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Todos somos bobos, Reificación burguesa

Joaquim Gomis, empresario textil e introductor de la fotografía moderna en España, cultivaría su interés por la contemporánea.

 

FREESTYLE (2012)

Todos somos bobos Reificación burguesa

El periodista, investigador y ensayista de rock & roll y contracultura Jaime Gonzalo volvió a colaborar en Rockdelux después de más de veinticinco años con esta columna de opinión sobre el papel de la burguesía tutelando la cultura. Rock critic desde los años setenta, Gonzalo es una de las firmas históricas y de más prestigio del periodismo musical en España.

Aunque por razones profilácticas hace ya mucho que desterré de mi vida la televisión, permanecen hospedados en el subconsciente ciertos reflejos de cuando consentía que esta me embruteciera. De visita en domicilio ajeno, cojo el mando a distancia y empiezo a sondear canales en autómata búsqueda de nada en concreto, tropezando con un singular documental. Aprendo de ese modo que, fundado en 1949, durante veinte años el Club Cobalto 49, una agrupación catalana, brilló en las tinieblas culturales del franquismo con fulgor de faro alejandrino, guiando a audaces navegantes estéticos en la difícil travesía que representaba entonces mantenerse al corriente de las nuevas manifestaciones artísticas producidas dentro y fuera de la reserva espiritual de Occidente. Cobalto 49, también denominado Club Cobalto y Club 49, hizo a esos efectos las veces de dársena del conocimiento, descargando en Barcelona importantes fletes culturales: la primera gran retrospectiva de posguerra de Miró, conciertos de figuras estadounidenses del jazz en colaboración con el Hot Club, la exposición colectiva inaugural de Dau al Set, y Música Oberta, movimiento musical de vanguardia fundado en 1960 por el compositor y miembro del grupo Josep Mª Mestres i Quadreny.

Destaca en ese acervo musical legado por el club ferromagnético la mercurial figura de Joaquim Gomis, un acaudalado empresario textil, introductor de la fotografía moderna en España, que en el seno de Cobalto 49 cultivaría su interés por la música contemporánea. Valga como prueba de ese celo de mecenas el que a mediados de los sesenta fletara un avión para traerse a Merce Cunningham, John Cage y todo un cuerpo de ballet con intención de presentarlos en la Ciudad Condal. Como fuere que nadie se atrevió a programar semejante extravagancia, tan señalado hecho se desarrolló en La Ricarda, finca rasante con la tercera pista del aeropuerto del Prat donde todavía se levanta Casa Gomis, un racionalista experimento arquitectónico, proscenio de numerosas veladas musicales, varias de ellas protagonizadas por Carles Santos. Por entonces con apenas 20 años, el pianista de Vinaròs recuerda en el documental su paso por aquel selecto club donde arte y antifranquismo podían neutralizar el concepto marxista de la división de clases, no así el de hegemonía cultural enunciado por Gramsci. Hegemonía que hizo de Barcelona dinamo cultural de España y puerto de entrada en territorio nacional-católico de numerosas novedades y vanguardias. Hegemonía perdida, como todos sabemos y se lamenta estólido otro de los entrevistados. “Contra Franco se vivía mejor, por recurrente que suene. Con la aparición de Pujol empezó el desinterés cultural de la oligarquía”. Subraya esa apreciación una hija de Gomis, deplorando amargamente que entre los de su condición ya no se transmitan aquellos valores que hicieron posible tanta y tan valiosa efervescencia.

 
Todos somos bobos, Reificación burguesa

A mediados de los sesenta, Gomis fletó un avión para traerse a Merce Cunningham, John Cage y todo un cuerpo de ballet.

 

De las varias reflexiones que suscita la decadencia cultural del catalanismo moderno, motivada por otro tipo de instrumentalización política, y la liliputiense escala a que su tragicomedia se desarrolla, emerge una pregunta retórica: ¿Debería extrañarnos que no se haya terciado relevo de aquella burguesía, aparentemente movida por el amor a su lengua y su cultura, por sus veleidades intelectuales, que hizo de Barcelona plaza cosmopolita umbilicalmente unida a París, oasis sensorial donde era posible practicar el diletantismo modernista sin necesidad de asfixiar a la ciudad en disseny? Aquella ciudad, decimos, de la que surgirían fantasmas cinematográficos como la Escuela de Barcelona, trasuntos de Carnaby Street como la calle Tuset. La de la gauche divine, pero también la del folk chiruquero y el movimiento escolta, la de ámbito parroquial obrero y movilización universitaria, la de los Setze Jutges, el Grup de Folk y la escena del rock progresivo, soma fraguado en el subtexto del conflicto resultante de la dicotomía entre la oposición y la adscripción a la férula franquista en que se debatían las clases acomodadas. La burguesía, en concreto la alta burguesía, jugó por lo tanto un ambiguo papel en la consolidación de esa Barcelona moderna, falso mito, pues reflejaba más luz de la que emitía, luego destilado en concepto. No obstante dividida lingüística, política y culturalmente, dicha burguesía catalana, en sus contradicciones y de manera indirecta, hizo posible que la contracultura, en su origen estadounidense un fenómeno burgués y mayoritariamente judío, penetrara en España solo con tres o cuatro años de retraso.

