Miles Davis. Ese semidiós. El unicornio negro, como lo ha definido Nick Cave. Qué inevitable resulta quedar fascinado por el hombre que, según sus propias palabras, cambió el curso de la música cinco o seis veces. Pero el valor de este libro (escrito por Veniero Rizzardi y Enrico Merlin, y publicado originalmente en Italia en 2009) es precisamente no dejarse cegar por la luz total de Miles y atreverse a realizar una aproximación analítica –que no significa carente de pasión– a la génesis de “Bitches Brew” (1970); argumentar desde la historia de la música y de la fonografía (los avances en la técnica suponen para Davis un acicate creativo tan rico como las nuevas corrientes de la música popular de las que comienza a empaparse), y en el contexto del panorama cultural, por qué este disco debe considerarse una obra capital en la evolución del jazz y su expansión a nuevos públicos.
Narrando casi a tiempo real esas tres sesiones mágicas de agosto de 1969 y detallando al segundo las labores de posproducción, lo que este libro demuestra –en ocasiones con un nivel de documentación apabullante con monogramas, partituras y estructuras armónicas– es que la verdadera trascendencia de “Bitches Brew” no radica en la ambición de Miles Davis –la orquesta de trece solistas que consiguió reunir a Chick Corea, Dave Holland, Joe Zawinul y Wayne Shorter–, sino en su visión y su afán por investigar y trascender el “mito de la improvisación” como piedra filosofal del jazz para aprovechar lo que la tecnología tenía que ofrecer y crear tanto en el escenario como en la partitura o en la mesa de mezclas.
Y así, junto a la figura capital de Teo Macero, consejero, amigo y productor, Davis será de nuevo pionero en elevar un disco de jazz a los niveles de complejidad estructural y de sofisticación en la producción a la que por entonces se acercaban pioneros del pop y del rock como Zappa o los Beatles del “Sgt. Pepper’s”. “Yo no toco rock. Yo toco negro”, sentencia Miles. Y así se cierra el libro. ![]()























