La entente entre Enrique Urbizu y José Coronado sigue en forma, y ya van tres películas. Tras “La caja 507” (2002) y “La vida mancha” (2003), director y actor vuelven a trabajar juntos en un thriller con aliento de western que demuestra una tremenda inteligencia al ofrecer una mirada sobre la sociedad española contemporánea desde planteamientos genéricos, evitando el sermón paternalista a que tiene acostumbrado al público el acartonado cine social estatal.
Heredero de modelos estadounidenses evidentes (también en algunos tics innecesarios), el protagonista de “No habrá paz para los malvados” es un policía ambiguo, cansado y descreído que se rige por su propia ley. En paralelo a su personal descenso a los infiernos, Urbizu muestra, precisamente, unos procedimientos legales que avanzan al ralentí, frenados por la burocracia y la falta de diálogo. Ambas historias confluyen con la misma naturalidad con que se muestra la conexión entre el narcotráfico y la financiación del terrorismo islámico. Porque la otra gran virtud de la película es su capacidad para situarse en un aquí y ahora tan reconocibles que obligatoriamente sacuden al espectador, poco acostumbrado a que se aborde la realidad inmediata con tal contundencia.
Hace años que Urbizu viene demostrando que el policíaco es el terreno en que mejor se mueve. Desde la reivindicable “Todo por la pasta” (1991). Esta vez se gradúa en el género con honores, al tiempo que exhibe una incorrección política más necesaria que nunca en nuestro cine. ![]()


























