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Carteles originales de “Les yeux fermés” de Jöel Santoni y “Lifespan” de Alexander Whitelaw.

 

FREESTYLE (2019)

TERRY RILEY Música incidental (XI): La trompa de Eustaquio y la imaginación

Por Remate

En la undécima entrega de su saga “Música incidental”, que se puede seguir aquí, Remate descubre al histórico minimalista Terry Riley como compositor de bandas sonoras, una faceta recóndita (por su escasa producción) pero exquisita.

La música de Terry Riley entra en tu cuerpo por el iris al mismo tiempo que por los oídos, extrañamente. Desde el sonido más puro, absorto y ensimismado. Como la pulpa de una naranja. Nuestra mitad animal se alimenta de este fruto con las semillas y las deposita en el cerebro. Y entonces percibimos colores del espectro visible por los humanos y más allá. Tal vez resulte esotérico, pero este es el único esoterismo posible (quizá solo junto con La Monte Young y David Tibet), insólito, el que no deriva ni de reflejos dorados ni practica la natación sincronizada por aguas de supuestas nuevas eras. Sin adivinanzas ni porvenires ni líneas de la mano, sino el Big Bang que se expande infinito. Sus composiciones estimulan las producción de las ondas alfa, beta, theta y delta. Durante ese espacio de tiempo somos (un poco) zen.

Terry Riley es un maestro. Su música es un axioma. Si tecleas su nombre en un buscador informático se escaparán de la realidad virtual, como un zombi que sale de su tumba, un cúmulo de ramas, hojas, remolinos de sintetizadores ondeando en círculos excéntricos –los que no tienen un mismo centro–, porque cada remolino es único e irrepetible. Sin clones. Solo ondas muy parecidas, aunque diferentes de carácter.

 
TERRY RILEY, Música incidental (XI): La trompa de Eustaquio y la imaginación

Las bandas sonoras de Terry Riley expanden las películas, las redimensionan.

 

Su trabajo en el ámbito de las bandas sonoras es, aunque recóndito (algunas pocas películas, documentales, cortos fuera de la órbita comercial...), exquisito. Por ejemplo, en la edición doble Les yeux fermés & Lifespan (2007) de los dos scores para “Les yeux fermés” (Joël Santoni, 1972) y “Lifespan” (Alexander Whitelaw, 1976) (una reconstrucción vital después de sufrir un coma, y un terrible suero que alarga la vida y se prueba en cuerpos de ancianos indefensos, respectivamente), hay muchos momentos sublimes a la altura de sus grandes clásicos. Pasajes para perderse en frondosos laberintos, detener el tiempo y pensar simultáneamente en conceptos asimétricos. Kierkegaard, vivir o morir. Fresas salvajes. El equilibrio invertido de manos o hacer el pino. Exponerse a una pieza tan bella como “In The Summer” (de “Lifespan”) dispara ideas aparentemente sin sentido, entre la alta costura y la cotidianidad más extrema, como las que sucedían en la película “Cómo ser John Malkovich” (Spike Jonze, 1999) al meterse en la cabeza del referido, que se dibujan entre la trompa de Eustaquio y la imaginación. El blanco absoluto. Epifanías. La música de Riley expande las películas, las redimensiona. En el corte “Delay” (también de “Lifespan”), la ebullición de la nota del diapasón parece como cuando todos los insectos de la naturaleza permanecen suspendidos en la galaxia reducida de unas lilas que acaban de florecer y que se marchitarán casi en el mismo momento en que los coleópteros, finalmente agotados, descansen sus alas. Todos se resisten a que cambie la escena, a la muerte. “Delay” (Retrasar) parece bastante transparente desde el título y desde su primer acorde de órgano fulgurante.

Su último trabajo cinematográfico es, sin embargo, una producción mucho menos extática, arrebatada e independiente que las de sus bandas sonoras de los setenta. “Hochelaga. Terre des âmes” es una película de 2017 del director canadiense François Girard, conocido por su película “Sinfonía en soledad. Un retrato de Glenn Gould” (1993), por “El violín rojo” (1998), por la adaptación de “Seda” (2007) de Alessandro Baricco, por “El coro” (2014)... Además, este cineasta ha dirigido óperas porque es, sin duda, un gran melómano. En esta ocasión Riley se acompaña de su hijo Gyan, con el que lleva años trabajando y quien le acompañó en la última gira (que pasó en ese formato por España también). La épica y la fantasía de este drama histórico, que superpone un suceso del presente en un partido de fútbol americano con un hecho acontecido siglos antes, con todos sus pliegues arqueológicos y fatalidades, es el perfecto escenario para que sea la música lo que acorte las distancias. Los propios pliegues e idas y venidas de la partitura de la familia Riley hilan toda la historia y se encargan de que la épica sea profunda pero sin aspavientos. Que se vuelen las cabezas y no los tejados.

Publicado en la web de Rockdelux el 25/4/2019
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