Nadie tiene que contarle a Edward Bunker (1933-2005) cómo es la vida en prisión. Ingresó en San Quintín con 16 años y pasó dieciocho entre rejas. Por eso “La fábrica de animales” (original de 1977) resulta tan perturbadora. Bunker conoce perfectamente el terreno que pisa, y no es descabellado imaginar que gran parte de lo que narra procede de sus experiencias personales.
El joven protagonista de la novela, Ron Decker, es un delincuente de poca monta que entra en la cárcel para cumplir una condena por tráfico de drogas, pero en el corto período de un año se transforma en una persona distinta, embrutecida, capaz de llegar a extremos que nunca hubiera imaginado. La amistad con el resabiado Earl Coppen, un duro recluso que se convierte en su mentor, es el único asidero de que dispone para mantener algo de humanidad en un entorno brutal y violento, donde la vida no vale nada, conservar la inocencia es misión imposible y el racismo es una herramienta de supervivencia.
Historia de amistad masculina, relato carcelario de primera magnitud (lo sabe bien el guionista Thomas Bidegain, responsable de “Un profeta”), “La fábrica de animales” (que Steve Buscemi llevó al cine en 2000) es un retrato demoledor de un sistema penal incapaz de cumplir sus funciones de rehabilitación, en el que siempre se impone la ley del más fuerte. El alegato de Decker ante el juez, cuando se presenta para tratar de modificar su sentencia, resume de manera ejemplar el proceso de degradación moral a que se ha visto sometido en apenas doce meses. Un viaje sin retorno que le ha convertido, ahora sí, en un auténtico criminal.
Sajalín anuncia ya la próxima publicación de “Little Boy Blue”, la única novela de las cinco que firmó Bunker que queda por traducir al castellano y que terminará de poner al alcance del lector la obra completa del californiano, ya que también incluye el soberbio volumen autobiográfico “La educación de un ladrón” (Alba, 2003). ![]()























