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Boss, El principio del fin

Kelsey Grammer, en “Boss”: “Soy un hombre malo, y he hecho algunas cosas malas”.

 
 

SERIE TV (2012)

Boss El principio del fin

De la mano del gran Gus van Sant, Kelsey Grammer pasó del gruñón adorable de “Frasier” al gruñón temible de “Boss”, un drama oscuro y retorcido, como pocos se han visto, creado por Farhad Safinia. Dos temporadas (Starz; 2011 y 2012) y adiós: la audiencia no respodió del todo a esta enredadera de política, ética y corrupción. ¿Demasiado oscura, casi orgullosamente? Juan Manuel Freire sugirió aquí esta posibilidad a partir de su estreno en España (Canal+) el 8 de diciembre de 2012.

Como toda serie contemporánea que se precie, “Boss” coloca en el centro de la función a un antihéroe –o villano directamente– con quien puede costar identificarse en un primer momento, pero en el que poco a poco el espectador empieza a reconocer sus peores defectos y al que al final acaba, de forma perversa, cogiendo algo parecido a cariño. Tony Soprano, Patty Hewes, Nucky Thompson y, ahora, Tom Kane, el alcalde de Chicago que encarna Kelsey Grammer.

“Boss” es un ejemplo claro de construcción del mito a partir del mal y, quizá, uno de los más extremos que haya dado la televisión reciente. El shock es, en parte, debido a la imagen que el espectador tiene construida de Kelsey Grammer, asociado ad aeternum al psiquiatra Frasier Crane, personaje de la casa, conocido desde sus tiempos como cliente asiduo del bar de “Cheers”; en “Frasier” el mal humor cobraba forma de rebelión humanista contra el mundo, mientras que el jefe de “Boss” no conoce el significado del humanismo. Si realmente la serie está basada en Richard M. Daley –alcalde de Chicago entre 1989 y 2011–, como algunos sugieren, los herederos del susodicho deben andar revueltos.

El shock llega desde el minuto uno de un piloto brillantemente dirigido por Gus van Sant, también productor ejecutivo de la serie. En un primer plano fijo que invita, o mejor, obliga a olvidar a Frasier, Kane/Grammer recibe un diagnóstico mortal: demencia con cuerpos de Lewy, una enfermedad degenerativa y progresiva que combina síntomas del alzheimer y el párkinson (es la segunda forma más común de demencia en Estados Unidos).

Lo que sigue no es, exactamente, un proceso de aceleración de la podredumbre moral, sino algo un poco más complicado. Kane intenta ocultar la enfermedad para mantenerse en el poder, y eso incluye no decir nada a su esposa (Connie Nielsen), con la que cada vez comparte menos vínculo personal. El conocimiento de la enfermedad no lima exactamente la conocida visceralidad de Kane, tampoco su grado de corrupción, pero sí parece obligarle a atar cabos sueltos, sobre todo en lo referido a su relación con una hija distante (Hannah Ware, hermana mayor de la diva bass Jessie Ware) que puede recordar a la que ataba (o separaba) a Mickey Rourke de Evan Rachel Wood en “El luchador” (Darren Aronofsky, 2008). En sus encuentros con Emma, Tom deja al descubierto una vulnerabilidad ausente o invisible en todas las otras secciones del relato.

 

“Boss” es una especie de drama shakespeariano donde todos muestran sus peores bajezas. Nadie se salva: nadie en absoluto.

 

Otra referencia posible, a nivel estrictamente de series, sería “Breaking Bad”. La metamorfosis puede no ser tan radical. Recordemos que Vince Gilligan quería mostrar cómo un personaje, el profesor de química Walter White, podía pasar de Mr. Chips a Scarface, mientras que en uno de los primeros episodios de “Boss” Tom Kane asegura sin remilgos: “Soy un hombre malo, y he hecho algunas cosas malas”. Pero la influencia latente de la enfermedad en el desarrollo –la descomposición– de la personalidad, y algunos arranques de humor negro, pero como el betún, pueden facilitar asociar una serie con la otra. También aquí, como en “Breaking Bad”, encontramos a un actor conocido por su vertiente cómica –Bryan Cranston era hasta entonces célebre como el padre de “Malcolm”– que cambia de registro para mostrarnos una terrorífica escala de grises.

Pero si algo es “Boss”, es Shakespeare redux. Las esposas políticas suelen ser descritas en la oscura, desencantada ficción actual como Lady Macbeths, y la Meredith de Connie Nielsen no es excepción. Las conversaciones de alcoba entre marido y mujer son de dureza extrema; y uno no sabe si dar la razón a Tom. “¿Cuándo fue la última vez que te importó dónde la metía?”, le dice en un momento de especial resonancia. “Boss” es una especie de “Ricardo III” contemporáneo donde nadie se mueve ya en la vida a lomos de sus sentimientos, sino solo de sus peores bajezas. Nadie se salva: ni los políticos ni los periodistas, nadie en absoluto.

Quizá sea esta oscuridad impositiva, claustrofóbica, casi exagerada y autoparódica –pese a los ocasionales golpes de humor desesperado– la que explique el fracaso de la serie. La cadena Starz, que aquí vuelve a demostrar su facilidad para claudicar al gancho de los desnudos gratuitos, renovó “Boss” por una segunda temporada incluso antes de su estreno, pero canceló la serie en noviembre tras dos temporadas (2011, ocho capítulos; 2012, diez capítulos) que no dieron los resultados de audiencia esperados. Ahora, su creador, Farhad Safinia –coguionista de “Apocalypto” (Mel Gibson, 2006)–, se plantea la posibilidad de atar los cabos sueltos de la historia con una película para televisión de dos horas. Con todos sus defectos, la ambiciosa “Boss” merece un final en condiciones, una coda digna.

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