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VIOLETA PARRA, Violeta del pueblo

Ilustración: Sonia Pulido

 

EDIT (2013)

VIOLETA PARRA Violeta del pueblo

Se han cumplido cincuenta años de la muerte de Violeta Parra (1917-1967). Santi Carrillo trazó en este artículo –publicado a raíz del estreno en España, con dos años de retraso, de la película “Violeta se fue a los cielos” (2011) de Andrés Wood– una semblanza general de una artista total que trascendió, entre diversos méritos acumulados, por su lucha emocional y social contra la injusticia. Precursora del movimiento de la nueva canción chilena e, indudablemente, un símbolo de la canción de autor en castellano. Eterna.

“Cuando Violeta tenía razón, era preferible callar. Y a veces, también, cuando la tenía a medias. O cuando no la tenía”, escribió el músico Patricio Manns sobre la cantautora chilena. Con un carácter dominante que podía llegar a ser avasallador y agresivo cuando discutía, Violeta Parra (1917-1967) no dejaba a nadie indiferente. Independiente y libre hasta el final de sus días, fue una artista total que cantó, escribió, tejió, pintó y esculpió.

Su trayectoria musical en solitario se concretó en diez años de grabaciones (1956-1966) progresivamente mejores que llegaron con el bagaje de un esforzado y seminal trabajo de rastreadora del folclore chileno: el rescate de la riqueza popular ancestral, voluntariosa tarea que inició en 1953, ya con 36 años. Pura divulgación didáctica y muestra entusiasta de cantos, danzas y leyendas, de los que Violeta Parra tomó buena nota para su obra inicial a partir de estrofas encontradas en el camino.

Se suicidó el 5 de febrero de 1967, un año después de haber compuesto la inmortal “Gracias a la vida”. “Drástico. Como le gustaban las cosas a ella”, escribió su hijo, Ángel Parra, en “Violeta se fue a los cielos” (2006), libro de memorias utilizado como base de la película del mismo título de Andrés Wood, estrenada en Chile en 2011 y, con dos años de retraso, en España el pasado mes de julio.

Las canciones de Violeta Parra –pura intuición que poetizaba, desde la sencillez, cualquier suceso– recorrieron el camino de la ingenuidad y la melancolía para llegar al tuétano de la profundidad dramática, algunas con un inesperado componente experimental, a través de una voz que fue dulcificándose y alejándose del primitivismo chillón de sus inicios. En algunas de sus letras latía un espíritu paradójicamente pagano y religioso a la vez; como invocaciones de origen sagrado arremetiendo contra la propia religión desde una suerte de plegarias seglares. En otras primaba su humor amargo, que predisponía, entre la denuncia y el panfleto, a un cierto ajuste de cuentas. Y, por supuesto, destacaba siempre su lucha, desde lo emocional y lo social, contra la injusticia y la miseria, lo que la convirtió en un símbolo.

En su renuncia a seguir viviendo influyeron el final de su relación amorosa con Gilbert Favre, su compañero durante cinco años (a quien dedicó la sobresaliente “Run run se fue pal’ norte”, donde cantó: “Que la vida es mentira, que la muerte es verdad”), y el no haber podido afianzar un público fiel para su inusual propuesta en la Carpa de La Reina, aventura que inició a principios de 1966 en un espacio multiartístico en el que buscó establecer una comunicación directa con sus espectadores.

Dejó de hacerse la muerta, uno de sus juegos habituales, y se disparó cuando atravesaba su mejor momento artístico, como demuestran, rutilantes, sus últimas grandes canciones: además de las dos cumbres ya citadas, “Rin del angelito”, “Volver a los 17”, “El guillatún” y “El albertío”. Todas ellas presentes en “Las últimas composiciones de Violeta Parra”, álbum editado en noviembre de 1966, a tres meses del fin, y considerado por la crítica el mejor disco chileno de todos los tiempos.

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