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HARUKI MURAKAMI, Corredor de fondo

A Murakami no le gustan las multitudes, ni las cámaras de fotos, ni las ruedas de prensa. Foto: Elena Carreras

 
 

ENTREVISTA (2009)

HARUKI MURAKAMI Corredor de fondo

A Haruki Murakami le gusta estar solo, y es precisamente esa soledad la que persigue cuando escribe, corre y escucha música, pasiones de las que dio buena cuenta en 2009 a su paso por Barcelona para presentar “After Dark” (2004; en España, 2008) y celebrar el cuarenta aniversario de la editorial Tusquets. David Morán siguió su pista y recogió sus declaraciones. Una rueda de prensa y un encuentro con sus lectores fueron los puntos calientes que pusieron a prueba la fama de Murakami como personaje esquivo y extravagante, quien avanzó que su “1Q84”, recién terminado entonces y que aquí se editó en 2011, sería un libro “un poco loco” (lo dijo así, en castellano).

Haruki Murakami (Kioto, 1949) no es de este mundo. Suena a tópico manoseado y a bostezo de mandíbula desencajada, sí, pero es lo que hay. Si existe algún escritor que habite un mundo propio con asombrosa intensidad, ese es el autor de “Sputnik, mi amor” (1999; Tusquets, 2002). Su cuerpo anda firmemente anclado a la tierra, enmascarado por una mueca de perpetuo disimulo, pero su cabeza vive lejos de aquí. Muy lejos. En una dimensión paralela, un espacio del que cuesta horrores arrancarle para hacerle descender al mundo de los vivos y los normales. En sus novelas los gatos hablan, el pop es parte esencial del zen, la realidad aparece parcheada de injertos fantásticos, los fantasmas andan perdidos y la comida siempre tiene un aspecto inmejorable, así que, ¿quién querría salir de ahí dentro? Él no. Eso seguro.

“De adolescente me gustaban autores como Dostoievski, Kafka y Balzac, pero nunca imaginé que podría escribir algo que estuviese a la altura de las obras que nos dejaron. Así que, a una temprana edad, sencillamente abandoné toda esperanza de escribir ficción. Decidí que seguiría leyendo libros como afición y buscaría otra forma de ganarme la vida”

“Si alguien abriera mi cerebro, encontraría cosas extrañísimas”, reconoce Murakami mientras una veintena de periodistas anotan con el ceño fruncido todas y cada una de sus palabras. Estamos en uno de los salones de Casa Àsia en Barcelona y, es cierto, estamos asistiendo a algo excepcional. “A Murakami no le gustan las multitudes, ni las cámaras de fotos, ni las ruedas de prensa”, informa su editora en castellano, Beatriz de Moura. No le gusta casi nada y, sin embargo, ha accedido a abandonar durante unos días su propia órbita –esa que incluye, además de su casa habitual, la cabaña que se ha comprado en la isla hawaiana donde se rueda “Perdidos”– para viajar a Santiago de Compostela y Barcelona y celebrar el cuarenta aniversario de Tusquets, editorial que empezó a publicar su obra con regularidad hace ahora ocho años.

El itinerario murakamiano por la capital catalana incluye una rueda de prensa y un encuentro con los lectores, puntos calientes que prometen poner a prueba su fama de personaje esquivo y extravagante. Primera alarma: los fotógrafos apenas han disparado un par de flashes y la cara del escritor empieza a descomponerse. Su mueca no tiene precio. Si pudiese, saldría corriendo en ese mismo momento. Seguro. Experiencia no le falta: desde hace veintisiete años, Murakami corre cada día. En cuanto se cansa de escribir, se calza sus zapatillas deportivas y empieza a gastar suela. Es una de las cosas que, asegura, le ayudan a seguir creando. “Cuando haces grandes novelas, tienes que ser fuerte, así que cuando llegas a los 50 o los 60 años tienes que entrenarte para escribir”, explica. No extraña, pues, que le haya dedicado un ensayo a una de sus grandes pasiones, un “De qué hablo cuando hablo de correr” (2007) que aparecerá traducido en 2010.

Pero hay algo más. El Murakami novelista y el Murakami corredor de fondo buscan exactamente lo mismo: estar solos. Lo mismo ocurre con los libros y la música, actividades eminentemente solitarias a las que el autor de “Kafka en la orilla” (2002; Tusquets, 2006) se entrega con absoluta devoción. Y es que, por si no se habían dado cuenta, a Murakami le gusta estar solo, sentimiento que se ha convertido en uno de los ejes centrales de su obra y pértiga que utiliza para saltar por encima de la masa ciega y sorda y reivindicar al individuo (y su soledad) como partícula esencial del cosmos urbano. “En Japón existe una sociedad muy cerrada en la que no es fácil ser un individuo. Tienes que pertenecer a algo, porque si no, eres un desclasado; así que empecé a escribir sobre personajes que querían ser individuos independientes –explica–. Después de vivir en Italia, Grecia y Nueva Jersey me di cuenta de lo fácil que era ser independiente lejos de Japón, así que empecé a preguntarme qué podría hacer yo como individuo. Quería saber qué podía hacer por mi gente. No soy nacionalista, pero sí que hay ciertas cosas que me gustaría hacer por mi pueblo”.

