hizo Jarvis Cocker de una alumna en “Common People”–. Más claro aún si se considera que, en la época en que se gestaba el movimiento, prácticas como la performance, el happening, el destructivismo o la crítica institucional ya eran parte del currículo de cualquier academia que se preciara. El hazlo-tú-mismo y el terrorismo restringido se convirtieron en procedimientos habituales, poniendo en cuestión la primacía de la pintura. Asimismo, el punk cuestionaría los estilos trascendentales en el rock. Una consecuencia de todo ello fue que los espacios expositivos dejaron de definirse a partir de lo pictórico y se reinventaron como un ámbito de importación de otras actividades y como una caja de resonancia para las efusiones contestatarias. El museo se reconvirtió en un laboratorio cuya misión principal no es catalogar obras, sino compartir prácticas, y donde la experiencia fundamental no es contemplar, sino intervenir.

Esto explica que, desde la década pasada, los debates sobre contraculturas musicales hayan encontrado un escenario acogedor en los centros de arte contemporáneo. En nuestros lares el lugar pionero de esta corriente ha sido el CA2M de Móstoles, que abrió fuego con la exposición “Sonic Youth etc.: Sensational Fix” (2010) y prosiguió con “Pop Politics” (2012) y, el año pasado, con la expo en la que se inscribe este seminario. Tras su paso por Artium (Vitoria) ha recalado en el MACBA, ahora dirigido por Ferran Barenblit, quien estuvo a la cabeza del centro mostoleño. “No es una muestra sobre el punk”, apuntó, en su presentación de las jornadas, su curador, David G. Torres, “sino a partir del punk y siguiendo sus huellas”. El comisario barcelonés, que fue uno de los pioneros en la organización de proyectos semejantes en esta ciudad, añadió que es “el sentido autocrítico del arte actual” el que “lo ha hecho más poroso a recibir el influjo del  movimiento punk”: un adjetivo que designa, antes que una forma creativa o un género acotado, “un estado de ánimo”.

 

La imagen más repetida a la largo de las jornadas fue la cubierta del single de los Buzzcocks “Orgasm Addict” (1977). La portada reproduce, en forma invertida, una obra sin título realizada ese mismo año por Linder Sterling, quien vivió la eclosión de la escena punk en Mánchester y formó el proyecto musical Ludus.

 

Una fuente importante de todos estos proyectos es, claro está, “Rastros de carmín” (1989). Le correspondía, por tanto, a Greil Marcus la conferencia inaugural, y la presentó como “una nueva introducción al libro”. Fue más que eso. A los pocos minutos ya había pronunciado la frase que sería el leitmotiv de su alocución, y su mejor resumen: “Momentos de verdadera poesía”. Antes que historiador Marcus es un prosista, particularmente dotado para la analogía inaudita y la erudición transversal. Habló de la catedral de Notre Dame, y contó dos intervenciones heréticas que sucedieron en ese lugar. En 1950, en el Día de Pascua, cuando los miembros del incipiente grupo letrista pronunciaron su homilía sobre la muerte de Dios, y en 2013, cuando las Pussy Riot interrumpieron la misa al grito de “Pope No More”. “No importa si conocían los pasos que estaban siguiendo”, señaló. La contracultura es para él un itinerario “sinuoso” en que coinciden caminantes muy diversos, y que puede desembocar en vías más concurridas. Así, puede suceder que un poema sonoro de Hugo Ball resuene, de improviso, en un programa de máxima audiencia, en boca de una cantante melódica que, sin filiación alguna con las vanguardias, se ha sentido, de pronto, arrebatada por “un vórtice de expresión simbólica”. En su anterior estancia entre nosotros, en Murcia, en el Festival SOS de 2014, el pensador californiano había hablado sobre momentos finales del rock, como la tragedia de Altamont de 1969. Esta vez se centró, con su consabida elocuencia, en la otra vertiente de su trabajo: la que examina las continuidades y las “ideas que viajan a través del tiempo”.

