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DON WINSLOW, Realismo sucio (pero sucio de verdad)

“Lo único que podría reducir el narcotráfico es la legalización de las drogas, porque eso provocaría acabar con los beneficios que se generan”.

 
 

ENTREVISTA (2010)

DON WINSLOW Realismo sucio (pero sucio de verdad)

Con la monumental “El poder del perro” (2005; Mondadori, 2009), el norteamericano Don Winslow se convirtió en uno de los nombres imprescindibles de la novela negra contemporánea. Realismo y sangre en el territorio salvaje de la frontera México-Estados Unidos. David Morán entrevistó a Winslow cuando el libro se publicó en España.

“No quiero sonar melodramático, pero recuerdo que, cuando le hablé a mi mujer de cómo me sentía escribiendo este libro, le dije que era como bajar cada día al infierno”, explica Don Winslow (Nueva York, 1953). Y el infierno, en este caso, es esto: asesinatos crueles, torturas despiadadas, toneladas de droga en tránsito constante entre México y Estados Unidos, corrupción político-policial y, sobre todo, una cantidad ingente de cadáveres desperdigados al sur del Río Grande. Están, por ejemplo, los diecinueve cuerpos sin vida –algunos despellejados; otros cosidos a balazos; uno incluso con los dedos amputados y posteriormente introducidos en la cavidad bucal– con los que el lector se tropieza nada más abrir “El poder del perro” (2005; Mondadori, 2009). Es un libro, sí, pero por un momento da la sensación de que uno tiene los pies hundidos en ese charco de sangre “del tamaño de un coche grande” que contempla atónito Art Keller, el agente de la DEA –la agencia estatal norteamericana dedicada a combatir el narcotráfico–.

La mala, terrible noticia es que una matanza idéntica a esta, pero perpetrada en el mundo real –El Sauzal en 1998, para más señas–, es lo que llevó a Winslow a cambiar de planes y transformar lo que debería haber sido un breve thriller sobre la mafia norteamericana y los señores de la droga mexicanos en una espectacular y brutal novela que Rodrigo Fresán ya ha bautizado como La Gran Novela Americana del Narcotráfico. “Cuando vives cerca de la frontera, puedes olvidarte de todo y dedicarte a hacer surf o bien puedes empezar a cuestionarte las cosas y buscar respuestas a ejecuciones como aquella”, explica Winslow. Y para el autor de “El invierno de Frankie Machine” (2006; MR, 2010), instalado en San Diego y con Tijuana a la vuelta de la esquina, empezar a cuestionarse las cosas equivalía a escribir una brutal novela que relatase con pelos, señales y borbotones de sangre tres décadas de narcotráfico entre México y Estados Unidos. “Empecé a pensar que quizá fuese responsable de no haber escrito antes de esto y que debía pagar un alquiler; un alquiler en forma de libro”, asegura el escritor estadounidense.

“Se habla del problema mexicano de la droga, pero es un error: ese problema se originó en Estados Unidos. Tenemos el mal hábito de señalar a los mexicanos, colombianos y afganos por producir droga, pero ¿quién la compra? ¿Cómo se puede decir ‘quiero comprar esto’ y luego culpar al vendedor?”

Y ese alquiler nos lleva de vuelta al infierno del primer párrafo; un infierno que el escritor visitó a diario durante cinco años mientras releía documentos gubernamentales –de la CIA y la DEA, sobre todo–, se entrevistaba sobre el terreno con todo tipo de personas involucradas en el narcotráfico y trataba de convencer a sus editores de que eso de rebanar huesos con un picahielos o de sodomizar a alguien con una barra de hierro al rojo vivo no era fruto de su imaginación. Puede que su pasado como investigador privado le ayudase a la hora de documentars, pero no le preparó para fantasear sobre posibles atrocidades. “No creo que mi imaginación sea capaz de idear semejantes crímenes”, reconoce Winslow, al tiempo que desvela que, mientras escribía el libro, tuvo que pellizcarse más de una vez para no olvidar que “El poder del perro” está terrible y dolorosamente basado en hechos reales.

Los personajes son, de hecho, una de las pocas “licencias” de una novela en la que Art Keller, un veterano de la guerra de Vietnam reconvertido en agente de la DEA, sigue los pasos del clan Barrera y va tirando del hilo del narcotráfico mexicano. No acaba ahí la cosa, ya que, mientras Keller y los Barrera juegan al ratón y al gato, la madeja se enreda aún más con la aparición en escena de las mafias italiana e irlandesa, el terremoto que sacudió Ciudad de México en 1985 y la ceguera crónica del gobierno estadounidense. Y todo eso mientras la droga va y viene y los cadáveres caen desplomados al suelo. Porque, por si aún no había quedado claro, “El poder del perro” es una novela salvaje, cruel y ultraviolenta. Algún que otro rastro de humanidad sí que aparece, aunque casi siempre acaba estampado contra esas fronteras físicas, morales y reales que Winslow pone en el camino de sus personajes. “Podía edulcorarlo o ser extremadamente gráfico, y evidentemente escogí lo segundo. Quería mostrar el aspecto real del narcotráfico, que el lector pudiese sentirlo tal como es, con toda su brutalidad”.

No se trata, sin embargo, de una exhibición de violencia gratuita, sino de una manera de decir que, por triste que parezca, esto es lo que hay. “El mundo se está volviendo cada vez más duro e indiferente a las imágenes de violencia. Yo mismo me he sorprendido en circunstancias muy extrañas. Recuerdo una vez, cuando trabajaba de investigador privado, que estaba mirando las fotografías de un crimen brutal mientras me comía un sándwich. Ni siquiera me daba cuenta, como si fuese la cosa más natural del mundo”, explica. Será por eso que “El poder del perro” es, sin serlo, una gran novela de denuncia. De denuncia de la violencia y del narcotráfico, sí, pero también de la doble moral que impera en el reparto de responsabilidades. “Se habla del problema mexicano de la droga, pero es un error: ese problema se originó en Estados Unidos. Tenemos el mal hábito de señalar a los mexicanos, colombianos y afganos por producir droga, pero ¿quién la compra? ¿Cómo se puede decir ‘quiero comprar esto’ y luego culpar al vendedor?”. Igual de contundente se muestra Winslow a la hora de proponer posibles soluciones, por polémicas que sean. “Lo único que podría reducir el narcotráfico es la legalización de las drogas, porque eso provocaría acabar con los beneficios que se generan ahora y también con el poder de quienes se quedan con estos beneficios”, asegura.

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