¿Le gustaría “Perdidos” a Don DeLillo (Nueva York, 1936)? Si tenemos en cuenta su última novela, no parece descabellado, no solo porque la idea que le da título y, en parte, forma –ese punto alto de la evolución de la consciencia creado por Pierre Teilhard de Chardin– también fuese capital en la historia y la estructura de la discutida serie, en ella vía Flannery O’Connor. También está el caso de que “Punto omega” (“Point Omega”, 2010) es una novela que lanza preguntas al aire sin devolver la respuesta –a veces, la resolución fácil es sinónimo de mediocridad– y juega la carta de la ambigüedad, la fascinación emotiva y la incertidumbre.
Lo que separa a ambas obras es que, mientras “Perdidos” acabó siendo una serie de personajes, la novela de Don DeLillo es ante todo de ideas. Ideas enormes, resonantes, a montones; tantas como en el tomo de “Submundo” (1997), pese a ser una obra breve. La relación primero complicada y después incluso paterno-filial que se desarrolla entre un “intelectual de defensa” y el documentalista en busca de su retrato es solo una excusa del autor para elucubrar, con prosa fluida e hipnótica, en torno a la imposibilidad de agarrar la verdad, conocer el mundo o conocernos a nosotros mismos, tratar de describir la vida verdadera, aquella que se esconde en momentos de pánico meditativo solo comprensibles para sus protagonistas.
Como principio y final, llamando a la necesidad de trascender superficies (“ver lo que hay, finalmente mirar y saber que está uno mirando, sentir el paso del tiempo, estar vivo a lo que ocurre en los más pequeños registros del movimiento”), está esa descripción magnética del “24 Hour Psycho” de Douglas Gordon, obra videográfica que pasó por el MOMA neoyorquino en 2006. Las palabras de DeLillo en “Punto omega” pueden resonar tan largamente en la cabeza del lector como las imágenes, veloces o detenidas, milimétricas, del filme de Hitchcock. Así de grande es el alcance de este libro: un monumento al lenguaje y el pensamiento. ![]()























