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DAN FANTE, En el nombre del hijo

El hijo de John Fante.

Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2011)

DAN FANTE En el nombre del hijo

Sus aventuras, envueltas en alcohol, fueron turbulentas y autodestructivas, con la sombra de su padre, el mítico John Fante, siempre al acecho. A los veinte años, Dan Fante (1944-2015) se trasladó a Nueva York, donde sobrevivió trabajando como vendedor puerta a puerta y telefónico, taxista, limpiador de ventanas... A Fante hijo lo salvó la escritura. Ferran Llauradó conversó con él cuando llegó a Barcelona para presentar “Chump Change”, su estreno en castellano en 2011.

Todos llevamos los pasos de nuestros padres marcados en el subconsciente, pero se me ocurren pocas losas más pesadas que ser el hijo de John Fante (1909-1983), uno de los mejores escritores norteamericanos del siglo XX sin discusión (autor de, entre otras maravillas, la tetralogía de Arturo Bandini), y pretender no solo explicar al mundo que eres un buen escritor, sino también ajustar cuentas con tu progenitor a través de novelas abiertamente autobiográficas como “Chump Change” (publicada por primera vez en Francia en 1996; Sajalín, 2011). El secreto de la hazaña de Dan Fante (Los Ángeles, 1944) es despojarse de cualquier armadura y avanzar literariamente sin miedo por una vida imposible que hubiese llevado a la tumba a cualquiera que no fuese este tipo con cara de cuero, sombrero L.A. noir y gafas minúsculas. “Dejé de beber en 1986 después de haber bebido cada día durante veinte años. Ganaba un montón de dinero vendiendo ordenadores en una empresa de telemarketing, tenía una novia preciosa profesora de aeróbic, una casa en la playa de Venice, un coche deportivo... Y lo odiaba. Así que lo dejé. Dejé de beber y ya no era capaz de mentirle más a la gente por teléfono. Lo perdí todo, le debía un montón de dinero al gobierno en impuestos y durante dos años fui prácticamente un ‘homeless’; mi madre me tenía que pagar la gasolina cada semana. ¿Qué iba a hacer con el resto de mi vida? Así que me puse a escribir. Encontré la máquina de escribir y el papel en los que mi padre había escrito su última novela antes de quedarse ciego. Y escribir fue lo único que evitaba que pensase. Al escribir empecé a sentirme menos loco y enfadado; y, aunque al principio no era muy bueno, al final lo logré. Escribir me dio paz”.

“Durante dos años fui prácticamente un ‘homeless’; mi madre me tenía que pagar la gasolina cada semana. ¿Qué iba a hacer con el resto de mi vida? Así que me puse a escribir. Encontré la máquina de escribir y el papel en los que mi padre había escrito su última novela antes de quedarse ciego. Y escribir fue lo único que evitaba que pensase”

Lo primero que escribió fue la novela que tenemos entre manos, en la que el álter ego del autor, Bruno Dante, emprende un viaje autodestructivo por las calles de Los Ángeles antes de reconciliarse con su padre moribundo a través de su perro, Rocco. No es difícil ver cierto paralelismo con “Mi perro Idiota”, el cuento de John Fante que abordaba la relación con sus hijos a partir también de su amor por un perro abandonado. “En realidad, la conexión entre las dos historias no existe. Mi padre no entendía a sus hijos, para él eran como un enigma. Esa fue su versión de lo que éramos. En ‘Chump Change’ el perro es la metáfora de mi amor por mi padre. Fui incapaz de tener una relación con él hasta su muerte. Fui incapaz de comunicarme con él. Así que la tolerancia de Bruno hacia el perro es su manera de alimentar la relación con su padre. Al final del libro es imposible no entender que ama a su padre, porque ama a su perro. Te diré lo que conseguí con este libro: resolver los problemas con mi padre. Sentí más compasión por él después de escribirlo”. ¿Y cómo podemos sentir nosotros compasión por Bruno, un personaje que lleva la tradición del antihéroe, de Holden Caulfield al mismo Arturo Bandini, a niveles de abyección difíciles de soportar? “A alguna gente le resulta repulsivo, sí, pero lo que pasa cuando esto ocurre es que no puedes evitar identificarte, entrar en su pensamiento. Se trata de expandir la experiencia del lector: ‘Aquí hay un tipo que hizo esto y sobrevive, y yo no lo he experimentado’. De manera que lo hace más compasivo. Mi mujer, que es licenciada en Filosofía, me dijo: ‘Bruno Dante es Frankenstein’”.

También es fácil notar que Dan no era el único en tener una relación difícil con el padre. John también escribió extensamente sobre el suyo, Nicola Fante, en “La hermandad de la uva” (1977) y en otras novelas y cuentos. Finalmente, el nieto ha querido, al cabo de cinco obras más sobre las desventuras de Bruno Dante, dar su versión de los hechos sobre la saga familiar con “Fante. A Memoir”, de próxima publicación en Estados Unidos. Insinúo al hombre hoy felizmente casado y padre de un hijo de 6 años (“le compro cada semana flores a mi mujer desde hace ocho años y es algo que no había hecho nunca”) que tal vez las dificultades paterno-filiales estén en sus genes. “No sé hasta qué punto mi padre me influyó, porque todo es a nivel inconsciente. Por ejemplo, en ‘Pregúntale al polvo’ mi padre se enamora de una mexicana, y yo estuve viviendo también con una. Veo paralelismos no intencionados. Mi abuelo era un cabrón, un hombre difícil. El hecho de que mi padre pudiese escribir sobre él con humor y afecto me impresionó, porque no era una persona ni amable ni generosa. Bebía demasiado vino y le gritaba todo el tiempo a su mujer, pero mi padre consiguió sentir un gran afecto por él, y eso que mi padre también era muy difícil. Así que sí que hay similitudes, pero son siempre inconscientes”.

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