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No se fíen de esa mirada. ¿Francis Underwood (Kevin Spacey) representa eso que anida en todos nosotros?

 
 

SERIE TV (2014)

House Of Cards Crueldad intolerable, poder absoluto (T2)

Movistar Series estrenó el pasado 31 de mayo la quinta temporada del inquietante thriller “House Of Cards”, culebrón político basada en el libro de Michael Dobbs y en la producción homónima de la BBC de 1990. Daniel P. García ofreció aquí su punto de vista sobre la segunda temporada (Netflix, 2014; Canal+ Series) de esta serie gobernada por el personalismo a ultranza de Kevin Spacey. Más sobre “House Of Cards”, aquí y aquí.

Es la misma serie de intrigas políticas, conspiraciones, complot y traiciones que la temporada anterior, pero en “House Of Cards” estas cuestiones siempre han sido secundarias, un escenario donde se monta una trama para mostrar lo que Francis Underwood (Kevin Spacey) representa: eso que anida en todos y que nos puede carcomer las entrañas.

Nuevamente la producción está a cargo, entre otros, de David Fincher –que esta vez no dirige–, Kevin Spacey y Beau Willimon, también creador, mientras que en la dirección figuran nombres como Jodie Foster, John David Coles y la coprotagonista, Robin Wright.


¿PENSABAN QUE LOS HABÍA OLVIDADO?

El tráiler nos mostraba hace algunas semanas el momento en que Frank jura su cargo como vicepresidente de los Estados Unidos, rodeado de políticos, abogados y jueces, mientras nos soltaba: “La democracia está tan sobrevalorada”. Miramos la pantalla y pensamos en lo que dicen las noticias, en nuestros gobiernos: todo es una gran escenificación. Nadie ha votado por Frank y ya es vicepresidente.

El protagonista nos habla a nosotros, habla a la cámara en un aparte –modo teatral– y nos hace cómplices de sus complots y manipulaciones al tiempo que nos seduce. Spacey despliega todos sus recursos actorales, que a veces nos recuerdan al cinismo de Verbal en “Sospechosos habituales” (Bryan Singer, 1995), a Lester en “American Beauty” (Sam Mendes, 1999), a Al Pacino en “Pactar con el diablo” (Taylor Hackford, 1997). Otras, a Laertes en “Hamlet” o a imaginarios de Yorick: “Permita que me retire, o siga vacilando”, advierte al Presidente (Michel Gill) en una actitud servil e irónica. Una de sus máscaras, muy distinta al rostro que nos muestra. Nosotros sabemos quién es y lo que desea, conocemos todas sus verdades a medias, mentiras y omisiones. Conocemos todas sus máscaras.

Por eso Frank es casi omnipotente, casi divino –Jesucristo, se llama a sí mismo–, porque, a través de esas máscaras, maneja las piezas de ese mundo ficticio como él desea, aunque algunas se le resistan. Así, crea realidades paralelas, una para el Presidente, otra para los intereses comerciales de China y otra para su gran rival, Raymond Tusk (Gerald McRaney). Juega a mantener los platos girando sobre su palillo.

En el teatro del mundo, todos jugamos un papel y todos usamos máscaras, pero Frank es consciente de las suyas y de que todo en la política es una ficción, tal y como demuestran cada uno de los comentarios que nos lanza: “¿Pensaban que los había olvidado?”, nos pregunta. Él sabe que estamos mirando, sabe que es una actuación y que somos sus cómplices. “Quizá esperaban que lo hiciera”, completa, por si no deseábamos más esa complicidad.

En el teatro del mundo, todos usamos máscaras. Si tuviéramos la impunidad de Francis Underwood, su poder, sus recursos, ¿buscaríamos cumplir nuestros sueños y ambiciones del modo en que él lo hace?

LOS PECADOS CAPITALES

En la película “Seven” (David Fincher, 1995), Spacey encarna a un asesino en serie, un psicópata que ha sido despojado de su humanidad como personaje; es amoral. Sin embargo, aunque nos parezca viperino y retorcido, un sociópata, Frank posee rasgos humanos. ¿Quién no ha deseado un puesto mejor a costa de un compañero? ¿Quién no ha deseado secretamente la muerte de su profesor, de su jefe? No hay rasgos más humanos que la avaricia, la venganza, el egoísmo y el ego.

Pero ¿es realmente tan malvado? En el primer capítulo nos habla del dolor innecesario, que no es útil, mientras mata a un perro atropellado y agonizante. Hasta ahora ha eliminado a, por lo menos, dos personas directamente y a una más de manera indirecta. Tiene amantes y es sexualmente liberal. ¿Es peor que Tusk? ¿Es peor que Xander Feng (Terry Chen), el delegado de China? Quizá lo que lo hace parecer inhumano es ese pragmatismo extremo que resuena en la frase “el fin justifica los medios” –falsamente atribuida a Maquiavelo– y que se ve reflejada en su diálogo con su mujer, Claire (Robin Wright), respecto a la destrucción de Tusk. “Quiero que lo destruyan”, dice, mientras que ella contesta: “Más que eso… hagámosle sufrir”. “No sé si estar orgulloso o aterrorizado. Quizá las dos cosas”, afirma Frank sonriendo a la cámara.

Conductas que reflejan una crueldad profunda que parece saltarse objetivos. Sin embargo, esa aparente inhumanidad se diluye cuando descubrimos que posee valores como la lealtad, la obediencia, la dedicación y el amor por el trabajo… y el poder, y que esa crueldad viene dada por las circunstancias. No podemos decir que Peter Russo (Carey Stoll) haya sufrido al morir; tampoco los demás. Por otro lado, defiende a Doug Stamper (Michael Kelly), su mano derecha, y a Freddy (Reg E. Cathey), el dueño del BBQ, de quien dice: “No voy a dejar a uno de los míos sangrando en el campo de batalla”. Es una guerra y esa es su moral.

Aun así, es imposible no empatizar con un personaje que, en su humanidad, llega a sentir miedo. Un hombre con ese poder también teme, y esa debilidad, sumada a su falta de escrúpulos para conseguir lo que desea, es otro elemento para identificarnos con él. Es la misma identificación que quizá sintieron los griegos frente a sus dioses: seres todopoderosos, inmortales, que, sin embargo, eran consumidos por pasiones y defectos humanos.

Quizá nos sentimos atraídos hacia el personaje no solo por la gran actuación de Spacey, por el carisma del protagonista hablándonos íntimamente o por el poder que encarna, sino también por su habilidad para evitar las consecuencias. El mismo Francis lo dice al ofrecerle un cigarrillo electrónico a Claire: “Deberías probarlo”, la incita. Adicción sin las consecuencias.

Así, si tuviéramos la impunidad del protagonista, su poder, sus recursos, ¿no buscaríamos cumplir nuestros sueños y ambiciones? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar? ¿A qué distancia estamos de ese monstruo?

Cada vez que Francis habla a la cámara, quizá seamos nosotros frente al espejo.

Publicado en la web de Rockdelux el 21/2/2014
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