Escrita y dirigida por el actor Guillaume Canet, al que no se le da mal ponerse detrás de las cámaras –su anterior “Ne le dis à personne” (2006), sin estreno comercial en España, era un ejercicio de cine negro bien resultón–, “Pequeñas mentiras sin importancia” (“Les petits mouchoirs”, 2010) es fácilmente atacable. Al menos por dos razones (pésima selección musical aparte). Una, la indiscutible tendencia de Canet a dilatar los procesos agónicos, a tensar las cuerdas del drama en un flirteo constante con la obscenidad emocional (sirva de ejemplo la dilatadísima secuencia que cierra el filme). Otra, relacionada con esa dilación, una duración excesiva e innecesaria (la película pasa de las dos horas y media) que denota falta de capacidad de síntesis. Son problemas serios, vicios que estorban e impiden ver con total claridad los puntos fuertes de “Pequeñas mentiras sin importancia”: un extraordinario dibujo de los personajes y la libertad con la que Canet introduce un tipo de humor (absurdo, hilarante, más conectado con la nueva comedia norteamericana de lo que parece) insólito en propuestas de este tipo.
En relación a lo primero, el cineasta no teme cuartear el drama con toques de disparate que, contra todo pronóstico, lejos de descuadrar el relato, le otorgan naturalidad y frescura, hacen que esté vivo. Pero la fuerza de la película está en esa descripción minuciosa de los personajes. Canet no cae en los tópicos, sino que demuestra con perspicacia que los tópicos son tópicos por algo. Para ello, coge a un grupo de personajes tipo y, sin caer en la psicología de tercera, demuestra que todas las relaciones afectivas que arrastran o mantienen entre ellos, incluso las más frívolas, son únicas. Con el respaldo de un excelente reparto y mediante un hábil uso del diálogo, “Pequeñas mentiras sin importancia” viene a demostrar que las cruzadas personales y los dramas no son objetivamente grandes o pequeños, que eso lo decide el que pasa por ellos. ![]()


























