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CHARLES BUKOWSKI, Mosca de bar

“Lo que no me gusta es esa imagen de mierda, esa imagen mía a lo Humphrey Bogart, o esos que me adoran como un Hemingway totalmente loco, o como un Dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles, o lo que sea…”, se quejó un día (de su fama) Bukowski.

 
 

ARTÍCULO (1994)

CHARLES BUKOWSKI Mosca de bar

A Charles Bukowski (1920-1994) no le vino nada bien haberse muerto, porque no pudo dejar otra vez con dos palmos de narices a Bernard Pivot y sus ‘Apostrophes’ ni ir por ahí diciendo: “Suponen que soy el último espécimen de una especie extinguida. Me siento más próximo a los punks que a los beatniks. A mí no me interesa toda esa mierda bohemia del Geenwich Village y de París, Argel, Tánger (…), todo eso es pura charlatanería romántica”. Su cinismo le permitió rentabilizar esa estampa –que decía aborrecer– para mejorar ostensiblemente la calidad de la materia prima de sus resacas –de cerveza Miller a vino blanco del Rhin– y meterse en la tumba ya talludito (73 años) y por una causa bien vulgar: neumonía. Gerardo Sanz le rindió homenaje en abril de 1994, a los pocos días de su muerte, en las páginas de Rockdelux.

Charles Bukowski no ha ganado nada muriéndose el 9 de marzo. En 1968 ya le confesó a Carl Weissner, su primer traductor y editor en Alemania: “Lo que no me gusta es esa imagen de mierda, esa imagen mía a lo Humphrey Bogart, o esos que me adoran como a un Hemingway totalmente loco, o como a un Dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles, o lo que sea… Parece que muchos de los que leen mis cosas no lo tienen claro”. Entonces, ya era una especie de celebridad underground gracias a su currículo poético y, sobre todo, a su columna semanal “Escritos de un viejo indecente”, que publicaba en el periódico alternativo ‘Open City’. Pero sus admiradores no podían reunir todavía la purpurina necesaria para dorar ese aura de malditismo con que la historia lo recoge.

A pesar de su perniciosa influencia en el mundo del rock –una pléyade de letristas mediocres intentando imitar sus maneras literarias y vitales–, Bukowski escribía más –“mejor” tal vez sería excesivo– de lo que parece. Porque esa capa de exhibicionismo, de boconería, de egoísmo –que, al fin y al cabo, es lo que atrae a sus lectores: lo que esperan oír y tal y como esperan oírlo–, esconde al continuador –émulo declarado: un mérito importante– de la narrativa del gran John Fante. Se cita a Hemingway, al primer Capote, al Steinbeck de “Las uvas de la ira”, a Henry Miller, al Thomas Wolfe más inmediato, a Hunter S. Thompson, a Dostoievski incluso, pero los que firman las necrológicas deberían saber que Henry Chinaski, el alter ego de Bukowski, fue creado a imagen y semejanza del Arturo Bandini de Fante. Y solo hay que leer con cierta distancia “Cartero” (1971), “Factótum” (1975), “Mujeres” (1978), “La senda del perdedor” (1982) y “Hollywood” (1989) –sus cinco novelas, todas ellas publicadas en España por Anagrama– para valorarlas en su justa medida, es decir, como un afortunado remake –adaptado a los gustos de la época: otro mérito– de “Pregúntale al polvo”–prologado, al menos en su edición castellana, por el propio Bukowski– o “Espera la primavera, Bandini”.

 
CHARLES BUKOWSKI, Mosca de bar

“Es bastante fácil parecer moderno cuando en realidad se es el mayor idiota que jamás ha existido; ya lo sé: yo he sacado algunos poemas horribles, pero no tan horribles como los que he leído en las revistas. Poseo una honestidad fruto de las putas y los hospitales que no me permite fingir ser algo que no soy…”, dijo una vez Bukowski.

 

Más que su prosa, anárquicamente elaborada pero reiterativa con avaricia, lo que cuenta en Hank –así lo llamaban los amigos como Neeli Cherkovski, autor de una biografía fisioterapéutica (“Hank. La vida de Charles Bukowski”) también disponible en Anagrama– es su genuina mirada sobre el ser humano, su capacidad para extraer belleza de la podredumbre. Sus relatos, reunidos por la editorial barcelonesa en seis volúmenes (entre 1978 y 1993) –“Escritos de un viejo indecente, “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones”, “La máquina de follar”, “Se busca a una mujer”, “Música de cañerías” e “Hijo de Satanás”–, son una nueva muestra de su talento para proyectarse como un loser que enseña, con pasión y humor, cómo hacer frente a la hipocresía de una sociedad de triunfadores.

Pese a su fecundidad –más de mil piezas– y al empeño de la crítica en recomendar “Mockingbird Wish Me Luck” (1972), “Poems Written Before Jumping Out Of An 8 Story Window” (1968) o “All The Assholes In The World And Mine” (1966), el poeta no difiere sustancialmente del prosista. Bukowski continúa pasando a tinta su propia existencia; una infancia opresiva marcada por una familia de padre tiránico y madre resignada, una adolescencia estigmatizada por “el peor caso de acné jamás visto en Los Ángeles”, una primera mocedad trashumante entre casas de empeño, bares con hedor a orines y ventanillas de hipódromos y una madurez repartida entre el departamento de clasificación postal –doce largos años–, la bodega de abajo, la entrañable Underwood y sus rescatadores: Jane Cooney Baker, Barbara Frye –la directora de ‘Harlekin’, primera revista en ventilar su poemario– y Linda Lee Beighle, con quienes contrajo matrimonio; Frances Smith, con quien tuvo a Marina, su única hija; Jon Edger Webb, su editor a principios de los setenta; y, por supuesto, John Martin –“Bukowski me ayudó a establecer mi negocio editorial y yo le ayudé a que fuera un escritor de éxito”–, fundador de Black Sparrow Press con los treinta cinco mil dólares que le dio la Universidad de California Santa Bárbara por su colección de incunables.

Martin mantuvo a flote a Hank y lo estimuló para que terminara el guion de “Barfly” (“El borracho”), la película que Barbet Schroeder dirigió en 1987, con Mickey Rourke como protagonista. Bukowski se resistía porque consideraba que Marco Ferreri había corrompido su escritura al rodar “Ordinaria locura” (1981). Sin embargo, el trabajo de Schroeder le satisfizo tanto como “Crazy Love” (1987), un filme altamente recomendable, firmado por el cineasta belga Dominique Deruddere y basado en sus relatos.

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