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Yo inventé el gafapastismo, ¿Qué es lo hipster?

Una visión muy particular sobre el movimiento “hipster”: consumidores de vanguardias y autodesignados prescriptores.

 

FREESTYLE (2011)

Yo inventé el gafapastismo ¿Qué es lo hipster?

Más de 25 años después, Ignacio Julià volvió a colaborar en Rockdelux. Y lo hizo con este texto vitriólico sobre el movimiento hipster, subcultura que mereció un ensayo en forma de libro de tendencias: “¿Qué fue ‘lo hipster’? Una investigación sociológica”. Así pues, debatamos sobre el asunto.

Y puedo demostrarlo (mejor otro día…). Pero nunca jamás, ni por casualidad, fui moderno. Quizás por individualismo congénito y recelo social; en ningún caso por inútil nostalgia del pasado o adhesión a lo más palpable del presente a la fuga. Tal vez porque viví en primera línea los años ochenta y sus coloristas, lúdicos intentos por enterrar los restos del hippismo junto a los desechos del franquismo. Seguramente porque prefiero seguir fundamentando mi identidad antes que entregarla a los caprichos de la moda, manía sociológica que parece tener en su condición de inconclusa su principal entidad, siempre a punto de ser sustituida por otra oleada emergente. Sé que respetar lo antiguo y sospechar de lo moderno apesta a conformista clase media, pero me niego a ignorar otra evidencia: el paso del tiempo ejerce de filtro cualitativo para los más artificiosos destellos de lo novedoso. Llámame patética antigualla, pero las subculturas siempre preferí observarlas desde fuera. El desfile ha sido desopilante.

Viene todo ello a cuento de un entretenido compendio, “¿Qué fue ‘lo hipster’? Una investigación sociológica” (Alpha Decay), recopilado por Mark Greif, editor de la revista neoyorquina de cultura y política ‘n+1’. No se refiere el libro a los hipsters originales de los años cuarenta y cincuenta, cuando se inicia la tendencia a desmarcarse de la corriente principal y se empieza a imitar a las minorías étnicas en la creación de nuevas tipologías, cuando relumbran Charlie Parker, Jack Kerouac o Lenny Bruce. Aquellos primigenios buscadores de lo cool inventarían el despectivo término hippy para nombrar a sus desastrados y laxos sucesores, de cuya utopía irrealizada seguimos alimentándonos. Greif y su equipo diseccionan otra subcultura más próxima: detectada a finales de los noventa y difunta según sus estudiosos en 2003, aunque obviamente sigan llegándonos sus vestigios, tuvo su epicentro en Nueva York y barrios como Williamsburg. Procedía directamente de la escena del rock alternativo, la neobohemia y el rodante gremio skater.

 
Yo inventé el gafapastismo, ¿Qué es lo hipster?

Hip, hip, hurrah. ¿Qué fue “lo hipster”? Esto, ni más ni menos: cultura trash, estética “vintage”...

 

Como cualquiera de sus precedentes históricos, el hipster profesa creencia propia y cree habitar una esfera particular. Adora la cultura trash y adopta la estética del porno setentero; viste tejanos ajustados, camiseta vintage o camisa proletaria y gorra de camionero. Es consumidor de vanguardias y autodesignado prescriptor, casi nunca artista creativo. Su versión ibérica aproximada sería el tan sufrido gafapastas, portátil a cuestas, Johnny Cash o Radiohead en el iPod. Y, por supuesto, también como en toda subcultura anterior, el hipster nunca admite serlo; sería admitir el absurdo ridículo de su impostura. “El ‘hipster’ es esa persona que nos revela la realidad y al mismo tiempo la arruina”, dispara Ron Horning, uno de los participantes. También este aforismo es aplicable a cualquier moderno anterior, ese que yo nunca fui.

