Apartado de los postulados de la “nueva carne” desde “eXistenZ” (1999), David Cronenberg se ha dedicado a explorar los caminos por donde la violencia fluye de una forma más sutil, retorcida e incognoscible. Una extrapolación de sus principios estéticos básicos hacia un territorio ciertamente perturbador: el del mundo real. De ahí que lo que testara en “M. Butterfly” (1993) y cristalizara en “Crash” (1996) se acabara convirtiendo en la espina dorsal de sus películas para el nuevo siglo: la apropiación sinapsista entre lo mórbido y lo impoluto existente en la mente del protagonista de “Spider” (2002), así como en la recreación (interpretación) de los patrones prefigurados (un padre de familia, un gánster) que el actor Viggo Mortensen realizara en “Una historia de violencia” (2005) y “Promesas del este” (2007).
Siendo Cronenberg un cineasta que suele superar los textos base de los que parte su obra –que se lo digan a Burroughs o a Ballard–, no era de extrañar que la plasmación que el cineasta realizara de la obra teatral de Christopher Hampton (“The Talking Cure”) fuera un auténtico aquelarre de ideas, tanto estéticas como narrativas, tomando como punto de partida la relación triangular Freud-Jung-Spielrein. Con una puesta en escena segmentada, en una dictadura autárquica del encuadre insólita en su realizador, Cronenberg construye uno de sus mejores (y más violentos) títulos con el uso de la palabra como principal arma plástica.
Y es que lo que vemos en “Un método peligroso” es eso: palabras, bien sean habladas o escritas; y a partir de ellas se teje ya no solo una redefinición del nacimiento del psicoanálisis, sino un tejido antropológico que sirve para definir una época, una sociedad y una cultura donde, bajo el disfraz de la nobleza, anidan todo tipo de monstruos: de la xenofobia al sadomasoquismo, de la amoralidad al engaño, haciendo de la película un relato desasosegante, ciertamente terrible y de una perfección sin límites. ![]()


