Que políticamente el mayor rédito de ese lapso de ruptura y renovación se lo llevara aquel sector definido por Sisa, que era de origen obrero, como “una serie de liberales izquierdistas burgueses catalanes, intelectuales y todo eso”, artífices de una logomaquia contrarrevolucionaria que acabaría siendo cualquier cosa menos intelectual, no es relevante. La cuestión a atender es que el papel de la burguesía como detentadora de una cultura de élite ha quedado obsoleto, anulado por factores de diversa índole, sociales, políticos, económicos y esencialmente tecnológicos, que han hecho de la cultura de masas ente autosuficiente, omnívoro estómago donde con pareja voracidad se devora, que no siempre digiere, pienso popular y manjar de vanguardia. De lo cual, supongo, deberíamos congratularnos.

 
Todos somos bobos, Reificación burguesa

Bobo, acrónimo de “bourgeois-bohème”, versión hexagonal del “hipster” surgida durante la ocupación alemana en Francia.

 

La gente ahora tiene libre acceso a todo. Se mueve sola, impelida por la fuerza motriz del consumo cultural, que ya en nada se diferencia de otros consumos cotidianos. El mecenazgo burgués ha sido desplazado por la profesionalización del óbolo institucional en forma de subvención, por el patrocinio de grandes marcas comerciales, por la atomización de lo pequeño burgués de una clase media que, si bien en vías de extinción, por ejemplo, ha nutrido de periodistas y lectores, no digamos ya de músicos, al conjunto de la prensa musical hecha en España a partir de ‘Star’. Formamos pues los de ese sustrato parte de lo que en Francia se dio en denominar bobo, acrónimo de bourgeois-bohème –esto es, burgobohemio; antes, durante los años hippies, conocido como baba, y pretéritamente como zazou–, versión hexagonal del hipster surgida durante la ocupación alemana. Bobos de tomo y lomo somos, sí, y por favor que nadie perciba aquí indicios de double entendre, en tanto que si la definición oficial del espécimen lo tiene por “individuo de una nueva clase (culturalmente) superior en el que se hibrida el idealismo de los años sesenta con el individualismo liberal de los ochenta”, las generaciones que desde los años setenta venimos consumiendo cultura pop en general, sea baja o alta, nos estimamos superiores porque creemos saberlo todo, máxime desde que internet permite cometer trampas, y hacemos gala de unos valores ideológicos que entran en fastidioso conflicto con nuestra verdadera naturaleza, que no es sino burguesa, egoísta.

Venía mas o menos a decir Santos en el documental de Cobalto 49 que el tutelaje cultural burgués constituía un mal necesario, o menor si se prefiere. Naturalmente la coartada era el antifranquismo que todo lo amalgamaba. Ahora que cada cual va a la suya, sin otro ideal que el de aferrarse a esas briznas de bienestar burgués que la ventisca global todavía no le ha arrebatado, difícilmente podría un revulsivo cohesionar a una clase superior catalana, fuera la que fuese, para enderezar el rumbo cultural de una ciudad que agoniza mientras se ríe. Habría que preguntarse, claro, si esa reconducción, ya que no estrictamente necesaria puesto que en Barcelona todo el mundo parece encantado de conocerse, aportaría algo en un marco cultural tan susceptible de transformaciones como la propia burguesía y sus intereses, que han sustituido el arte por el ladrillo, o lo que sea. Un arte que cada vez es menos elitista, quizá porque en conjunto unos y otros nos hemos vuelto más elitistas. A mi modo de ver, aunque personajes como Gomis nos reportarían más bien que mal, aunque la fuerza de los bobos a la hora de sancionar tendencias es asunto a considerar, no debería haber otra clase superior que la constituida por el individuo cuando piensa y decide por sí mismo, al menos hasta allí donde sus posibilidades le permitan.

Publicado en la web de Rockdelux el 12/3/2012
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