 
HARUKI MURAKAMI, Corredor de fondo

“En Japón existe una sociedad muy cerrada en la que no es fácil ser un individuo. Tienes que pertenecer a algo, porque si no, eres un desclasado; así que empecé a escribir sobre personajes que querían ser individuos independientes”.

 

Autor de una extensa bibliografía que crece o decrece según hablemos de obra original o traducida, Haruki Murakami desembarcó relativamente tarde en España: Anagrama publicó en 1992 “La caza del carnero salvaje” (1982) y Tusquets tomó el relevo en 2001 con “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” (1994), pero tuvo que llegar la definitiva y conmovedora “Tokio Blues. Norwegian Wood” (1987; Tusquets, 2005) para que el escritor japonés se convirtiese en uno de los autores más atípicos que han desfilado jamás por el podio de las listas de ventas. Las de aquí, sí, pero también las del resto del mundo. A Murakami le sorprende su condición de superventas, aunque tampoco demasiado. “Las buenas historias pueden encontrar lectores en cualquier país y en cualquier idioma –explica–. Cuando escribo mis novelas, yo soy el primero que no sabe qué va a suceder a continuación, y es precisamente por eso por lo que sigo escribiendo. Espero que mis lectores experimenten la misma sensación y sientan la necesidad de seguir leyendo. Este signo de anticipación es un lenguaje común que tenemos en cualquier lugar, ya sea China, Japón o España. Todos queremos buenas historias”.

“Rara vez recuerdo lo que sueño. Para mí, escribir ficción es como soñar de día y poder retomar el sueño justo donde lo he dejado al día siguiente, algo que no ocurre por la noche mientras duermes”

La última en llegar ha sido “After Dark” (2004; Tusquets, 2008), una novela corta concebida desde una óptica eminentemente experimental. O así es como la ve su autor. “Es una novela, pero no una gran novela –asegura–. La escribí como un diario y luego empecé a añadir cosas, como si fuese un guión. No creo que vuelva a hacer algo parecido, ya que es un experimento”. Dicho y hecho, el japonés acaba de terminar su novela más grande y ambiciosa, un libro “un poco loco” (lo dice así, en castellano) que llevará por título “1Q84” (2009) y que quiere ser un homenaje a “1984” de George Orwell. “Pasan muchas cosas; explicar el argumento es muy complicado”, relativiza un Murakami que, a pesar de todo, jamás había pensando en ser escritor hasta que un día, recién cumplidos los 29 y enamorado perdidamente del jazz, se planteó “lo maravilloso que sería poder escribir como si tocara un instrumento”. “De adolescente me gustaban autores como Dostoievski, Kafka y Balzac, pero nunca imaginé que podría escribir algo que estuviese a la altura de las obras que nos dejaron. Así que, a una temprana edad, sencillamente abandoné toda esperanza de escribir ficción. Decidí que seguiría leyendo libros como afición y buscaría otra forma de ganarme la vida”, ha dejado escrito el autor de “Al sur de la frontera, al oeste del sol” (1992; Tusquets, 2003).

Pero eso era antes. Antes de la aún inédita en castellano “Hear The Wind Sing” (1979) y, sobre todo, antes de empezar a dar forma a uno de los universos literarios más personales, alucinógenos y maleables de la creación contemporánea. Ahora, el escritor japonés asegura que cuando escribe puede olvidarse del mundo real. “Estoy dentro de la historia, envuelto por ella”, explica. Lo mismo que le ocurre a sus lectores con esos libros que son como larguísimos sueños que se van enredando con la realidad. Sueños servidos por alguien que, lo que son las cosas, apenas sueña. “Solo un par de veces a la semana, pero rara vez recuerdo lo que sueño –explica–. Para mí, escribir ficción es como soñar de día y poder retomar el sueño justo donde lo he dejado al día siguiente, algo que no ocurre por la noche mientras duermes”. Murakami no solo sueña despierto, sino que además ha encontrado el camino que conecta su realidad con ese más allá sedado e hipnótico del que parecen surgir, siempre diferentes, todas sus obras. “Cuando escribo ficción viajo a un lugar oscuro y, como soy un profesional, cada día vuelvo. Pero el día que no vuelva, se acabarán las novelas”, bromea.

Un aviso antes de terminar: no busquen a Murakami en sus novelas, porque no lo van a encontrar. Quizás se tropiecen con su reflejo o con una pequeña porción de su silueta, pero no con él. No está. Así de simple. “Parte de mi persona se refleja en mis libros, pero la mayor parte es ficción –aclara–. Son personajes que podrían haber sido yo, pero no lo son. PODRÍAN. Es una suposición. Si me esfuerzo, podría tener 15 años de nuevo y, de hecho, con ‘Kafka en la orilla’ tuve 15 años todo el tiempo que estuve escribiéndolo. Podría ser cualquier persona si lo intentase”.

Etiquetas: 2000s, 2004, 2008, 2009, Japón, novela
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