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Fargo, Violencia y absurdo en tierra nevada (T1)

Fría comedia negra con puntos de fuga hacia el drama y el thriller. Protagonizada por Martin Freeman: seguros de riesgo.

 
 

SERIE TV (2014)

Fargo Violencia y absurdo en tierra nevada (T1)

Recordamos la primera temporada de “Fargo” (FX, 2014; Canal+ Series), una producción dividida en diez episodios con una estructura compleja y protagonismo coral. Basada en el universo creado por los hermanos Coen –productores de la serie– en su homónima película de 1996, fue otra incursión a través de lo extraño, ridículo, obsesivo, violento, fanático y ulceroso de la actual sociedad estadounidense. Quim Casas informó.

El plano final del décimo episodio de “The Knick” (2014), la serie de Steven Soderbergh ambientada en un hospital neoyorquino en 1900, nos muestra un frasco de heroína disuelta, substancia que un médico anuncia como la solución a los problemas que el protagonista tiene con la cocaína. Este último plano nos pone en guardia respecto a lo que le espera en el inminente futuro al personaje encarnado por Clive Owen, tan adicto a la cirugía como a las drogas.

“Fargo”, creada por Noah Hawley, no necesita llegar a la última imagen de una primera temporada dividida también en diez episodios para procurar una parecida incertidumbre, en este caso coral y no individual. Antes de concluir su octavo capítulo, un simple rótulo nos sitúa temporalmente un año después de los hechos que hemos presenciado hasta ese momento. Quien era un entrañable pero torpe agente de policía, Gus Grimly (Colin Hanks, hijo del protagonista de “Forrest Gump” y psicópata religioso en la serie “Dexter”), trabaja ahora de repartidor de correos. Su segunda esposa, la decidida agente de policía Molly Solverson (Allison Tolman), está embarazada, como lo estaba la jefa de policía de “Fargo” (1996), el filme de los hermanos Coen.

De un plano a otro, con un solo rótulo, el mundo parece haber dado un vuelco radical. Pero la estabilidad de esta nueva pareja, cuyo tímido cortejo ha supuesto uno de los temas de los anteriores siete episodios, no invalida que los hechos criminales no hayan sido esclarecidos. La elipsis no disipa la incerteza y la duda. Un asesino sigue libre. Unos crímenes no se han resuelto. Todo está aún por hacer.

 

“Esta es una historia verdadera. Los acontecimientos que se relatan tuvieron lugar en Minnesota en 2006. Por petición de los supervivientes, se han cambiado los nombres. Por respeto a los muertos, todo lo demás se relata tal y como ocurrió”.

 

Antes fue el cine el que adaptó series de televisión: “Misión: Imposible”, “Star Trek”, “El fugitivo”, “Los intocables”, “Los vengadores”, “Expediente X”... Ahora es la ficción televisiva la que se inspira en la cinematográfica: “Bates Motel”, “Gomorra. La serie”... “Fargo” no es exactamente una adaptación catódica de la película de los Coen; es una serie inspirada en el universo de aquel filme. Eso sí, se repiten algunas situaciones (el dinero enterrado en la nieve, el accidente en la carretera helada), escenarios, tipologías y sentido del humor. Ambas producciones empiezan con el mismo rótulo: “Esta es una historia verdadera. Los acontecimientos que se relatan tuvieron lugar en Minnesota en 2006 (1987 en la película). Por petición de los supervivientes, se han cambiado los nombres. Por respeto a los muertos, todo lo demás se relata tal y como ocurrió”.

Y lo que se relata apela al thriller, y al drama, y al humor absurdo, y al retrato de algunas paranoias con resonancias bíblicas; la pintura inmisericorde, inquietante y divertida a la par, de personajes arribistas u honestos, miserables o listos, violentos, empequeñecidos todos por hechos que los desbordan. Aquí no hay un pusilánime vendedor de coches que encarga el secuestro de su esposa para cobrar el rescate, sino un apocado vendedor de seguros, Lester Nygaard (Martin Freeman, mejor aquí y como catódico doctor Watson que haciendo de hobbit), que se ve involucrado en los actos de un asesino lacónico y metafísico, Lorne Malvo (espléndido Billy Bob Thornton, que, con corte de pelo, barbita y ropa oscura, se asemeja a un existencialista de los años cincuenta), y acaba ejerciendo él mismo la violencia para convertirse, durante la elipsis antes citada, en el mejor vendedor de seguros del año.

Lester avanza en el relato de forma parecida a como lo hace el Walter White de “Breaking Bad”, ya que poco a poco toma conciencia de su propia criminalidad y cinismo. En el séptimo episodio, no duda en poner pruebas en el garaje de su hermano para que la policía crea que este tenía una aventura con su esposa y lo culpen de su muerte. En este mismo episodio, la explicación falsa de Lester al jefe de policía encarnado por Bob Odenkirk (el abogado de “Breaking Bad”) es todo un elogio de la representación.

No faltan en la serie los momentos extraños, como el tornado que absorbe los peces y agua del lago y los deja en otro lado –una idea que parece más de Paul Thomas Anderson que del imaginario de los Coen–; situaciones dramáticas vaciadas de tensión –Lester y Lorne en la sala de espera del hospital, el origen de todos los conflictos–; secuencias de violencia sintética –la muerte a martillazos de la esposa–; una estructura innovadora –no se trata de una trama lineal ni de subtramas, sino que el relato va en distintas direcciones– y dos momentos memorables en su coreografía visual: el tiroteo durante la tormenta de nieve que lo difumina todo en el episodio seis y, en el capítulo siguiente, la masacre que perpetra Lorne dentro de un edificio con ventanas de cristal de espejo, rodada en un magnífico plano secuencia desde el exterior.

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