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Boardwalk Empire, Gánster, gánster (T3)

Nucky Thompson (Steve Buscemi), un hombre de “familia”.

 
 

SERIE TV (2012)

Boardwalk Empire Gánster, gánster (T3)

“Había que respetar el guión”: así se defendió el creador de “Boardwalk Empire”, Terence Winter, ante las críticas por haber matado a Jimmy Darmody, el protegido de Nucky Thompson (Steve Buscemi), al final de la segunda temporada. Desaparecido el personaje que otorgaba a Nucky cierto halo de humanidad, los claroscuros se dejaron de lado. Violencia exacerbada, nuevos enemigos y guerras de poder; así lució la tercera temporada de “Boardwalk Empire” (HBO, 2012; Canal+), de la que aquí opinó Montse Virgili. Más información sobre las dos primeras temporadas de “Boardwalk Empire”, serie que reivindica el buen cine de gánsteres, aquí. Y más sobre las dos últimas (cuarta y quinta temporadas), aquí.

Despojado de los personajes que le servían de contrapunto, Darmody muerto y el matrimonio con Margaret haciendo aguas, Nucky Thompson va a ser libre para cumplir el presagio que le lanzó su protegido Jimmy Darmody en la primera temporada: “No se puede ser gánster a medias”. El personaje de Nucky Thompson responde al envite a lo largo de esta tercera entrega y lo resume en una frase. “Ahora soy un filántropo”, va a soltar Nucky maliciosamente.

En esta tercera temporada no existe el término medio. La hegemonía por el contrabando de alcohol, la llegada de la heroína y la lucha por el poder de los diversos clanes repartidos entre las ciudades de Chicago, Nueva York y Atlantic City va a conducir a los protagonistas a la violencia más despiadada. El asesinato de Darmody a cargo de su protector ha dado rienda suelta a los guionistas de “Boardwalk Empire” para acercarse al maestro, Martin Scorsese, productor de la serie. Así, de algún modo, esta temporada se convierte en un lejano spin off de “Uno de los nuestros” (1990).

En los únicos momentos que vamos a ver un Nucky frágil será en brazos de su amante, Lillian “Billie” Kent (Meg Chambers Steedle), cantante de vodevil y aspirante a actriz. Quizá porque Nucky, cerca de esta chica vivaz, no debe fingir. La señorita Kent no le pide explicaciones, tampoco cuestiona su misterioso comportamiento, como le reprochó su mujer en las temporadas anteriores. Solo en estos instantes Steve Buscemi nos recuerda al desvalido personaje de sus comedias indie.

De acuerdo con este replanteamiento del guion, Terence Winter ha dibujado un enemigo más falto de moral que Nucky, si cabe: Gyp Rosetti, interpretado por un convincente Bobby Cannavale, un personaje brutal y caprichoso, capaz de cualquier atrocidad para conseguir lo que persigue. Rosetti no va a poder competir con el arquetipo de Darmody. El odio nunca tiene la misma fuerza que el amor, viaja recto, es plano y, al final, resulta poco interesante. Como consecuencia, tanto Nucky como Gyp van a vivir aislados en su metro cuadrado de ambición, ajenos a todo y a todos. Es por eso que, a veces, falta equilibrio en la trama porque ambos representan un mismo estereotipo. A pesar de convencer en la locura y de las imágenes impactantes, la verborrea cansina de los gánsteres evita que la historia fluya todo lo deseable.

 

La serie rompe el tópico de los filmes de gánsteres donde las chicas son simplemente la bonita compañía del malo. En esta entrega las mujeres se rebelan y consiguen autoridad por méritos propios.

 

Sin embargo, “Boardwalk Empire” sigue siendo uno de las mejores productos que ha dado la televisión. Brilla en esta temporada, más que en cualquier otra, el lujo en los interiores de art déco y el esplendor de una época, los felices veinte, que vive lejana ya a las penurias de la guerra. El primer capítulo de esta tercera tanda da la bienvenida a 1923, con una fiesta de Año Nuevo atestada de brillos e inspirada en el Antiguo Egipto. El pretexto para la ocurrencia es el reciente descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Únicamente una figura ensombrece la fiesta que no acaba nunca. Se trata de Richard Harrow, ese veterano de guerra que cubre su cara desfigurada con una máscara y que les recuerda en todo momento cómo han llegado hasta ahí.

Los personajes de “Boardwalk Empire” que habían quedado en segundo plano van a florecer en la tercera temporada. Mientras los hombres se sumergen en tiroteos y emboscadas en la ciudad por el licor y las drogas, las mujeres atienden otro tipo de guerra, la personal. La serie rompe el tópico de los filmes de gánsteres donde las chicas son simplemente la bonita compañía del malo. En esta entrega las mujeres se rebelan y consiguen autoridad por méritos propios. Los remordimientos que padece la mujer de Nucky van a encontrar alivio. Carrie Duncan, un alter ego ficticio de Amelia Earhart, la primera aviadora que cruzó el Atlántico, va a servir de metáfora de las ansias que tiene Margaret de volar, de olvidarse de dónde vive y de los cadáveres que deja su marido.

Ni siquiera la amante de Thompson va a ser una superficial cantante de vodevil; su personaje ruge con una sensatez asombrosa. Para inquietante, la dirección que agarra la madre de Jimmy Darmody (Gretchen Mol), uno de los personajes más oscuros de la saga, quien, con su apariencia angelical, es capaz de crueldades insólitas en nombre del “amor de madre”.

Y mientras tanto, la música mitiga los tiroteos. En esta tercera parte, “Boardwalk Empire” recupera al autor de vodeviles Eddie Cantor (personificado en la serie por el actor Stephen DeRosa) y al tenor de moda en aquella época, Enrico Caruso. También se escapa en la banda sonora de esta producción algún tema de Bessie Smith. Seguro que podría cantarle al hiératico Nucky Thompson aquello de “Nobody knows you when you're down and out”.

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