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Una de piratas, (Todos malos)

Ilustración: Juanjo Sáez

 

ME, MYSELF & I (2002)

Una de piratas (Todos malos)

Cuando el mundo de la música estaba a punto de cambiar debido a la piratería y sus consecuencias, Santi Carrillo escribió este artículo intentando analizar causas y consecuencias de una situación con más culpables de los que parecía. Se publicó en septiembre de 2002, y en él se esgrimían quince razones para tantear posibles soluciones, muchas de ellas basadas en el respeto a la música y a los músicos.

1. ¿Cuándo la industria discográfica en los últimos años ha tenido en consideración a los grupos minoritarios? Se debilitará la prospección de artistas, dicen. Pero si la norma habitual ha sido siempre buscar anodinos modelos de repetición a los que marketerizar rápidamente...; ese es el previsible concepto de música que se maneja en las multinacionales hoy: la fabricación pura y dura de naderías enlatadas en serie, las recopilaciones bobaliconas, los singles de éxito rebozados en spot televisivo; esa es la verdadera tragedia, la existencia de una censura económica: si no vende, no vale.

2. Sí, ya sabemos que la piratería no tiene ningún halo romántico y que el vendedor ilegal es una víctima de las mafias, claro, pero que nadie se olvide, tampoco, de nuestro papel de víctimas; los amantes de la música tenemos que aguantar que se hable en nombre de ella utilizando el componente de sensiblería humana de ‘Operación Triunfo’ o cualquier otro invento parecido surgido del espectáculo televisivo más banal. ¿Qué tiene que ver el karaoke con el arte de la música?

3. Dicen que el vendedor ilegal solo recibe 0,30 euros por CD, pero, ¡atención!, el artista, salvo excepciones estelares, solo aspira a un contrato del 8% o 10%; así pues, ¿por qué la industria habla en nombre de los artistas cuando son estos quienes menos dinero reciben en esta cadena de montaje? Si no se los valora al firmar contratos para explotar la venta de sus obras, ¿por qué ahora se los utiliza emocionalmente como banderín de enganche de una causa cada vez más perdida?

4. En cualquier caso, buscando la objetividad, se impone un reparto más justo, por lo menos más equitativo, de los beneficios. Es ilógico que la tienda, la distribuidora y Hacienda (ese sangrante 16% de IVA) se lleven más dinero que el artista, el autor de las canciones o hasta incluso la propia compañía de discos (que asume los costes de producción y promoción) por la venta de un CD.

5. ¿Tiene razón de ser este debate cuando la propia industria en sus divisiones correspondientes, mismamente Sony o en su momento Philips, es la que ha creado los, parece que ilimitados, mecanismos tecnológicos para que la piratería exista? Por supuesto, los dirigentes informáticos no quieren interferencias en su territorio: “No se metan con la dinámica de la industria tecnológica; cuasarían daños irreparables. El enfoque del debate no debe ser la protección del contenido, sino la del consumidor”, aseguran hábiles (y contentos de que las leyes vayan muy por detrás de la tecnología).

6. ¿Y qué pasa con esos fascistas métodos antipirateo? Céline Dion, desde el mismísimo centro del mainstream, ha puesto en práctica un sistema que impide usar su último disco en ningún ordenador, no ya para copiarlo, sino incluso para escucharlo; el ordenador se puede estropear. Así pues, ¿debe pagar el ordenador del consumidor por el fracaso de la industria en resolver el problema de la piratería?

 
Una de piratas, (Todos malos)

En la piratería, el vendedor ilegal es una víctima de las mafias.

 

7. Se necesitan unos 40 millones de pesetas en marketing para envolver de purpurina el lanzamiento de los discos comerciales (30 millones en campaña publicitaria de televisión y 10 más para radios, cartelería y expositores): obligatorio vender 50.000 discos para que el despilfarro empiece a ser rentable; hay que pagar el glamur, las suites, los aviones privados y los caprichitos tontos de los artistas. Pero ¿desde cuándo la cultura, de la que no se cansan de hablar buscando un respeto institucional casi siempre inmerecido, se ha de acomodar a las carencias y al pragmatismo de la industria? ¿Es este tipo de industria, tan mercantilista (mil en despilfarro, cero en imaginación), la que defiende al artista, a la cultura de la música? ¿No es esto, exagerando un poco, una equiparación a las rentables mafias chinas, chechenas, pakistaníes o italianas que, bien organizadas, controlan el pirateo del top manta: la música, o algo parecido, como excusa para amasar fortunas?

8. Lo cierto es que nunca se ha consumido tanta música en España como en la actualidad, 80 millones de discos vendidos en 2001: la suma de las ventas oficiales, que no han supuesto una reducción de la facturación, a pesar de todos los lamentos, y de las ventas piratas, que basculan entre el 15% y el 20%, según la SGAE, y el 30%, según AFYVE (sospechoso; que se pongan de acuerdo). Entonces, ¿de qué se quejan?, ¿de que la cuenta de balances no siga disparándose más hacia arriba? Se sabe que no es lo mismo “perder” que “dejar de ingresar”.

