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House Of Cards, Juegos para mayores (T1)

Francis Underwood (Kevin Spacey): el prestidigitador político.

 
 

SERIE TV (2013)

House Of Cards Juegos para mayores (T1)

“House Of Cards” confirmó, cuando menos en sus inicios, que el entretenimiento adulto es más fácil de encontrar, hoy por hoy, en televisión que en cine. También, que los monstruos son los mejores protagonistas, sobre todo si los encarna Kevin Spacey. Por todo ello, tocó celebrar esta serie. Juan Manuel Freire repasó aquí la primera tanda de episodios (Netflix, 2013; Canal+). Más sobre “House Of Cards”, aquí y aquí.

¿Qué hay en una marca, en un logo? Al parecer, bastante. De lo contrario, no acaba de entenderse del todo que una serie como “House Of Cards” haya tenido una repercusión, digamos, limitada mientras productos menores de canales más conocidos siembran pasiones. “House Of Cards” no cuenta con el sello de HBO, AMC o la resurgida (por “Homeland”) Showtime; es la primera serie original de Netflix, el famoso servicio de video on demand cuya llegada a España parece utopía. Mucho se ha hablado de su decisión, cargándose el “previously on...”, de ofrecer todos los capítulos de “House Of Cards” al unísono, el 1 de febrero de 2013 –en España, en Canal+, se ha visto a razón de uno por semana, a la antigua usanza–, pero no tanto de la inmensa categoría de esta producción de David Fincher.

“House Of Cards” es un remake, aunque relativo. Su referente es una miniserie de la BBC de 1990, a su vez basada en una novela de Michael Dobbs, de la que toma escasos elementos: el punto de partida –las maquinaciones de un político que, tras serle negado el gran puesto que esperaba, urde toda clase de estrategias para llegar al poder–, la táctica de mostrar al protagonista hablando directamente al espectador y algunos nombres de personajes. Eso es todo, en realidad. La trama es aquí radicalmente diferente y, a nivel de estilo, poco tienen que ver entre ellas: mientras la original es (era otra época) tirando a teatral, “House Of Cards” 2013 cuenta con una gramática visual absolutamente cinematográfica.

Tras el argumento estadounidense nos encontramos a Beau Willimon, el guionista de “Los idus de marzo” (George Clooney, 2011) –a su vez basada en su obra teatral “Farragut North”–, un tipo curtido en política como ayudante de Charles Schumer, Howard Dean y Hillary Clinton. En sus recaps de la serie para ‘The New York Times’ junto con David Carr, la reportera Ashley Parker ha remarcado la precisión de los pequeños detalles políticos de la serie, que dibuja un Capitolio movido por reglas estrictas, a la vez que por maniobras ilógicas. La historia se mueve entre ese entorno y otro no menos retorcido, aunque menos marmóreo y lujoso, el de los medios de comunicación –con escenas filmadas en ‘The Baltimore Sun’, el diario donde se curtió David Simon–: el desplome de la prensa tradicional –personificado en el personaje de Janine Skorsky (Constance Zimmer)– a causa del auge de lo digital es uno de los temas principales.

 

Las maquinaciones de un político que, tras serle negado el gran puesto que esperaba, urde toda clase de estrategias para llegar al poder.

 

La serie parece tener como (anti)héroe principal a Francis Underwood –Kevin Spacey, de nuevo en la cima de su juego–, congresista al que han negado el puesto de Secretario de Estado y que decide, por tanto, por supuesto, urdir venganza contra todos por medio de la construcción de un equipo propio de difamación y derribo. Pero “House Of Cards” es, en realidad, una competición en falta de escrúpulos entre Underwood y su improbable aliada, la reportera Zoe Barnes (Kate Mara), dispuesta a hacer lo que sea para subir escalones en su profesión. El periodismo se presenta ya no como un trabajo en equipo, sino como un espacio donde florece el individualismo, y una aparición estelar en televisión hace más por tu perfil que el trabajo cultivado con esmero durante años.

Alrededor de Underwood y Barnes, unidos, spoiler, por algo más que la ambición, orbitan una serie de personajes igualmente fascinantes, como la mujer del congresista, Claire (Robin Wright), quien lleva una ONG medioambiental y, nueva esposa política estilo Lady Macbeth, sabe también un rato de manipulación. Como su marido, también tiene vida romántica al margen, en su caso con el fotógrafo británico Adam Galloway (Ben Daniels). Pero el mejor personaje secundario, capaz de robar escenas a Underwood, es el congresista de Filadelfia Peter Russo (Corey Stoll), cuya dualidad existencial –entre las prostitutas y los hijos– hace de él un auténtico mad man.

Maniobras (de toda clase) en la oscuridad, golpes bajos, pasiones aún más bajas. “House Of Cards” presenta eso con toda la inteligencia: con gloriosas excepciones, como la propia “Los idus de marzo”, el entretenimiento adulto se encuentra ahora menos en el cine que en la televisión. Televisión por hablar de medio, que no de estilo. “House Of Cards” es también una exhibición de inteligencia e ingenio formales: Fincher, además de producir, dirige los dos primeros capítulos y marca una pauta estilizada y atmosférica que después seguirán otros veteranos como James Foley (“Glengarry Glen Ross”, 1992) y Joel Schumacher (“Un día de furia”, 1993), firmante de una quinta y sexta entregas de antología. El disfrute es continuo, profundo y, en el mejor sentido posible del término, adulto. Este castillo de naipes no se tambalea.

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