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Homeland, Brody, Mathison y el post 11-S

Saul Berenson (Mandy Patinkin), Carrie Mathison (Claire Danes) y Nicholas Brody (Damian Lewis): thriller político y psicológico.

 
 

SERIE TV (2012)

Homeland Brody, Mathison y el post 11-S

Suspense político y sentimental post 11-S no exento, sino todo lo contrario, de ambigüedad moral. Alex Gansa y Howard Gordon cambian el frenesí de “24” por la turbación a fuego lento de “Homeland” (en una adaptación bastante notable de la israelí “Hatufim”, de Gideon Raff). Juan Manuel Freire aplaudió las dos primeras temporadas de “Homeland” (Showtime; 2011, 2012), pero lamentó en la distancia el poco éxito que tuvo “Rubicon”, serie de la cadena AMC parecida aunque diferente.

En 2010 se estrenó una serie de (inmerecida) corta vida, “Rubicon”, en clave de thriller post 11-S, lento y casi pesaroso, reflejo a veces del lado menos glamuroso del espionaje. La misma descripción podría aplicarse en cierto modo a “Homeland”, obra que, al contrario de “Rubicon”, se convirtió en darling de público y crítica y acumuló premios y récords de audiencia. El estreno reciente de su segunda temporada –según algunos innecesaria; pero vayamos por partes– ha sido recibido con el alborozo general solo reservado a cuatro tótems, entre ellos “Mad Men”, a la que batió en los últimos premios Emmy.

¿Por qué “Homeland” sí y “Rubicon” no? Las dos series son, decíamos, realmente similares. Se habla de “24” porque sus creadores Alex Gansa y Howard Gordon vienen de ahí, pero quizá convendría recordar la presencia como productor consultor en “Homeland” de Henry Bromell, es decir, el jefe de “Rubicon”. Además, esta revisión de la clásica historia del soldado con el cerebro lavado se basa en un referente tan alejado de “24” como la israelí “Hatufim” (2010), drama sereno y sobrio, que casi hace parecer a “Homeland” una “Hawai 5.0”.

Otra clara referencia, anterior a todo esto e ineludible, sería “El mensajero del miedo”, la novela de Richard Condon de 1959, a su vez basada en un estudio del ejército de 1955 sobre prisioneros de guerra. Como resultado de este estudio, el presidente Eisenhower emitió un Código de Conducta para miembros de las fuerzas armadas que incluía declaraciones como “Nunca olvidaré que soy un luchador estadounidense”. “Homeland” se parece menos al libro, de aire satírico, que a sus más circunspectas adaptaciones al cine, en particular la de Jonathan Demme de 2004. Solo hace falta cambiar la primera guerra del Golfo por la segunda.

 

“Homeland” se presenta como romance fatal entre dos personas que han cruzado el Rubicón, una empatizando con el enemigo de su nación y la otra engañando a sus superiores con pastillas y, lo que es peor, intimando con un presunto convertido.

 

Para los seguidores de “Rubicon”, sin embargo, es inevitable pensar que “Homeland” se ha elevado sobre el terreno de aquella, solo que añadiendo una construcción dramática con unos conflictos menos inasibles, mayores dosis de tensión romántica y sexual y, por qué no, también fragmentos de tensión explosiva que sí podrían salir de la mesa de montaje de las aventuras de Bauer. Porque Gansa y Howard son viejos lobos de cadena generalista que saben lo que ansía el público, saben cómo dárselo –emociones creíbles; giros ejecutados con perfecta gradación–, y esperan recibir unos beneficios a cambio.

Lo que no significa que “Homeland” no tenga su complejidad. Desde esa fascinante secuencia de créditos con voces superpuestas, laberintos un poco “El prisionero” e imágenes estilo Diane Arbus, se invita al espectador a entrar en el estado mental de Carrie Mathison (Claire Danes), agente de la CIA que toma Clozapine en secreto para enmascarar su desorden bipolar. Es una heroína poco común, una especie de nueva Eleanor Vance (“La maldición de Hill House”) cuya percepción de la realidad no es del todo de fiar. En “Rubicon” podíamos confiar en Will Travers, pero nadie confía en Carrie; ni ella misma.

Este personaje central –más interesante que atrevido, porque los héroes dañados están a la orden del día y los raros son los perfectos– se refleja necesariamente, por sus bifurcaciones mentales, en Nicholas Brody (Damian Lewis), el prisionero de guerra estadounidense quizá convertido en terrorista. La misión inicial de Carrie es desenmascarar a este enemigo en casa, pero en breve (ojo, spoilers) sus intuiciones chocarán con sus deseos y alguna revelación. La unión romántica de Mathison con Brody, que es la superposición de dos almas divididas, ha desembocado en episodios tan complejos y desasosegantes como “El fin de semana”, huis clos pastoral sobre la necesidad de amar y la ruptura de la confianza.

En gran modo, “Homeland” se presenta como romance fatal entre dos personas que han cruzado el Rubicón, una empatizando con el enemigo de su nación y la otra engañando a sus superiores con pastillas y, lo que es peor, intimando con un presunto convertido. El tercer vértice (platónico) de todo esto es Saul Berenson (Mandy Patinkin): jefe de división de Oriente Medio de la CIA, mentor de Carrie y, de algún modo, el centro moral de la trama, su Will Travers.

El crescendo dramático de la serie fue tan efectivo durante la primera temporada, al menos hasta un dudoso giro final –los productores se vieron obligados a prorrogar la prevista única temporada por culpa del éxito–, que la segunda parece abocada a la prórroga sin sentido. Algo de eso hay en todo lo que rodea a Nicholas Brody, ahora miembro del Congreso, pero no desestimen la capacidad de viejos zorros como Howard y Gansa para mantener nuestro interés.

Dicho todo esto: traigan “Rubicon” de vuelta.

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