"Hoy tengo un bache, mañana tendré una carrera”, cantaba Vic Chesnutt en “Steve Willoughby” en 1991. La tuvo. Y más que buena. Pero se acabó. Este “freak bohemio”, como él se autocalificó en una entrevista en estas páginas, puso fin a su vida el día de Navidad ante la imposibilidad de hacer frente a las deudas acumuladas, y a las que indefectiblemente iba a seguir acumulando, por su imperiosa necesidad de medicamentos. El sistema sanitario en Estados Unidos... ¡Qué vergüenza!
Parapléjico tras un accidente de tráfico a los 18 años, Vic Chesnutt se doctoró cum laude con un repertorio triste, creado por alguien que conocía el dolor en primera persona, un dolor a veces lanzado con una desengrasante ironía bien surtida de chistes y bromas, sobre todo en las presentaciones de sus canciones en sus inapelables conciertos. Y es que, como habrá podido comprobar cualquiera que haya tenido la fortuna de haber asistido a alguna de sus actuaciones, de sus hirientes alaridos, tan profundos como la negra noche del alma, se pasaba a la risa más absurda, aunque nunca desprovista de un inquietante componente oscuro.
Probablemente, la imaginación de Vic Chesnutt personificaba la poesía de sueños libres mejor que nadie. Pero también por su condición de parapléjico transmitía una cierta tensión nihilista que conmovía y ponía los pelos de punta. Había mucha humanidad en su imperfección, sobre todo cuando dejaba intuir un cierto determinismo infeliz. “Yo tengo miedo todo el tiempo, ese es el sentimiento que me acompaña vaya donde vaya”, nos confesó una vez. Quizás por eso se colocaba ese escudo protector de forzada diversión que le permitía darle la espalda a esa terrible amargura que, como finalmente se ha podido comprobar, le oprimía por dentro.
Abría su disco “At The Cut”, uno de los tres que publicó en 2009, utilizando citas de los escritores Frank Norris y Joseph Roth para declararse “un cobarde”; pero un cobarde con valor: “The courage of the coward, greater than all others”; un valor nacido “de la desesperación y la impotencia”. ¿Nos estaba avanzando su último gesto fatal? Si “Coward” era el primer tema, “Granny” era el que cerraba “At The Cut”, y el que podríamos tomar como su despedida. Un adiós que idealizaba la felicidad de sus tiempos de infancia, cuando Chesnutt era un ser plenamente libre y su abuela le aseguraba: “You are the light of my life and the beat of my heart”. Añorando la vida y sus latidos, el ritmo para vivirla...
Cuando actuó por primera vez en España, el 9 de marzo de 1995 en la sala Maravillas, en Madrid, balbuceó: “Perdonadme, soy un americano estúpido”. También se le oyó decir: “Por fin estoy libre de esperanzas”. Ahora lo está definitivamente. Descanse en paz. 