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SERGE GAINSBOURG, Requiem pour un con

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2010)

SERGE GAINSBOURG Requiem pour un con

El corazón de Serge Gainsbourg se colapsó el 2 de marzo de 1991. Ese día se fue uno de los artistas más importantes e inabarcables del siglo XX. A propósito de la reivindicación de Gainsbourg a través de la película de Joann Sfar, Santi Carrillo escribió este rendido recuerdo a su vida y, sobre todo, a su obra. Que también es, por supuesto, una invitación para volver a repasar uno de los corpus artísticos más geniales de la historia de la música popular.

Al feo y talentoso Serge Gainsbourg (1928-1991), ahora reivindicado por Joann Sfar en su devota “Gainsbourg (Vida de un héroe)”, la vida le dio lecciones de cinismo, y él, aplicado, las utilizó para engrandecer su notoriedad como personaje público hasta convertirse en un icono histriónico, pero sobre todo histórico, legando un testamento artístico deslumbrante y sofisticado. Gainsbourg supo hacer valer su fecunda inspiración para salir airoso de cualquier tendencia y sobrevivir a cualquier reto: sus letras se fundían con la musicalidad del ritmo y rebosaban agudeza e ingenio, con un melancólico ideal de belleza dando vida a historias de amor obsesivo, sexo y autodestrucción. Seccionaba las palabras por la mitad y cambiaba el ritmo para, en ocasiones, fingir un acento muy inglés con un significado muy francés, tanteando siempre la emoción pero cortándola de raíz antes de que se desbordase. Fue un melodista inspirado, un palabrista excepcional y un compositor suntuoso. Maestro de la dualidad, supo inventar canciones clásicas y pop desechable para él y para casi todos los demás.

Fue depurando su escepticismo con la lucidez que le procuraba su ironía. Vanidoso y orgulloso, su actitud egotista fue el fruto de su arrogancia, pero también la máscara de su timidez. Generoso y desprendido, pero casi nunca amable ni sociable. Se definía como una persona no apasionada. Detestaba estar solo, pero le resultaba imposible convivir con alguien. “No soy un buen tipo, no soy un buen amigo”, repetía en entrevistas el hombre que amaba a las mujeres. Y la mujer, claro, fue el gran tema de sus canciones. ¿Y el sexo? Simplemente, “onanismo por persona interpuesta”, confesó. Que se sepa: ninguna de sus amantes lo vio jamás completamente desnudo. A veces, tierno; otras, sorprendentemente, casi un puritano.

Se enamoró perdidamente e ideó “Je t’aime... Moi non plus” para la Bardot mientras vivían un intenso y corto affaire, pero la boba BB vetó la edición de la canción por presiones de su marido, con quien volvió sumisa. Entonces, le ofreció a su amiga Marianne Faithfull el tórrido dueto, pero ella no aceptó. Finalmente, el gran premio recayó en Jane Birkin, a la postre su gran compañera. Gainsbourg y Birkin se convirtieron en inseparables durante doce años, hasta que el insoportable nihilismo de Serge, ya muy Gainsbarre, echó al traste aquello. (Tras la ruptura, siguieron unidos hasta el final en una bonita historia de amor y amistad que se diría ya eterna).

Gainsbarre era su álter ego nihilista y desagradable que mostraba en todo su esplendor su lado oscuro para epatar a espectadores y explotar su vena provocadora. La que justamente lo transformó en un suicida optimista que, finalmente, se ganó la muerte a conciencia, bebiéndose y fumándose la vida sin compasión. Y murió solo, tendido en la cama, con los puños cerrados: ataque al corazón. Un genio y un gilipollas.

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