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Boardwalk Empire, Deseos humanos

“Boardwalk Empire” nos retrotrae a la elevación del mito del gánster: Steve Buscemi.

 
 

SERIE TV (2011)

Boardwalk Empire Deseos humanos

“Boardwalk Empire”, serie creada por Terence Winter e iniciada por Martin Scorsese (primer capítulo), ha posibilitado a Steve Buscemi brillar como gánster sibilino en una obra que trata de los deseos y el pecado, de las ansias de poder... De cómo acabar levantando naciones, de la historia de EEUU. Juan Manuel Freire, a propósito de las dos primeras temporadas de “Boardwalk Empire” (HBO; 2010, 2011), nos habló de todo ello en este artículo. Más sobre la tercera temporada de “Boardwalk Empire”, aquí. Y más sobre la cuarta y quinta temporadas, aquí.

“Todos hemos de decidir por nosotros mismos con cuánto pecado podemos vivir”. Eso contestaba Enoch “Nucky” Thompson (Steve Buscemi) cuando su concubina Margaret Schroeder (Kelly Macdonald) le preguntaba cómo podía hacer lo que hacía; una pregunta que se esperaba de Schroeder desde el primer capítulo, pero que ella quiso reservarse para la finale de temporada.

Schroeder es la buena compañera, o casi, de un tipo cuya tolerancia para el pecado no conoce grandes límites: una versión ficcional, con apellido cambiado, de Enoch L. Johnson, tesorero de Atlantic City y también mafioso mayor que controló todos los aspectos comerciales de la ciudad y la convirtió, en la época de la ley seca, en centro del contrabando de alcohol hacia Nueva York, Filadelfia y Chicago. De eso trata en principio “Boardwalk Empire”, la saga criminal televisiva de la que Thompson es perfecto antihéroe en la estela de Tony Soprano. 

No en vano el autor de la serie, Terence Winter, fue guionista de la creación de David Chase. Aquí parte libremente de un libro homónimo de no-ficción de Nelson Johnson (en España, vía Suma de Letras) para tejer una enredadera negra, negrísima, sobre decisiones individuales que cambian una nación. Esta serie debía estar producida por HBO, los especialistas en devolver la historia a primer plano en su más cruenta expresión: de “Roma” a “Deadwood” y, ahora, “Boardwalk Empire”, absolutamente proclive al arrebato de ilógica carnal y violencia sádica. La Historia era/es así.

Además del retrato de una época cargada de cambios, “Boardwalk Empire” nos retrotrae, también, a la elevación del mito del gánster. Y para ese cometido no hay padrino (perdonen el albur) como Martin Scorsese, productor ejecutivo y director de un piloto que propuso unas bases eminentemente cinematográficas para este relato expansivo. Bases scorsianas: largos travelines, imágenes congeladas y disparadas, o ese extraordinario montaje en paralelo –del asalto de Al Capone y Jimmy Darmody al cargamento de Arnold Rothstein, y el del FBI a la casa funeraria desdoblada en destilería clandestina–; una técnica que se repite brillantemente en la primera finale, cuando se entremezcla la rueda de prensa de Nucky y la matanza de los hermanos D’Alessio.

 

Admitiendo el pecado y los deseos: así es como se construye la historia y se levantan las naciones.

 

La serie no ha sido siempre eminentemente visual: de hecho, puede depender demasiado del diálogo para explicar quiénes son los personajes y cuáles son sus motivaciones. Existe cierto déficit de acción: los escasos momentos han sido brillantes –véanse la matanza de los irlandeses, el disparo de Richard Harrow a través del cristal del restaurante– y algo de esa magia operática animaría un relato a veces falto de tensión narrativa. Pero se disculpa por la excelencia del guión, defendido por actores que han construido un puñado de figuras para el recuerdo.

Obviamente, el jefe de todo esto es Buscemi/Thompson y su máquina republicana. Pero Kelly Macdonald exhibe delicadeza de matiz como la mujer que lo empuja, no sin dudas, en la dirección del bien. Michael Pitt brilla sombríamente como el protegido de Nucky, Jimmy Darmody, mientras que Stephen Graham da temible cuenta del joven Al Capone. Salvando, quizá, a la sufrida pero osada esposa de Darmody (Aleksa Palladino), en “Boardwalk Empire” no existen personajes claramente buenos; y la justicia está representada, sobre todo, por el agente federal Nelson Van Alden (Michael Shannon), raro como él solo, obsesivo-compulsivo y de un puritanismo autoflagelatorio (no es metáfora). Luego está Michael Kenneth Williams como Chalky, Jack Huston como Richard Harrow (el veterano de la guerra con el rostro de lata).

El comienzo del párrafo anterior pierde algo de sentido en la inminente en España segunda temporada: aunque Buscemi sigue igual de grande, su personaje pierde fuerza en Atlantic City. Empieza en lo más alto –ya tiene todo lo que quería, es decir, un presidente republicano–, pero antiguos aliados están dispuestos a pisotearlo. El Comodoro quiere recuperar el control de la ciudad y para ello tiene el apoyo no solo de señores de pelo blanco, sino también de jóvenes cachorros con colmillos recién salidos, como Charlie “Lucky” Luciano (interpretado por Vincent Piazza) y el letal Jimmy Darmody.

De los episodios emitidos hasta la fecha en Estados Unidos se trasluce que esta temporada tiene su foco en las relaciones personales y familiares y, sobre todo, la paternidad. En la primera temporada supimos por fin quién era el padre de Jimmy, pero Jimmy no tiene claro, todavía, quién merece en mayor grado ese apelativo. Además, tenemos la paternidad de Nelson Van Alden, o la complicidad de Nucky con los hijos de Margaret. Quien dice paternidad dice maternidad: el factor edípico que rige la relación de Jimmy con su madre Gillian (Gretchen Mol) se subraya ahora casi en cada capítulo; en el primero, Gillian le confiesa a la mujer de Jimmy que cuando este era pequeño “solía besarle su pequeña pilila”. 

Admitiendo el pecado y los deseos: así es como se construye la historia y se levantan las naciones, parece contar “Boardwalk Empire”. Una historia ya sabida pero pocas veces explicada con semejante convicción. Es tele, pero poco.

Publicado en la web de Rockdelux el 28/11/2011
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