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WILCO, El rock escultura

Gran Teatre del Liceu. 15 de octubre de 2012. Wilco son malos por tocar ahí. Que lo sepáis. Lo dice Nando Cruz. Foto: Jordi Vidal

 

FREESTYLE (2012)

WILCO El rock escultura

La gira española 2012 del grupo de Jeff Tweedy dejó, a su paso por el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, un rastro de éxtasis y algún recelo. El público presente se supo protagonista de una velada exclusiva e irrepetible, pero también hubo voces de desaprobación; entre ellas, la de Nando Cruz. Según él, Wilco ejemplifica hoy un concepto de “rock de clase media” culto y distinguido. Aquí desarrolló su teoría, que en Rockdelux no compartimos en absoluto.

Hay un momento especialmente celebrado en los directos de Wilco, cuando Jeff Tweedy entona con dormilona dulzura los versos de “Via Chicago” y la banda se precipita escaleras abajo con toda la cacharrería creando un estruendo cacofónico. El público suele reaccionar de un modo algo extraño: casi nadie se agita mientras el ruido eléctrico sacude la canción, pero todos aplauden a rabiar cuando este cesa. Lo escuchan y después aplauden, en un ritual educado y desconcertante, pues no es el estruendo lo que provoca el entusiasmo, sino el acto de generar ese estruendo. La música no es energía que sobrecoge, sino un objeto observado con pasión comedida. Y, de algún modo, el concierto deviene un espectáculo civilizado donde se enloquece por turnos; primero la banda y luego el público. Es el rock escultura.

En Barcelona, este higiénico desajuste entre el cataclismo eléctrico y los aplausos se produjo nada menos que en el Gran Teatre del Liceu. Y, claro, el desajuste quedó aún más acentuado visualmente por la distancia entre Wilco y su público. No existe decorado más representativo en el que ubicar una escena que aquel donde la burguesía catalana disfruta de la cultura. Ni, tampoco, un recinto con más precios distintos. El día de Wilco había ocho, con una diferencia de cien euros entre el más barato y el más caro. (Sí, el público rockero también está cada día más compartimentado en función de su poder adquisitivo o su disposición para pagar por ver un concierto. Y el boyante mercado de las entradas VIP no hará sino acentuar esa tendencia).

No es ningún secreto que usamos la música para definirnos dentro de la sociedad. Lo hacemos con la ropa, con el calzado y con casi todo lo que consumimos y exhibimos. La música nos conecta con personas con las que queremos tener algo en común y también nos distancia de otras con las que no tenemos o no queremos tener nada que ver. Como remarca el sociólogo Josep Verdaguer, “casi no hay nada más ‘enclasante’ que la asistencia a un concierto de música distinguida”. Y su prudente “casi” cobró una solemne dimensión el pasado 15 de octubre ante aquel rock escultura, formalmente impecable, que aplaudimos con distante educación. Porque, sí, hay algo aún más “enclasante” que asistir a un concierto de música distinguida: asistir a un concierto de música distinguida en un recinto distinguido.

 
WILCO, El rock escultura

La música elevada a la categoría de evento distinguido y diferenciador (según Nando Cruz). Foto: Jordi Vidal

 

La escala barcelonesa de Jeff Tweedy y compañía azuzó una infantil polémica sobre si Wilco aún es un grupo de rock de vanguardia o ya es una ampulosa milicia de classic rock. Pero el tema ya no es la guitarra de doble mástil de Nels Cline, ni las campanillas de Glenn Kotche, ni la alergia a los solos ni la desconcertante sensación de recordar el “Telegraph Road” de Dire Straits mientras tocan “Impossible Germany”. No es una cuestión de gustos, sino la muy aplastante constatación de que en el antaño humilde y famélico circuito indie ya existe esa cosa llamada “música de calidad”: un arte mayor que merece ser degustado en recintos excepcionales. Wilco en el Liceu es aquel reproductor de alta fidelidad en el que solo tenían derecho a sonar cierta clase de grupos.

