Mi impresión es que de no existir Chusé Izuel daría igual, porque habrías creado un personaje fascinante. Quiero decir que, para quienes no sepan que se trataba de alguien de carne y hueso o no se les explique, el libro estremece de igual manera. ¿Hasta qué punto es más difícil recordar al amigo desaparecido, con todo detalle, que inventar un nuevo amigo, que sería el personaje? No tengo imaginación. Así que, desgraciadamente, me habría resultado imposible inventar a Chusé. De hecho, no hay nada inventado en el libro. O, mejor dicho, no hay nada recordado. Todas las citas están sacadas de sus textos, sus artículos, sus cuentos, sus esbozos de novelas y las cartas que me escribía, o de textos que se escribieron sobre él. No quería evocar, no quería recrear, no quería construir, no quería retratar un personaje, no quería dejar que fuera la memoria la que escribiera, ni tampoco, por supuesto, que fuera el sentimiento el que dominara la historia.
Se dice que has optado por distanciarte, por escribir en un estilo casi forense, como si se tratara de un informe policial. Pero, en realidad, pretender distanciarse es algo bastante ficticio. Tomar distancia es una toma de posición en sí misma y demuestra una implicación máxima. En base a eso, ¿te ha costado escribir “Amarillo” tanto como parece? Me gusta mucho eso del informe forense. Aunque quizás se parezca más a un atestado policial chapucero, el que habría hecho cualquier compañero negligente de Colombo. El padre de Chusé era policía y el mío también, así que a lo peor queda alguna herencia... He estado con el libro durante muchos años, pero la sensación que tengo, después de verlo publicado, es que ha sido todo fácil... Las veinte líneas que escribí el verano pasado, las que hablan de Barcelona, son las que dan el verdadero sentido al libro. Así que todos los años previos de versiones delirantes de esta obra, que llegó a tener en ocasiones casi seiscientas páginas, me parecen ahora un suspiro.
¿Cómo te imaginas “Amarillo” de haberlo escrito dentro de, digamos, diez años? Tengo una imaginación de pez. Pero me entran temblores solo de pensar que me quedan diez años para terminar el libro (risas).
Me da la sensación de que al terminar de escribirlo has sentido un cierto alivio. ¿O fue mayor el alivio del primer impulso, aquel que te condujo a empezarlo? No fue el suicidio de Chusé lo que me convirtió en escritor, porque desde adolescentes ambos ya éramos escritores cachorros. Pero, sin duda, su muerte me cambió profundamente como persona y cambió también mi escritura, de la misma manera que nuestra guerra civil lo hizo con otros autores hace décadas. Y aunque no me gustaría dejar de ser el escritor y la persona que soy, sí me gustaría que Chusé no hubiera muerto. Quizás por eso no logro sentirme aliviado. No es un libro terapéutico.
¿El misterio que rodea a la persona que le rompe el corazón a Chusé, su ex, es premeditado o simplemente has querido dejarla un poco fuera de esto? Mariángeles leyó el manuscrito y le pedí permiso para que apareciera con su nombre en el libro. Dirige una compañía de teatro en Zaragoza y tenemos buena relación. Si yo hubiera escrito una biografía de Chusé, su versión habría estado, o al menos habría intentado que estuviera. Y si aparece en el libro como misteriosa, es porque a mí me parecía también misteriosa. 