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Breaking Bad, Del blanco al negro, con matices

Walt White, el personaje que le ha reportado a Bryan Cranston tres consecutivos premios Emmy al mejor actor en serie dramática por las tres primeras temporadas.

 
 

SERIE TV (2013)

Breaking Bad Del blanco al negro, con matices

Con la segunda tanda de ocho episodios de la quinta temporada de “Breaking Bad” (AMC; 2008, 2009, 2010, 2011 y 2012-2013), concluyó una de las propuestas más particulares que ha dado la ficción catódica norteamericana en los últimos años. Quim Casas radiografió en este artículo la serie “Breaking Bad”: la historia de un renacimiento, de una nueva existencia después de una muerte que parecía anunciada. Más sobre “Breaking Bad”, aquí.

En su libro “Séries. Une addiction planétaire” (2011), Charlotte Blum define “Breaking Bad” (2008-2013) como la historia de un renacimiento, de una nueva existencia después de una muerte que parecía anunciada. Esto le ocurre a Walt White, el personaje que le ha reportado a Bryan Cranston tres consecutivos premios Emmy al mejor actor en serie dramática por las tres primeras temporadas; en 2010 y 2012 logró también el premio al mejor actor de reparto su compañero en la serie, Aaron Paul. Pero ese renacimiento es lento, esquinado, abrupto. “Breaking Bad” es una ficción televisiva que se toma su tiempo para entrar en materia. No es igual que los primeros episodios de la segunda temporada de “Héroes”, en los que no pasaba casi nada relevante o que hiciera avanzar la acción. Aquí sí ocurren muchas cosas, pero durante los primeros tres o cuatro capítulos cuesta situarse, y esa es una elección deliberada del responsable de la serie, Vince Gilligan, un antiguo guionista de “Expediente X” que juega con los géneros (drama, intriga, comedia negra), las situaciones (cáncer, narcotráfico, familia, choque generacional, investigación policial) y el papel real que acabarán representando los principales personajes.

Walt es un profesor de química que gana lo justo en el instituto para llegar a final de mes. Todo cambia cuando le diagnostican un cáncer de pulmón. Le queda poco tiempo de vida, decide no aceptar el dinero que le dan unos amigos para el tratamiento y se lo costea cocinando metanfetamina azul. La decisión de convertirse en productor de droga química responde tanto a una reafirmación personal como a la poca esperanza que tiene de superar con éxito el tratamiento, así que da un vuelco radical a su existencia. Se convierte poco a poco en un tipo oscuro, crispado, violento, que cambia física y emocionalmente. Un personaje rico en matices, narcotraficante, enfermo terminal y amante padre de familia, un manipulador a la fuerza que sortea los peligros que su nueva “profesión” le plantea con notable ingenio: tanto liquida a toda una organización de narcos como dispara contra dos delincuentes, deja morir de sobredosis a la novia de su colaborador y le compra un cochazo a su hijo, asume un apodo misterioso (el de Heisenberg) y cuida de su hija recién nacida cuando puede estar en casa, ya que pasa toda la cuarta temporada separado de los suyos.

 

Un universo particular, extraño y corrosivo, la exploración cáustica de la línea divisoria que separa el bien del mal. Del blanco al negro, pero con mucha trama de grises.

 

Más cerca del mafioso de “Los Soprano” y del corrupto alcalde de “Boss” que del ama de casa afectada de cáncer de “The Big C”, Walt es un personaje de los más poderosos, contradictorios y estimulantes que ha dado la televisión estadounidense en los últimos tiempos. Pero una de las virtudes de la serie es el modo en que han ido creciendo el resto a lo largo de las cinco temporadas: Jesse Pinkman (Aaron Paul), su socio, yonqui por convicción, amante por necesidad, figura lúcida a su pesar; Skyler, la esposa de Walt, convertida en la cuarta temporada, la de la aceptación de los hechos consumados, en una suerte de figura femenina de tragedia shakesperiana, y Walter Jr., el hijo discapacitado; Hank, el cuñado de Walt, agente de la DEA que persigue al traficante sin saber que lo tiene antes sus narices, y su esposa cleptómana, personaje que se repliega según las temporadas; Gus (excelente, hierático, Giancarlo Esposito), quien utiliza un restaurante de pollos como tapadera de su negocio de drogas; o el excéntrico abogado Saul. Y, en la quinta temporada, la figura antes pasajera, ahora fundamental, de Mike, jefe de seguridad de Gus.

“Breaking Bad” tiene hitos como “Mosca”, episodio de la tercera temporada resuelto como un ejercicio de humor claustrofóbico –toda la acción acontece en el laboratorio donde cocinan la metanfetamina y discurre en torno a Walt y una molesta mosca que se ha colado en el interior–, realizado por Rian Johnson (“Looper”, 2012). Situaciones de distante ternura, como la de Walter Jr. organizando una recolecta por internet para conseguir dinero con el que pagar el tratamiento de su padre, frente a la violencia casi lynchiana de la muerte de Gus. Las largas secuencias cocinando la droga, en una caravana, en el laboratorio o en residencias eventualmente cerradas por el control de plagas. La paisajística de la zona residencial con casas aisladas o adosadas situadas al borde del desierto. El electroimán para destrozar ordenadores de las dependencias policiales que idea Walt en el primer episodio de la quinta temporada. Un universo particular, extraño y corrosivo, la exploración cáustica de la línea divisoria que separa el bien del mal (distinto a “Dexter”). Del blanco al negro, pero con mucha trama de grises.

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