Algunos eruditos han estudiado las dimensiones políticas y sociales de esta música, pero a menudo con referencia a compositores aislados o escenas geográficas particulares. Usted intenta juntar todas las piezas. Algunas historias previas enfatizaron a los grandes modernistas como Schoenberg, Stravinsky y Bartók en detrimento de Sibelius, Shostakovich, Britten y otros que no revolucionaron la música pero fueron, sin embargo, muy importantes.
Para disfrutar de la contemporánea parece necesario tener una completa perspectiva de sus mecanismos e historia, pero quizás tan solo sean prejuicios e inseguridades los que la hagan parecer opaca. Esta música no es meramente intelectual, como parece tan a menudo, sino también profundamente emocional. Creo que es útil darse cuenta de la clase de caos que reinaba en la vida de Schoenberg cuando inventó la atonalidad –su esposa estaba teniendo un affaire con un pintor que después se colgó en su estudio, enfrente de un espejo– o los horrores que compositores de vanguardia post-Segunda Guerra Mundial como Ligeti, Stockhausen y Xenakis vieron en su juventud.
Escuchar música clásica del siglo XX es una actividad intelectual, pero también emocional. Usted aplica esta perspectiva a su estilo de escritura, que es entusiasta. ¿Cree que parte de la falta de conocimiento en cuanto a la composición moderna tiene que ver con una falta de autores que aborden la materia en un tipo de prosa no excesivamente intelectual? Posiblemente, sí. Hay algunos tratados muy espesos sobre el tema de la música clásica del siglo XX. Algunos de ellos ni siquiera los entiendo yo mismo; nunca estudié teoría combinatoria de conjuntos en la universidad. Pero también es un tema de exposición mediática. La música clásica es, a menudo, ignorada o tratada con condescendencia en la televisión o las revistas “mainstream”. Muchos compositores se replegaron en la academia como forma de ganarse la vida, y en el proceso adoptaron un poco de jerga técnica. Es importante separar la música del aparato intelectual.
¿Se siente más cerca de la literatura y la poesía? Me especialicé en literatura inglesa en la universidad, y estudié a Oscar Wilde, Yeats, Joyce; esos grandes escritores irlandeses que tenían un ritmo precioso en su escritura. El ritmo es muy importante para dar una carga emocional a la prosa, incluso en no ficción. La metáfora también es crucial. En lugar de una descripción técnica, uso la metáfora para expresar la textura y el sentimiento de la música. Y quienes escriben sobre música clásica no deberían tener miedo a mostrar algo de emoción en su trabajo. Demasiado a menudo se impone ese acercamiento tan oblicuo y reservado: “Uno casi se atrevería a decir hasta cierto punto que...”. ¡Ve al grano!
Me gusta la idea del complemento auditivo al libro. Aclara conceptos, ofrece la oportunidad de enlazar las ideas con los sonidos... ¿Ve un futuro con e-books sobre música con los sonidos ya incorporados u opción de escucharlos vía “streaming”? ¿Le gustaría eso? Sí, he hablado sobre esa posibilidad con un par de personas. Estoy seguro de que eso sucederá, antes o después. Es una posibilidad excitante, aunque también estoy muy entregado a la idea del libro de toda la vida y no puedo imaginarme vivir en un mundo sin libros impresos. Así que espero que los modos de lectura a la vieja usanza puedan coexistir con los nuevos.