Wilco en el Liceu es el concierto de rock transformado en magno espectáculo. Es Eric Clapton en el Royal Albert Hall. Es la música elevada a la categoría de evento distinguido y diferenciador: blanca y envasada en butacas de madera barnizada tapizadas de terciopelo rojo. Pero no fue solo eso. La presencia de los de Chicago en el templo del bel canto barcelonés visibilizó, además, una tendencia que clama al cielo desde hace tiempo: la metamorfosis del rock de raíz alternativa en un producto selecto para gente con buen gusto. No, Wilco en el Liceu no fue un exceso puntual, sino la penúltima pirueta de esta imparable tendencia. Si aún hay alguien que se sienta contrariado al leer que el indie se ha convertido en la banda sonora de la juventud de clase (ya no tan) acomodada, aquel lunes debió quedar cegado ante tan despampanante constatación.

Meses atrás, en una mesa redonda, varios promotores españoles constataban alarmados que el negocio de la música en vivo se sustenta en el consumo de un público muy reducido. Ese público lo compone, sobre todo, la clase media; como bien deben confirmar los estudios de mercado de esas marcas de cerveza, coches, telefonía, ropa y calzado tan obsesionadas por asociar sus productos a jóvenes de ese perfil. De hecho, en Estados Unidos ya auguran que la desaparición de la clase media sentenciará a muerte a la industria musical. Pero mientras llega ese día, ese consumo cultural del que no participa la inmensa mayoría de la sociedad nos hace sentir especiales y distintos, pues reafirma nuestro concepto del buen gusto. Ahora que casi todos estamos sin un duro, la cultura aún nos permite sentirnos superiores.

 
WILCO, El rock escultura

La metamorfosis del rock de raíz alternativa en un producto selecto para gente con buen gusto (según Nando Cruz). Foto: Jordi Vidal

 

Ojo, este no es un vicio exclusivo de los fans de Wilco, a los que de un tiempo a esta parte les llueven palos por todos lados. El público de Wilco solo ejerce la versión más adulta y refinada de una actitud extensible a todo consumidor de perfil indie y, si apuramos, a la mayoría de los melómanos occidentales. Sin darnos cuenta, hemos aprendido a anteponer la condición diferenciadora de la música frente a la aglutinadora. Vemos la música más como un elemento exclusivo que inclusivo. Para comprobar si actuamos así, solo tenemos que hacernos la siguiente pregunta: ¿escuchamos música para integrarnos en la sociedad o para sentirnos diferentes de los demás?

Ya va siendo hora de reexaminar la función social que desempeña cada género musical y el rol que esta hace jugar al espectador. Y ante estos reconfortantes tópicos que afirman que la música nos une y nos libera, la que interpretó Wilco en el Liceu produjo justo el efecto contrario. Aunque queramos pensar que esa noche hubo magia en el escenario, la verdadera prestidigitación se produjo fuera de él. El concierto de un grupo de country alternativo (hoy, realeza del circuito) radiografió a sus fans y los segmentó minuciosamente en estratos: tú al palco, tú a platea, este al primer piso, ese al segundo, aquel al tercero, o al cuarto, o al quinto... Y, de rebote, caldeó los ánimos de los que se quedaron fuera y los de algunos de sus detractores.

Aquel pluscuamperfecto rock conquistó el operístico coliseo, como pregonó ufana la prensa y esos telediarios más de clase media que el propio rock de Wilco. Pero quizá faltó subrayar que ese día el rock no conquistó el Liceu en un acto robinhoodesco, sino para proclamar a bombo y platillo que existe una burguesía rockera, incluso en el indie, dispuesta a alquilarlo de vez en cuando. Y para constatar, de paso, que un concierto exclusivo es una posesión tan valiosa como un cuadro, una escultura o un trofeo de caza.

Wilco en el Liceu fue, en definitiva, la ostentosa reafirmación del concepto de buen gusto que impera en 2012. La gran fiesta de la música de calidad.

Publicado en la web de Rockdelux el 8/11/2012
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