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ABBAS KIAROSTAMI, El cineasta menguante

Poeta de la depuración.

 
 

ENTREVISTA (2003)

ABBAS KIAROSTAMI El cineasta menguante

El cineasta Abbas Kiarostami (1940-2016), nacido en Teherán, empezó a ser reconocido internacionalmente con “¿Dónde está la casa de mi amigo?” (1987) y alcanzó la gloria con “El sabor de las cerezas” (1997), Palma de Oro en la 50ª edición del Festival de Cannes. Recuperamos esta entrevista de Àlex D'Averc hecha en 2002, cuando el realizador iraní acudió al Festival Internacional de Cine de Gijón para ser homenajeado y presentar “Ten”.

¿Qué ha devuelto el iraní Abbas Kiarostami (Teherán, 1940) al cine para ser el gran incontestado de su arte? Entre tantas otras retribuciones, la ambigüedad de la gran poesía, la elusividad del misterio, que no puede ser explicado sin ser profanado, y la libertad de los espectadores, a quienes no se puede llevar al rincón para que forzosamente acepten un discurso, un sentido, una visión.

El Festival de Cine de Gijón ha dedicado una amplia y necesaria retrospectiva a la obra de Kiarostami, culminada hasta el momento con “Ten” (2002), una extraordinaria película, un nuevo hito cinematográfico que incomprensiblemente aún no tiene distribución en España. Y en Gijón estuvo presente este cineasta que tiene la mano ligera de un miniaturista persa que hace fluir la tinta sin detenerse, apercibido del modo en que cualquier énfasis podría estropear la gracia de su dibujo. Las epifanías no se pueden interrumpir con notas al margen; son irresistibles y también intraducibles. Por ello la aspiración del director iraní al disimulo, a la mínima exhibición, no es un rasgo de coquetería sino de responsabilidad: “El autor no debe ayudar a hacer entender la película y no debe imponer su modo de interpretarla. No me parece lícito que el director tenga su ojo pegado a ella; ha de apartarse, desaparecer. Lo que quería decir ya lo ha dicho en el tiempo de la película, y después no puede volver para contarlo. La audiencia debe quedarse a solas con las imágenes”. Además, esa aclaración sería solo el pálido remedo de lo que el filme ha expuesto inmejorablemente con sus propios mecanismos y cuyo surgimiento tiene mucho de irreproducible. “Muchas veces un director –asiente Kiarostami– no sabe lo que ha hecho. La creación es en su mayor parte inconsciente, y es un inconsciente quien crea”.






“Un día le dije a mi hijo que su generación no sabía de poesía y que eso le pasaría factura, porque a cierta edad es una ventana que permite respirar, una llave para abrir puertas. Él me dijo que su ventana era el ordenador. No se puede esperar que unos niños que tienen un juguete de comunicación tan potente pongan atención en los poetas”

No solo la forma, sino esa voluntad de hacer emerger una revelación que permanece oculta en la realidad y que, sin embargo, no puede ser asimilada o comprendida más allá de su expresión propia es lo que lo emparenta con Roberto Rossellini, Robert Bresson o Carl T. Dreyer, los más citados de sus precursores. Pero también, muy cabalmente, con las shatjiyat: las parábolas de la tradición sufí. Mas Kiarostami se muestra muy cauteloso: “Es una cuestión que no sabría responder. Mi país es un país de poesía, y a buen seguro que esa tradición me ha marcado, pero me resisto a decir que mis películas sean parábolas”. Sin embargo, no oculta el modo en que su cine, y el cine iraní en general, está vinculado con el arte poético: “Yo he leído mucha poesía y tengo muchos poemas en la memoria; además, el farsi es un idioma forjado por la práctica poética. El Islam es poesía, y eso es un tesoro infinito, una fuente que no se agota”. Una cultura poética expuesta, no obstante, como en todas partes, a la disolución, que ni tan siquiera la particularidad política de la República de Irán ha podido conjurar. “Lamentablemente, la generación más joven ha perdido la intensidad de esa tradición. Un día le dije a mi hijo que su generación no sabía de poesía y que eso le pasaría factura, porque a cierta edad es una ventana que permite respirar, una llave para abrir puertas. Él me dijo que su ventana era el ordenador. No se puede esperar que unos niños que tienen un juguete de comunicación tan potente pongan atención en los poetas”.

Pero si la excepción poética persa también sucumbe y las plenitudes de sentido llegan cada vez más diferidas, son más complejas de alcanzar, como comprueban el personaje de su filme “El viento nos llevará” (1999) o la mujer protagonista de “Ten”, Kiarostami abandona su serenidad algo melancólica al hablar del futuro del cine y del advenimiento del digital. “Es una oportunidad para todos nosotros y para los que vendrán después. Los directores de hace años no eran mejores; les era más fácil convencer a los productores para obtener el dinero. El vídeo digital es una barrera derribada; ya no se estará tan limitado por tener que procurarse ese dinero”. Y ni tan siquiera hace remitir su entusiasmo que, más allá de los productores, sean los distribuidores quienes campen por sus respetos, o que la inmediatez y la facilidad de trabajar con formato digital produzca una inflación mayor de las imágenes, haga aparecer un cine menos reflexivo. “Habrá también muchas películas digitales malas, pero será una onda que se calmará. Tengo la convicción de que el espectador de dentro de cien años verá mejores películas que las que vemos hoy”.

No es improbable. Kiarostami, que va poniendo tocones por los terrenos más fértiles en que puede aventurarse el cine contemporáneo, ha rodado “Ten” en esta tecnología. Para él el sacrificio de la textura fotoquímica merece la pena por lo que ofrece en compensación: la posibilidad de deshacerse de equipo y de dificultades técnicas, acercarse mejor a la realidad, con la menor cantidad de mediaciones, y progresar en la “desaparición de la puesta en escena”. Se trata una vez más de borrar al autor y dejar que la obra se emancipe y diga por sí sola. “Yo trato de desaparecer de la película. Trato de hacer emerger la verdad, y el espectador ha de ser un testigo de la verdad sin intérpretes”. Es el mismo objetivo de su renuncia radical al empleo de música en las bandas sonoras: “Porque la música es tan rica y es un arte tan concreto que supone un enorme peligro. La música no interrumpe las imágenes, sino al revés. Además, la música sería mi comentario al espectador: ‘Aquí debes tener miedo, aquí debes sentir tristeza’. Y como decía, yo no debo interferir en ese proceso”.

Sin embargo, “Ten” es un denodado paso adelante incluso dentro de ese proceso de depuración de interferencias. Diez fragmentos sobre otras diez conversaciones en un coche, sin apenas montaje, con primeros planos de los rostros y el pequeño resquicio de exterior que se atisba por las ventanillas. ¿Un universo que se angosta? ¿Una realidad que para captarla se ha de circunscribir cada vez más estrechamente? O dicho de otra forma, ¿se puede ir más allá de “Ten”? “El tema –responde– obligaba a un espacio muy cerrado porque cuando miras y hablas de tu interior no se necesita nada a tu alrededor. El sujeto de una película siempre da su forma. Incluso a veces se hace necesario cerrar los ojos”.

Etiquetas: 2000s, 2002, drama, Irán
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