9. La solución de futuro para el artista no adscrito a la farándula parece clara: o refugiarse con modestia en los sellos independientes de pequeño formato (donde se valorará más su música) o, en última instancia, vender sus canciones sin intermediarios (ese ridículo 8% o 10%) directamente desde su web, ya sea en formato CD o no. Y con el aval de medios de comunicación solventes, generalmente pequeños, objetivos y fiables: células de resistencia filtrando toda la información. Y dejando de lado a aquellos que forman parte de megacorporaciones con intereses en los medios y en el entretenimiento; ¿quién se los puede creer?

10. Sorprende leer que los ejecutivos discográficos con problemas de conciencia aseguran que en sus empresas no pesa más el marketing que la creación. ¿A quién quieren engañar? Si hay que redefinir el modelo de negocio, como ellos mismos aseguran, solo forzados por la evidencia de que se les está escapando el dinero de entre los dedos, ¿por qué no empezar por cuidar la música, es decir, al músico (dejándolo madurar para que crezca) y al comprador de música (uno: abaratando el precio de un CD cuyo coste de fabricación estricto no va más allá de las 120 pesetas; dos: cultivando su capacidad de elección y, asimismo, su conciencia intelectual sobre el producto escogido), los dos eslabones realmente imprescindibles para que siga existiendo música?

 
Una de piratas, (Todos malos)

‘Operación Triunfo’: el triste desarrollismo español.

 

11. Cosas positivas de ‘Operación Triunfo’: vender discos a mil pesetas: un éxito, a pesar de los agoreros de la competencia. ¿Por qué nunca se apunta la posiblidad de bajar los precios del CD? ¿Por qué los directivos de las grandes compañías, haciendo oídos sordos a la competitividad que rige sus negocios, no quieren ni oír hablar de la bajada del precio del CD, cuando, probablemente, y dejémonos de tonterías de una vez por todas, sea la única medida clara y directa para favorecer la venta (legal) de más discos? “Bajando el precio, le hacemos un favor al pirata”, dicen sin que se les caiga la cara de vergüenza.

12. A mediados de los noventa, los costes de producción cayeron, pero la codicia de las discográficas evitó que se replantease el precio de venta de los CDs. Recordemos que el CD irrrumpió en los ochenta con un PVP en las tiendas que triplicaba el del vinilo al considerarse un producto de lujo (cuando su precio de coste era muy inferior). Al contrario que otros avances tecnológicos (televisión en color, videograbadoras, videocámaras...) que progresivamente han ido abaratando su prohibitivo PVP inicial, al CD, implantado obligatoriamente en detrimento del vinilo y en contra de la economía del consumidor, nunca le afectó esa popularización de precios, manteniendo siempre un estatus al alza al que, obviamente, se acomodó la gran industria: rápidos beneficios.

13. Preocupa el papel de la SGAE como casi un gobierno en la sombra (protegido desde su soledad de ente único en la materia de gestionar el dinero de los autores), bendiciendo el consumo del triste desarrollismo español a través de las ventas millonarias de ‘Operación Triunfo’ (esto es: defendiendo su propia recaudación, un crecimiento del 6,6% respecto al año anterior; por supuesto, no la música) y, mucho más allá de sus atribuciones y competencias, intentando poner una tasa por cada CD-R vendido para tratar de compensar sus pérdidas por piratería. ¿Y qué más?

14. No menos importante: en la piratería también influye la responsabilidad de los usuarios, y aquí no parece haber signos de lucha contra la poca educación cultural, no solo musical, de la gente. En España, a la cabeza del top manta dentro de la UE junto a Grecia, no existe demasiado respeto entre la población por la propiedad intelectual, como se comprueba en las crecientes fotocopias de libros entre los estudiantes (fomentadas por sus profesores; no así, parece ser, el gusto por los propios libros). Si no se propicia el respeto por “esos activos intangibles” que son los bienes culturales, es normal que no se valore, entre otras cosas, la música. Es así como ha adquirido categoría de norma la baja calidad de los intercambios de archivos amateurs, que no suelen llegar ni al nivel de lo analógico. La calidad del sonido no le importa a nadie. Es normal: si ya no importa la música... ¿Quién se ha preocupado de ese tema, el verdadero problema? En cualquier caso, si al consumidor siempre se le ha tratado únicamente como tal, parece ahora el menos culpable en esta rueda de despropósitos.

15. ¿Existen radios que eduquen musicalmente a los jóvenes? ¿En las escuelas se fomenta una sensibilidad musical (o, más trágico, de cualquier otro tipo)? El liberal modelo de ‘Los 40’ se ha extendido como una plaga en su lucha por conseguir audiencias masivas acríticas, embrutecidas intelectualmente, desensibilizadas. La copia no es más que la clonación de lo vulgar, la representación de los valores, o de la falta de ellos, de la sociedad actual. En cualquier caso, los buenos discos no suelen encontrarse disponibles en la venta ambulante del top manta. ¿Quiere decir eso algo? “¿Te imaginas un mundo sin música?”, rezaban provocadores los afectados por la piratería en la celebración del inútil Día Sin Música. Pero el eslogan debería ser éste: “¿De qué música hablamos cuando hablamos de música?”.

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