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IVÁN ZULUETA, Play. Flash-Forward. Pausa. Stop.

¿Y el albornoz raído con que se retrató en las fotos de Javier Aramburu para esta revista? ¿No es también otra obra del arte que Zulueta encontraba en su habitación, como un niño en sus juguetes? Foto: Javier Aramburu

 
 

ARTÍCULO (2010)

IVÁN ZULUETA Play. Flash-Forward. Pausa. Stop.

Hay una imagen recurrente de los últimos años de Iván Zulueta (1943-2009). Retirado en su casa de San Sebastián, pero accesible a los periodistas que quisieran entrevistarlo, el cineasta recibía en batín o albornoz. Como si el día nunca acabara de empezar para él. Y es que el tiempo parecía detenido en Villa Aloha, la mansión familiar, con unas espléndidas vistas a la Concha, donde vivía refugiado. Un palacete en decadencia que se asemejaba cada vez más a una versión donostiarra de Sunset Boulevard. Un espacio vital donde alguien había pulsado, años ha, la tecla de pausa. Eulàlia Iglesias, Ricardo Aldarondo y Quim Casas despidieron con este infome a Iván Zulueta en las páginas de Rockdelux.

Play. Los arrebatos de Iván Zulueta le venían de familia. En el registro civil constaba como Juan Ricardo Miguel Zulueta Vergarajauregui porque lo de Iván sonaba todavía demasiado bolchevique cuando nació en 1943. Su padre, Antonio Zulueta, aunque se dedicaba a la abogacía, llegó a ser director del Festival de Cine de San Sebastián de 1957 a 1960. El joven Iván lo fotografiaba recibiendo a Alfred Hitchcock en la alfombra roja, ese director que firmó una de las películas que le enloquecían y era capaz de ver una y otra vez sin perder la pasión, “Psicosis” (1960). Su madre se dedicaba a pintar por pura afición, pero al futuro cineasta le fascinaba volver del cole y comprobar cómo había ido tomando forma ese cuadro apenas esbozado cuando había salido de casa por la mañana. Pinturas, dibujos, películas, fotografías y, por supuesto, cómics. Las imágenes fijas o en movimiento iluminan una infancia que la escuela de curas pintaba de gris. Juegos de niño que marcarán, de forma nietzscheana, su forma de entender la vida y el arte.

Flash-Forward. Zulueta llega a Madrid a principios de los años sesenta. Se apunta a un curso de Decoración. Cuando no le dejan entrar en la Escuela Oficial de Cine (EOC), se embarca hacia Nueva York. Allí se empapa de una modernidad apenas intuida en España: es la época de Andy Warhol y la Factory, del New American Cinema, y de todo un nuevo cine europeo que llena las salas de la Gran Manzana. También descubre los retratos purulentos de Ivan Albright mientras estudia dibujo en la Arts Students League.

A su vuelta a España en 1964 entra por fin en la EOC, pero saca más provecho de las amistades que de las clases. Se junta con Jaime Chávarri –¿por qué será que el último Iván Zulueta en Villa Aloha nos recuerda a una versión en color de “El desencanto” (1976)? Andrés Duque lo intuyó perfectamente al rodar el documental “Iván Z.” (2004)–, Antonio Drove, Ricardo Franco... Uno de sus profesores, José Luis Borau, se convierte en uno de sus pocos valedores de largo recorrido. Impulsa sus largometrajes y, tras el fracaso económico de estos, no deja de encargarle carteles para sus propias películas.

Otro conocido de la EOC, Pedro Olea, lo ficha para un programa de televisión, ‘Último Grito’, que se empieza a emitir en 1968. Zulueta encuentra una oportunidad para poner en práctica todo aquello que ha asimilado en Nueva York. Mucho antes que en ‘La Edad de Oro’, en ‘Último Grito’ se hacen eco de unas tendencias juveniles del momento, sobre todo musicales, ignoradas desde el discurso oficial. A falta de imágenes originales para acompañar las canciones, Zulueta y otros colaboradores como Antonio Drove crean audiovisuales propios, protovideoclips para Frank Zappa, Led Zeppelin y los Beatles en que se mezclan la vanguardia, el cine experimental, el pop y el diseño gráfico... José María Íñigo, el presentador del programa, recuerda que de la mente del donostiarra surgían la mayoría de ideas “agresivas” de ‘Último Grito’, como cuando le tocó presentar una emisión acariciando una paloma blanca que tenía que acabar estrellada contra la pared...

