Aki Kaurismäki es el mejor cineasta popular en activo. No “realizador” y no “de masas”. Digo “cineasta popular” como síntesis de lo que en otro tiempo fue habitual: alguien que hace películas sobre la gente y para la gente, sin idiotizar a sus personajes ni a sus espectadores. Kaurismäki es también el mejor retratista actual de la precariedad, lo cual lo convierte en el gran autor de estos nuevos años de plomo. Nadie más es hoy capaz de alcanzar ese grado de confianza e intimidad con los perdedores sin caer en la condescendencia. Kaurismäki es, por último, el único cineasta en activo capaz de soportar el peso de dos décadas de trayectoria lineal: cinco años después de “Luces al atardecer” (2006), el finlandés lanza “El Havre” (2011) como quien lanza una piedra, recuperando una forma de tensión propia de sus obras de juventud.
Junto a eso, el calor (y el color) en el dibujo de la derrota y la capacidad para revitalizar una vez más las estructuras clásicas (en Kaurismäki los cánones narrativos no limitan las películas: las liberan). Recupera también a Marcel, aquel escritor sin dinero que conocimos en “La vida de bohemia” (1992), hoy limpiabotas y amigo accidental de Idrissa, un niño sin papeles huido de un cuerpo policial militarizado. Y recupera, además, la importancia de los detalles en el cine actual, demasiado acostumbrado a olvidar lo insignificante en beneficio de lo relevante: Marcel trabaja y lo vemos trabajar, con sus herramientas. Su mujer, enferma, cocina y la vemos cocinar, con lo que alcanza a comprar. La comida, el dinero, la ropa y la copa de vino. Y así, las pistolas de los policías o el cigarro y los guantes del detective. Los objetos importan, sin necesidad de convertirlos en símbolos. Como importan las imágenes violentas que muestra un televisor. No hay un solo plano gratuito en “El Havre”. Nada sobra, como solo ocurre con las películas mayores. ![]()


























