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CARLOS ZANÓN, La senda del rockero perdedor

Zanón: la música y el destino. Foto: Ismael Llopis

 
 

ENTREVISTA (2014)

CARLOS ZANÓN La senda del rockero perdedor

Por Kiko Amat

Pocos libros hablan de 1989, la plaza Ibiza, surtidos Cuétara, el Magic, el peso del pasado y la pobreza del barrio. Pocos libros se sostienen sobre una primera persona tan valiente, dura y sobria; pocos hablan así de fuerte, así de sincero, sobre juventud, clase social y rock’n’roll. “Yo fui Johnny Thunders” es un libro sobre haber sido alguien y ya no serlo. Es un libro sobre la música pop, cuando ella es tu única salvación. Kiko Amat, al habla con Carlos Zanón. Con “Taxi” (2017), le llegó la confirmación definitiva.

Quiero que observen el quiebro de Carlos Zanón. Lo que hace en el minuto 43:15:04: miren el brinco que pega y cómo les dibuja una finta de impresión a las expectativas de los lectores. Y mi momento favorito: capten cómo se arranca la camiseta y le realiza un corte de mangas al respetable. Zanón (Barcelona, 1966) lleva escribiendo desde 1986: poesía, libros musicales (“Bee Gees”; Júcar, 1998), artículos sobre rock’n’roll en ‘Ruta 66’, antologías de narradores del Carmel, y desde 2008 es conocido por ser un autor de novela negra. O eso esperaba el mundo.

“Como eres es lo que te va a pasar. En el fondo da lo mismo si te quedas en la autopista o pillas la carretera secundaria: estás en el mismo lugar y no te has ido nunca. No puedes escapar”

Si Zanón se parece a Jim Thompson, como le espetan algunos, “Yo fui Johnny Thunders” (RBA, 2014) es su “Aquí y ahora”. O “La senda del perdedor” (de Charles Bukowski). Zanón se ha destapado con un libro poderosamente autobiográfico ambientado en su barrio natal, El Guinardó, a medio camino entre el hoy y 1989, lleno de verdad y rock’n’roll exultante y amor a los discos y cultura de clase obrera, sin disculpas ni maniqueísmos. Una novela auténtica, dura, hermosa y muy bien escrita, nada afectada ni coqueta, que quizá le hará perder algunos lectores (los que esperaban un misterio policial), pero que, por lo pronto, acaba de ganarle un fan eterno: yo.

El peso del pasado orbita sobre todos los personajes. También el saber que siempre estarán en aquel barrio, por muy lejos que viajen. Saber que nunca has sido libre, que nunca has podido elegir, y que la única decisión posible era ser como eres y hacer lo que tienes que hacer. Hay una frase que me gusta mucho y que yo siempre citaba pensando que la había dicho James Woods, pero era de Heráclito: “El carácter es el destino”. O sea: como eres es lo que te va a pasar. En el fondo da lo mismo si te quedas en la autopista o pillas la carretera secundaria: estás en el mismo lugar y no te has ido nunca. No puedes escapar.

 
CARLOS ZANÓN, La senda del rockero perdedor

“Yo fui Johnny Thunders”: libro poderosamente autobiográfico a medio camino entre el hoy y 1989, lleno de verdad y rock’n’roll exultante y amor a los discos y cultura de clase obrera.

Foto: Ismael Llopis

 

Explicas muy bien la dicotomía entre sentirte orgulloso de un lugar y a la vez desear huir de allí a toda prisa. En realidad tú quieres irte del barrio; porque el barrio es feo, porque todo pasa en otro sitio. La fiesta está en otro lado y tú oyes el ruido a lo lejos. Quieres ser inglés, tener el pelo largo, corto, tener otra novia, otros amigos. Te dices: “Estos amigos y esta novia no me tocaban. Yo estaba llamado a otra cosa”. El problema es que tú quieres irte de allí, pero todo eso es tu identidad. Y esa es la parte en la que te haces fuerte, pero también es una tragedia implícita. Los que reivindican los barrios de clase obrera nunca han vivido allí.

“Con nosotros crearon monstruos. Genéticamente estábamos destinados a ser como nuestros padres, pero nos dieron una educación, cabezas de dandis. Eso es una receta catastrófica: ‘Retorno a Brideshead’ + Paco Martínez Soria (ríe)”

El libro está plagado de detalles extraídos de lo vivido. Me gusta cómo dices que Francis odiaba a sus padres por estar siempre ahí y Víctor los odiaba por no estar jamás. (Ríe) Está la historia de volver a casa de tus padres, que es la máxima humillación. Yo me separé, e iba los fines de semana a casa de mis padres, y todo era lo mismo: el mismo comedor, la misma televisión, los mismos padres... Pero a la vez nada era igual; y me invadía una sensación terrible de fracaso general. Y de pesadilla, tanto de ellos como mía. ¿Este señor hacía tanto ruido cuando veía la tele? ¿Este olor a coliflor era así de omnipresente? Así se va produciendo un desapego.

Cuesta describir esa pobreza que no es de Tercer Mundo, pero sí es pobreza espiritual, de completa pérdida de ambición. Las derrotas de nuestros padres, su resignación... Con nosotros crearon monstruos. Genéticamente estábamos destinados a ser como nuestros padres, pero nos dieron una educación, cabezas de dandis. Eso es una receta catastrófica: “Retorno a Brideshead” + Paco Martínez Soria (ríe). Si eres un currito con mente de currito no pasa nada, pero si eres un currito con la cabeza llena de libros y discos y tu vida sigue siendo de currito... Eso tiene que mutar en algo o explota; y esa mutación tiene grandeza y fuerza: cabeza con cultura mezclada con entorno y hábitos de otra clase social.

Hablemos de rock’n’roll, el motor de la novela. Francis dice que aquella música le hacía “trascendente”. Es la música de la tribu. Es lo que te conecta con algo más grande. Esa música te cambia para siempre, te convierte en otro. Y luego está la sensación de sentirte igual de marciano, pero no tan solo. De golpe percibes que en algún sitio y lugar hay gente como tú. Gente que te habla a ti. Eso es lo más fascinante: pones la radio y escuchas una canción compuesta hace veinte años a miles de kilómetros de donde vives y parece una canción para Carlos. Esta iba para ti. Y veo esa pulsión en otros escritores. El venir de esa habitación llena de pósteres en casa de los padres.

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