Como ya hiciera con el poeta boxeador en “Cravan vs. Cravan” (2002) o con Camarón de la Isla en “La leyenda del tiempo” (2006), Isaki Lacuesta resigue en “Los pasos dobles” las huellas y el legado de un artista heterodoxo y escurridizo, en este caso el novelista y pintor francés François Augiéras (1925-1971), de quien se cuenta que pintó una verdadera Capilla Sixtina en un búnker escondido en África. Y lo lleva a cabo alejándose todavía más que en los títulos anteriores de las convenciones del biopic.
Como sus protagonistas, la película de Lacuesta rehúye una clasificación fácil. ¿Qué es “Los pasos dobles”? ¿Una recreación de la turbulenta vida de Augiéras interpretada por habitantes del País Dogón? ¿La versión indígena y paródica de las películas de aventuras coloniales de blancos en busca de tesoros que popularizó Hollywood? ¿Un intento de captar los colores y formas de África a través de los ojos de Miquel Barceló? ¿Un neowestern que explora otras fronteras, como parece indicar por momentos su banda sonora? ¿Un cruce entre el Jodorowsky alucinado y el Buñuel de “Simón del desierto”? ¿Un filme que entronca con las imágenes de Jean Rouch y Pier Paolo Pasolini? ¿La constatación de que Claire Denis no se equivoca cuando se rinde a la belleza y al erotismo primigenio de los cuerpos africanos? ¿La reivindicación de la naturaleza palimpséstica de cualquier obra de arte?...
Película multiforme y apasionante, llevada a cabo por un cineasta sin miedo a la libertad, “Los pasos dobles” es, en sí misma, toda una aventura cinematográfica. Una invitación a explorar caminos ignotos y dejarse perder por recovecos inesperados. Al final, el tesoro. La sensación de haber disfrutado de una de las películas más indiscutibles del año. A su lado, qué pequeñito se ve, de repente, la mayor parte del cine español. ![]()