“La esencia de una subcultura es la distinción”, postula Greif citando al sociólogo Pierre Bourdieu. “Te provee de un perfil diferenciado al que no podrías acceder de otro modo; puedes sumarte a una subcultura cuando filosófica o ideológicamente te encuentras al margen de la corriente principal, o si te ves incapacitado de algún modo para la lucha vital. Lo que antes era un hándicap se convierte en una ventaja, aunque solo sea para verte acogido en un grupo. Quien fracasó al tratar de unirse al equipo de baloncesto, se convierte en skater; el ‘nerd’ se convierte en experto en videojuegos; el izquierdoso se hace punk”.

Ahí es fácil comprender mi fracaso absoluto a la hora de estar a la última. Además de mi aversión a la barbarie de tatuajes y piercings, intuí instintivamente el autoengaño que encierra pretender vestir el yo grupal de una tribu para evitar bregar con el propio, eso tan dificultoso de resolver quién eres y perpetuarlo. Advertí también su carácter elitista y sectario: el hippy, el punk, el gótico, el indie, el hipster, es siempre el más cool –solo en su cabecita, claro–, alguien con quien no se puede competir. Otro impedimento: el modo cíclico en que el consumo de masas muta adoptando lo que los avanzados dejan atrás, cuya penúltima demostración está en la absorción de las estéticas grunge o hip hop por la mercadotecnia de grandes almacenes. Los nuevos hipsters son consumistas, amorales, narcisistas, nos dicen, un epílogo de la posmodernidad donde el pastiche y la ironía se agotan como forma estética. Apunta sarcástico el libro que su bagaje se reduce al filósofo nihilista Slavoj Žižek, las películas de Wes Anderson, la dudosa ideología antisistema con publicidad de marca de la revista ‘Vice’ y el bisoño canon de la web musical ‘Pitchfork’. Valga como aproximación.

 
Yo inventé el gafapastismo, ¿Qué es lo hipster?

“Lo hipster” en el Greenwich Village: efluvios de la beat generation, cuando relumbraban Charlie Parker, Jack Kerouac o Lenny Bruce.

 

Sus pecados capitales serían, empero, más próximos al mundo indie y su redención de lo difuso y lo cursi: la tendencia al infantilismo y el primitivismo, y sobre todo la carencia de conciencia política, excusada en el atronador confusionismo de lo global. Como explica Greif: “El antiautoritarismo ‘hipster’ no es más que una treta mediante la cual los jóvenes de clase media se perdonan a sí mismos haber dado la espalda a las reivindicaciones de la contracultura –ya sea punk, anticapitalista, anarquista, ‘nerd’ o setentera– al mismo tiempo que conservan el atractivo de la contracultura. Esto amenaza con convertir el futuro en meras comunidades de adeptos superficiales”.

Los hipsters originales, los de los cuarenta y cincuenta, buscaban en última instancia un nivel superior de conocimiento además de una apariencia y conducta despampanantes. Hoy, esa misión, de existir, ha quedado colapsada por internet y el imperio de lo virtual, lo sensorial predominando sobre lo intelectual, la información ahogando la reflexión. Asistimos impotentes al ya cansino espectáculo de la vuelta a las raíces, microgeneración tras microgeneración, pues así se miden hoy las épocas. Mientras transcurrían los primeros años del milenio, la estética pin-y-pon de los indies –en su día los llamábamos gasterópodos, por sus mochilas a la espalda y presunta lentitud neuronal– ha dado paso a un renovado afecto por la naturaleza y lo rural como antídoto de virtualismos, al regreso de las desterradas barbas y las camisas de cuadros, a los grupos con nombres zoológicos (Fleet Foxes, Wolf Parade, Band Of Horses, ¡Animal Collective!).

La actual crisis económica permitirá en el futuro a medio plazo pocos avances que no sean la acampada urbana o el carroñeo estilístico, en pesadillesca turbamulta de subculturas repitiéndose en rizo y clonándose entre ellas, chocando contra el duro muro de la Historia, prontamente reabsorbidas por el impasible sistema capitalista. No será un espectáculo regocijante. Mejor seguir siendo invisible.

Publicado en la web de Rockdelux el 30/6/2011
Etiquetas: 2010s, 2011, sociedad
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