Miren a su alrededor: lo que ven es la vida real. Extraña, incomprensible y mucho más inverosímil que cualquier relato de ficción. “La vida, la mísera vida, verosímil y sin interés, reproduce las maravillas del arte”, que dijo Oscar Wilde. Quizás Amy Hempel (Chicago, 1951) tenga esa máxima enmarcada en su estudio. O quizás no. El caso es que cada teclear de la estadounidense, cada nueva página y cada relato de esos que parece producir con cuentagotas no hacen más que confirmar que, en efecto, la vida real es una cosa absurda y confusa. Un lío, vamos. “Es difícil mejorar lo que te ofrece la realidad. Me he basado mucho en mi propia experiencia y me he encontrado con que, casi cada vez que he escrito acerca de algo que me ocurrió, he tenido que comprimirlo, rebajarlo o cortarlo por la mitad para que fuese creíble como ficción”, explicaba Hempel en una entrevista.
También la biografía de la autora parece convenientemente rebajada para que no desentone con la realidad y acabe cargando las tintas en la ficción. A saber: merodeo iniciático por Denver y San Francisco, estudios de anatomía forense, trabajos de periodista, profesora, ayudante de veterinario y voluntaria con perros guía, un marido, unos cuantos accidentes de coche... Nada fuera de lo común. O nada “aparentemente” fuera de lo común, ya que si uno se para a pensarlo, tampoco es demasiado normal encontrarse con una escritora que alterna el cuento con la disección de cadáveres y que, por si fuera poco, empezó su carrera de la mejor de las maneras posibles: bajo el paraguas protector de Gordon Lish, editor que lanzó a Raymond Carver y Richard Ford, y compartiendo protagonismo con la no menos celebrada Lorrie Moore.
Será que, después de todo, realidad y extrañeza, cotidianidad y asombro, han acabado por convertirse en sinónimos intercambiables para una escritora que, desde que publicó “Razones para vivir” (1985; Tusquets, 1989), su primer volumen de relatos, no ha hecho más que retratar con precisión quirúrgica y minimalismo hipnótico los sinsabores de la vida, la mísera vida. No le falta razón a Rick Moody cuando asegura en el prólogo de “Cuentos completos” (2006; Seix Barral, 2009) que las historias de Hempel son “urbanas, ingeniosas, tristes, deslumbrantes, elusivas, y discreta y desesperadamente heroicas”. Como la vida misma. O, mejor dicho, como si alguien seleccionase pedacitos de vida, los recortase cuidadosamente con láser y acabase sirviéndolos en crudo. Sin adornos. Sin rodeos. Tal cual. Como un carpaccio de realidad que cada lector condimenta a su gusto y que la autora de “La cosecha” ha ido sirviendo mientras retiraba capas y se acercaba al meollo del asunto: el hueso puro y duro.
“Cuando comencé a estudiar anatomía forense me intrigó la fobia que me producía todo aquello que podía llegar a ir mal con un cuerpo humano. Así que me propuse ser definitiva y totalmente contrafóbica y ver los cuerpos a fondo. Fue ahí cuando comencé a interesarme por la anatomía y la disección de cadáveres. Y hoy por hoy estoy muy contenta de haberlo hecho. Estoy orgullosa de haberme atrevido a mirarlos fijamente. Funcionó. Yo creo que si vas hacia lo que te asusta, lo que te asusta acaba liberándote”, explicaba una Hempel que, bisturí en mano, se acerca a la página en blanco igual que un cirujano a un pedazo de carne. Y no solo con la misma dedicación, sino también con la misma calma pausada: en veinticuatro años, la estadounidense ha publicado cuarenta y siete relatos y una novela corta, todos ellos convenientemente reunidos en los volúmenes “Razones para vivir”, “A las puertas del reino animal” (1990), “Tumble Home” (1997) y “El perro del matrimonio” (2005) y compilados ahora en “Cuentos completos”. Son, en total, poco más de quinientas páginas publicadas originalmente en revistas como ‘Harper’s’, ‘Vanity Fair’, ‘GQ’, ‘Elle’ y ‘The Quarterly’ que constituyen una de las más breves y apasionantes cartografías literarias de la vida, la muerte y aledaños. A saber: las relaciones amorosas, la pérdida, las emociones desmadejadas, la soledad, el suicidio... Y es que, como asegura Moody, leyendo a Hempel uno tiene la sensación de que la autora intenta utilizar frases para salvar vidas. Salvar vidas viviendo del cuento. 