La última en llegar ha sido “After Dark” (2004; Tusquets, 2008), una novela corta concebida desde una óptica eminentemente experimental. O así es como la ve su autor. “Es una novela, pero no una gran novela –asegura–. La escribí como un diario y luego empecé a añadir cosas, como si fuese un guión. No creo que vuelva a hacer algo parecido, ya que es un experimento”. Dicho y hecho, el japonés acaba de terminar su novela más grande y ambiciosa, un libro “un poco loco” (lo dice así, en castellano) que llevará por título “1Q84” y que quiere ser un homenaje a “1984” de George Orwell. “Pasan muchas cosas; explicar el argumento es muy complicado”, relativiza un Murakami que, a pesar de todo, jamás había pensando en ser escritor hasta que un día, recién cumplidos los 29 y enamorado perdidamente del jazz, se planteó “lo maravilloso que sería poder escribir como si tocara un instrumento”. “De adolescente me gustaban autores como Dostoievski, Kafka y Balzac, pero nunca imaginé que podría escribir algo que estuviese a la altura de las obras que nos dejaron. Así que, a una temprana edad, sencillamente abandoné toda esperanza de escribir ficción. Decidí que seguiría leyendo libros como afición y buscaría otra forma de ganarme la vida”, ha dejado escrito el autor de “Al sur de la frontera, al oeste del sol” (1992; Tusquets, 2003).
Pero eso era antes. Antes de la aún inédita en castellano “Hear The Wind Sing” (1979) y, sobre todo, antes de empezar a dar forma a uno de los universos literarios más personales, alucinógenos y maleables de la creación contemporánea. Ahora, el escritor japonés asegura que cuando escribe puede olvidarse del mundo real. “Estoy dentro de la historia, envuelto por ella”, explica. Lo mismo que le ocurre a sus lectores con esos libros que son como larguísimos sueños que se van enredando con la realidad. Sueños servidos por alguien que, lo que son las cosas, apenas sueña. “Solo un par de veces a la semana, pero rara vez recuerdo lo que sueño –explica–. Para mí, escribir ficción es como soñar de día y poder retomar el sueño justo donde lo he dejado al día siguiente, algo que no ocurre por la noche mientras duermes”. Murakami no solo sueña despierto, sino que además ha encontrado el camino que conecta su realidad con ese más allá sedado e hipnótico del que parecen surgir, siempre diferentes, todas sus obras. “Cuando escribo ficción viajo a un lugar oscuro y, como soy un profesional, cada día vuelvo. Pero el día que no vuelva, se acabarán las novelas”, bromea.
Un aviso antes de terminar: no busquen a Murakami en sus novelas, porque no lo van a encontrar. Quizás se tropiecen con su reflejo o con una pequeña porción de su silueta, pero no con él. No está. Así de simple. “Parte de mi persona se refleja en mis libros, pero la mayor parte es ficción –aclara–. Son personajes que podrían haber sido yo, pero no lo son. PODRÍAN. Es una suposición. Si me esfuerzo, podría tener 15 años de nuevo y, de hecho, con ‘Kafka en la orilla’ tuve 15 años todo el tiempo que estuve escribiéndolo. Podría ser cualquier persona si lo intentase”. 