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AGNÈS VARDA, La cámara y la vida

El placer de filmar, intacto desde los días de la nouvelle vague. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2006)

AGNÈS VARDA La cámara y la vida

El pasado día 29 de marzo falleció la cineasta Agnès Varda, pionera de la nouvelle vague. Tenía 90 años. Nacida en 1928 en Bélgica pero nacionalizada francesa, sus películas de ficción y sus documentales conforman una de las miradas más personales de la historia del cine. Esta entrevista se realizó en 2006, cuando visitó Madrid para presentar una exposición de sus fotografías y una retrospectiva en la Filmoteca Española.

La trayectoria de Agnès Varda (Bruselas, 1928) es larga y sobradamente reconocida, ya no sólo como figura clave en el devenir del documental moderno, sino también como precursora involuntaria de la nouvelle vague. La incansable artista multidisciplinar estuvo el pasado mes de julio en Madrid, donde presentó una muestra de fotografías realizadas en los años cincuenta y sesenta y una retrospectiva completa de sus películas en la Filmoteca Española. Allí departió con su público entre una doble sesión con “Los espigadores y la espigadora” (2000) –el título que la volvió a poner en el candelero– y su secuela, “Dos años después” (2002).

“¿Por qué empecé a hacer cine? No lo sé. ¿Por qué sigo? ¿Prefieres que haga calceta para mis nietos? ¡Pues también lo hago! Yo solo sabía ver, mirar… no fui a la escuela de cine”

Pero esas cintas ya se le quedan un poco atrás. Varda ha invertido sus últimos esfuerzos en instalaciones como “Patautopia” –que llevó a la Bienal de Venecia en 2003– o la actual “L’îlle et elle”, que se exhibe en la Fundación Cartier de París hasta el 8 de octubre. “Es sobre una isla, Noimoutier, que posee una particularidad: puedes tener acceso a ella o no según la marea. Para mí esta exposición también ha supuesto mareas. La alta es la felicidad, las vacaciones, los niños; y la baja es la melancolía, la viudedad”. Dice, además, que para esta obra ha vuelto a realizar fotografías, la especialidad en que se inició pero que llevaba más de cuatro décadas sin practicar. También precisamente, y como una curiosa forma de cerrar el círculo, su última producción cinematográfica es “Cinévardaphoto” (2004); en realidad, una recopilación de sus cortos “totalmente vinculados a la fotografía” “Ydessa, les ours et etc.” (2004), “Ulysse” (1982) y “Salut les cubains” (1963).

“¿Por qué empecé a hacer cine? No lo sé. ¿Por qué sigo? ¿Prefieres que haga calceta para mis nietos? ¡Pues también lo hago! Yo solo sabía ver, mirar… no fui a la escuela de cine, ni fui asistente ni vi películas. En realidad solo vi cuatro hasta los 25 años”. ¿Cuáles? “La primera fue ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (1937) de Walt Disney, a los 8 años. Luego, como me gustaba mucho el poeta Jacques Prévert, vi ‘El muelle de las brumas’ y ‘Los niños del paraíso’ (dirigidas por Marcel Carné en 1938 y 1945, respectivamente). La otra fue ‘El idiota’ (Georges Lampin, 1946) porque en aquella época estaba haciendo fotos del rodaje. En mi primera película“La pointe courte” (1954)– el montaje lo hizo de manera desinteresada Alain Resnais. Él me decía que el film le recordaba a ‘La terra trema’ de Luchino Visconti (1948), y yo le dije: ‘¿Quién es Visconti?’. No conocía a Antonioni, Bergman, Dreyer… nunca había oído hablar de ellos. Si yo hubiese visto las películas de esos directores, probablemente no habría tenido el coraje de hacer cine. Fue la inconsciencia la que me movió”.

 
AGNÈS VARDA, La cámara y la vida

Una mirada crítica, humanista y feminista. Foto: Alfredo Arias

 

Aquella ópera prima todavía es considerada el inicio de la nueva ola francesa, cosa que ella suscribe para luego desmitificar: “Desde el punto de vista de las fechas es verdad, porque la ‘nouvelle vague’ estalló en el 59, aunque el nombre vino después para simplificar. En realidad no había teoría, ni escuela, ni grupo ni ningún manifiesto. El único punto común es que la mayoría escribían en ‘Cahiers du Cinéma’”. Sobre el cine actual de sus compañeros de generación, sostiene que “Jean-Luc Godard ha dejado de ser un cineasta para ser un filósofo, Chris Marker y Resnais todavía me gustan mucho, Eric Rohmer hace más o menos lo mismo de siempre, aunque ha añadido algo más… Pero no sé por qué tengo que hablar de los viejos de mi edad cuando hay cineastas jóvenes muy interesantes”. Vale.