“¿Cuándo nos atreveremos a escupirle al mundo su propia abyección?”, se preguntó, a continuación, la filósofa Marina Garcés. A partir de su ensayo “Clasicismo punk”, recientemente publicado en el volumen colectivo “Cultura en tensión” (2016), Garcés incidió en aquellos elementos del punk que ya estaban presentes, en otras formas, a lo largo de la modernidad, al menos desde los ilustrados. En primer lugar, la apelación al cuerpo como una entidad que “desmiente la cultura del tiempo en que se inscribe”. Con ella, la fuerza crítica que procede de la necesidad, que sale de abajo –de los de abajo–, y acerca de la cual “no tenemos ninguna garantía de que no pueda ser violenta”. Finalmente, la crítica a la actualidad mediática como intento de crear una cesura y romper el curso de la Historia –un punto en que coincidió con su predecesor, quien pocos minutos antes exclamaba: “Si no te gustan las noticias, hazlas tú”–. Articulando indignación y raciocinio a fin de construir un humanismo para el año 2016 –y no para el siglo XIX, que es la humanística al uso–, trazó vínculos entre el espíritu comunitario y vindicativo de los setenta y movimientos cívicos como Dinero Gratis, del que formó parte a finales de los noventa. Y se mostró asimismo convincente al reivindicar la vertiente ética de sentimientos “inmorales” como la repulsión en una época en que, a pesar de la injusticia globalizada, parece a veces que “no hay asco: hay más bien una inquietud atemorizada”.

 
  • Eloy Fernández Porta

  • Kendell Geers

  • Greil Marcus

Tres de los ponentes en este seminario ideado alrededor no del punk, sino a partir del punk.

Fotos: Òscar Giralt

 

Ya en la segunda sesión, Robert Nickas, escritor, curador y fundador del sello From The Nursery, incidió, con gran agudeza, en algunos aspectos formales de la estilística punk que no han sido suficientemente atendidos. Por una parte, mostró el lado minimalista de ese estilo por medio de una serie de portadas donde la reducción de elementos visuales y el uso del monocromo constituyen “una reacción contra la sobreabundancia consumista de  imágenes”. De ese modo presentó el cover art de los discos de debut de Wire y Generic Flipper, así como el “13 Songs” (1989) de Fugazi, como una inusitada y colorista expo minimal. A continuación llegó la carga de profundidad: una concienzuda crítica de la idea, tan extendida, del punk como un género simplista que, supuestamente, cualquiera es capaz de tocar. Para Nickas lo que define este tipo de música no es tanto el impulso anárquico como el espíritu democrático. Por tanto, su divisa no debería ser “hazlo como te dé la gana”, sino más bien si todo el mundo está invitado a hacerlo… entonces habrá que hacerlo de manera muy competente. “El punk hizo creer a muchas personas, que creían ser ingenuas, que tenían talento”. A partir de esta frase de Mark E. Smith, que aplicó también al sector del arte, lanzó una vehemente defensa de la habilidad técnica contra el adanismo tecnofílico, el sonido Pro Tools y el culto a la espontaneidad. Y la remató con banda sonora de The Fall, propugnando, en una propuesta que generará debate, “una época de retorno al aprendizaje (re-skilling) musical”.

En el parlamento final, el artista conceptual surafricano Kendell Geers se describió, con sensato sarcasmo, como “un Frankenstein del colonialismo”: un blanco con conciencia que, en la última época del apartheid, halló en la escena punk una vía para expresar su desacuerdo con el régimen. Las  contradicciones del medio donde creció las explicó por medio de una anécdota impagable. En el Johannesburgo de los años ochenta había un único local underground, donde los punks como él coincidían con los skinheads. Las dos tribus se turnaban para bailar sus respectivas canciones, y la noche solía terminar con una tángana de órdago: “¡Yo, un punk blanco antirracista, zurrándome con un skin negro! ¿¡Os lo podéis creer!?”. Apuntó también la influencia de grupos como los Buzzcocks en sus proyectos de crítica institucional, que abarcan desde una obra realizada con el certificado de defunción de su padre hasta una estación de audio en que catorce megáfonos policiales emiten una grabación de los aullidos de un importante curador azotado por una dominatrix. El final de su discurso, vibrante aunque tan extenso que apenas dejó tiempo para el coloquio, fue la última, y quizá la más visual, de las propuestas genealógicas que habían ido surgiendo a lo largo de dos días. Se trata de un ejemplo que ya es clásico en Historia del Arte, aunque fue bien utilizado por Geers. Son dos bocetos obscenos extraídos de los cuadernos de un pintor, un antecedente, no siempre acreditado, de los fanzines y del queercore: Leonardo.

Publicado en la web de Rockdelux el 28/9/2016
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