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PELÍCULA (1978)

BIGAS LUNA Bilbao

 

Pocos medios y mucho que contar: Bigas Lunas (1946-2013) plasmó en “Bilbao” (1978), su segundo filme, un mundo turbio lleno de neones, personajes inquietantes y sexo fangoso. Un cuento urbano insólito en la historia de nuestro cine, cinta de culto instantáneo y una cumbre que el director barcelonés no logró superar en toda su carrera. Fue seleccionada por Rockdelux en el puesto 21 de las mejores películas españolas del siglo XX, lista publicada en el Rockdelux 223, el del veinte aniversario de la revista. Aquí, la crítica de “Bilbao” firmada por Pablo G. Polite.

Dentro de la ya dilatada carrera de Bigas Luna (Barcelona, 1946), “Bilbao”, su segundo largometraje, ocupa un lugar privilegiado, casi inalcanzable por haber concitado magistralmente habilidad, nervio narrativo, ingenio y carácter. A medio camino entre el cine underground norteamericano y el porno, la película cuenta las correrías de Leo (Ángel Jové), un solitario sin freno ni marcha atrás, extraño e introvertido, que se enamora locamente de Bilbao (Isabel Pisano), una bailarina de striptease que para llegar a fin de mes ejerce de prostituta.

Con este planteamiento tan simple y arquetípico, Luna convierte una historia de amor patológico que podía haber caído en saco roto en un descenso a los infiernos, en un laberinto de pasiones desenfrenadas que el cineasta redondea con un tercer y decisivo personaje: María (María Martín), una exactriz en el crepúsculo de su vida, amante de Leo y también de su tío. Sobre semejante triángulo, morboso y paulatinamente asfixiante, recae todo el peso de la película, un juguete dramático que se dispara en mil direcciones y que tiene en la sordidez y en la miseria sus resortes más eficaces e implacables. Al situar la acción del filme en el barrio chino barcelonés y en contextos decadentes de una burguesía catalana venida a menos, Luna muestra un talento especial para extraer perlas de los rincones más sucios de la existencia. Para matizar el efecto de podredumbre, proporciona además a sus personajes el carácter marginal, sobrado de fuerza y convicción, que todo creador está obligado a dar a sus criaturas para que estas sean de carne y hueso y resulten creíbles.

Rodada en 16 mm con un escasísimo presupuesto, “Bilbao” irrumpe como un obús que obtuvo inmediatamente la incomprensión y casi el desprecio de algún que otro influyente crítico. Casi nadie en el panorama cinematográfico español había tenido hasta aquel momento el valor suficiente para romper con los convencionalismos así, de forma tan aplastante. Luna, quien ya había dado muestras de su personalidad en “Tatuaje” (1977), lo consigue y lo hace con la historia cruda, contraria al sentimentalismo, de una obsesión perfectamente articulada que se hunde progresivamente en los abismos y en los aspectos más oscuros y degradantes de la naturaleza humana. Cuesta encontrar una película que refleje tan atinadamente y sin ambages los conceptos de locura paranoica y fetichismo: Leo sigue a Bilbao a todas horas, estudia sus movimientos y termina por raptarla, como si se tratase de un objeto más que añadir a su colección erótica.

Los ambientes marginales de la ciudad están mostrados con suma inteligencia, siempre desde el punto de vista subjetivo de Leo, cuya voz en off no es otra que la del director teatral Mario Gas. La puesta en escena es absolutamente original, seca, concisa, y cuenta además con un notabilísimo trabajo actoral donde brillan con luz propia el impasible Ángel Jové y María Martín, representación perfecta de la decrepitud en su más pura esencia. Corrosiva e incómoda hasta alcanzar la contundencia del vómito, veintiséis años después, “Bilbao” (editada en DVD en 2003 en la colección “Un país de cine” de ‘El País’) sigue funcionando como una turbina. A toda mecha.

 

Corrosiva e incómoda, morbosa y asfixiante, “Bilbao” es una historia de amor patológico convertida en un descenso a los infiernos: podredumbre, locura paranoica y fetichismo.

 
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