“Jean-Luc Godard ha dejado de ser un cineasta para ser un filósofo, Chris Marker y Resnais todavía me gustan mucho, Eric Rohmer hace más o menos lo mismo de siempre, aunque ha añadido algo más…

Sobre el boom del nuevo cine documental, por ejemplo, destaca a Nicolas Philibert, sin olvidar –aquí no hay falsa modestia– su propio influjo. “Pienso que ‘Los espigadores y la espigadora’ ha sido una vía importante para que la gente vaya a ver este tipo de cintas al cine. Con mucha sorpresa para mí, se ha visto en todo el mundo, y está bien porque pienso que el cine que hago no es elitista, sino marginal, que no es lo mismo. En realidad, no me sorprende tanto: la gente está un poco cansada de los efectos especiales y ahora siente la necesidad de tomar conciencia del mundo”. Es una interesante apreciación, en plena era del fin de las ideologías e imperio total de la sociedad del espectáculo, por parte de una cineasta que perteneció a una de las generaciones más comprometidas de la historia. “Es cierto –recuerda–. Participé en una película colectiva titulada ‘Loin du Vietnam’ (1967), pero mi parte se quedó fuera. También hice arengas feministas –la más reseñable es “Una canta, otra no” (1977)– y documentales autofinanciados en Estados Unidos. En la medida de lo posible he intentado estar cerca de la gente contestataria, pero no me interesa tener la limitación de mujer de izquierdas militante. El trabajo de artista debe romper con esas barreras y ser capaz de hacer una película de media hora sobre una planta que crece y otra de fraternidad entre gente sin papeles. No es bueno que te encasillen, y además quiero preservar el humor para poder hacer juegos de imágenes y de palabras”.

La inventora del concepto de “cinescritura” (“la mayor parte de la gente que dice que una película está bien escrita habla del guión y de la realización, pero para mí la escritura consta de una serie de elecciones: color o blanco y negro, dónde colocas la cámara, la música… lo que empieza antes del rodaje y continúa durante el montaje”) considera que “hay dos tipos de películas: aquellas en que te meten dentro del guante y otras en que se crea una complicidad entre el espectador y el cineasta y donde dejas que haya un poco de imaginación y otro poco de realidad”. De hecho, a Agnès Varda le gusta citar una frase de Luis Buñuel: “La imaginación es nuestro primer privilegio, inexplicable como el azar que la provoca”. También suele decir que “toda película debe empezar con una emoción que moleste al artista”. Dos sentencias que podrían servir para aprehender cincuenta años de una trayectoria a priori indefinible. “No me gusta hacer construcciones abstractas, pero desde que empiezo a pensar en un proyecto pienso en su escritura –completa ella–. Dentro de una estructura rigurosa puedes ser más libre y divertirte más. Ese es el placer de ser cineasta. Incluso filmando cosas tristes es un disfrute. La energía y el placer de filmar intento que se vea, que pase a través de la película”.

 

ROSTROS Y LUGARES

 
AGNÈS VARDA, La cámara y la vida
 

“Documenteur” (1981)

Según Agnès Varda, “es una película triste sobre una mujer que busca alojamiento con su hijo en Los Ángeles. Una ficción que utiliza elementos de documental como traducción de las emociones del propio personaje”. A Varda le bastaron sesenta y cinco minutos para dar forma a uno de sus títulos más oscuros y menos conocidos, pero que tendió hilos hacia lo que hicieron posteriormente Robert Guédiguian o los hermanos Dardenne.

 
AGNÈS VARDA, La cámara y la vida
 

“Sin techo ni ley” (1985)

“Me adentré hasta las últimas consecuencias en un proyecto con una escritura muy precisa. Es un verdadero ‘cinécrit’ tal como yo lo entiendo. Para mí es una película clave porque hace partícipe al espectador del testimonio sobre lo que está pasando”. León de Oro en Venecia, “Sin techo ni ley” reconstruye las últimas semanas en la vida de una joven vagabunda (tremenda Sandrine Bonnaire) a la que encuentran muerta en una cuneta.

 
AGNÈS VARDA, La cámara y la vida
 

“Jacquot de Nantes” (1990)

“Cuenta una vocación infantil y la búsqueda de las fuentes de la inspiración del protagonista. Ese niño es Jacques Demy (marido de Agnès Varda, fallecido de hemorragia cerebral en 1990). Quise hacer una evocación de su vocación y acompañarle en su enfermedad”. Emocionante homenaje que continuaría con los documentales “Les demoiselles ont eu 25 ans” (1993) y “L’univers de Jacques Demy” (1995).

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