 
IVÁN ZULUETA, Play. Flash-Forward. Pausa. Stop.

Los cinco minutos finales de “Arrebato” anticipan los últimos años de un Zulueta que, a pesar de no darse nunca por vencido creativamente, también parecía esperar a que ese cine al que gustaba tanto viniera a llevárselo. Foto: Javier Aramburu

 

También en 1968 Zulueta empieza a rodar su primer largometraje “Un, dos, tres, al escondite inglés”, que tardará dos años en estrenarse. Un inventario de los grupos pop del momento en el que la influencia de las películas de Richard Lester se mezcla con el comentario irónico sobre el estado de la música en un país cuyo máximo triunfo es llegar al Festival de Eurovisión. En esta película, demasiado pop para esa España, Zulueta se manifiesta como el artista visual total que fue: se encarga de crear desde los decorados hasta los títulos de crédito.

Los setenta son años de drogas y viajes: Marruecos, Ibiza, Berlín, Nueva York, Roma, ácido y heroína. Y Will More. Tras el fracaso de su primer largometraje, se refugia en la experimentación en 35 mm y en Super 8, mientras trabaja como cartelista. Surge la oportunidad de convertir un proyecto de corto en largometraje: “Arrebato” (1979). En el Especial 20 aniversario de Rockdelux, Joan Pons definía “Arrebato”, votada la mejor película española del siglo XX, como “no tanto el primer filme moderno español en forma y fondo como el primer filme español contemporáneo, precisamente porque ni necesita contextualización ni quiere ser testigo de ningún tiempo ni de ningún lugar”.

Como sucedió con su película, el problema de Zulueta no fue ser demasiado moderno, sino sentir el impulso creador de un hombre de su tiempo en un país demasiado antiguo y demasiado pendiente de su propia Historia. Este décalage temporal, este adelantarse a la época de un país atrasado, también será lo que se vuelva en su contra a partir de los ochenta, cuando el tiempo y la heroína lo obligan a apretar la pausa y trabaja solo con imágenes fijas: carteles y polaroids. El hombre que siempre quiso ser joven en un país para viejos acaba vencido por el tiempo.

Play. En la última secuencia de “Arrebato”, el personaje interpretado por Eusebio Poncela se atrinchera en un cuartucho desde donde intenta descifrar la desaparición de un Will More que de repente aparece sonriéndole feliz desde una película, ya al otro lado de la cámara. Entonces, Poncela se rinde y espera que el tomavistas también acabe vampirizándolo. Los cinco minutos finales de “Arrebato” anticipan los últimos años de un Zulueta que, a pesar de no darse nunca por vencido creativamente, también parecía esperar detrás de una manta a que ese cine al que gustaba tanto viniera a llevárselo. El fotograma en rojo lo engulló finalmente el pasado 30 de diciembre de 2009. Stop. Eulàlia Iglesias

 

Habitación de arte

El poderoso influjo de “Arrebato”, o la tendencia a categorizar a su autor como genio-de-una-sola-obra, suele arrinconar la otra faceta del doble artista que fue Iván Zulueta. Cineasta único, sí, pero también artista plástico, o como quiera llamarse a quien se mueve entre el dibujo, la ilustración, las fotos polaroid tratadas, el cartelismo, el cómic, el óleo y la portada de LP. Como creador de imágenes estáticas, dejémoslo así, la obra de Iván Zulueta es tan personal, polifacética, amalgamada y fascinante como la cinematográfica.

Si en 2002 se produjo la reaparición pública de Zulueta despúes de casi dos décadas de reclusión en casa, fue gracias a la fundamental exposición que organizó el centro cultural Koldo Mitxelena de San Sebastián de tan zuluetiano título: “Imagen / Enigma”. En ella quedaba por fin recogida, salvada incluso, la intuitiva y desperdigada obra gráfica de Zulueta. Papeles dispersos, dibujos inacabados, retratos abocetados de asombrosa técnica clásica, estallidos psicodélicos que inundan de colores cuadernos enteros, prometedores cómics sin continuidad con títulos como “Supermal” y “Empalma Dora”, collages con trozos de revistas, fotos y entradas, el logotipo (tan legendario como el propio local) del Drugstore Spectros donostiarra de los setenta... El humor iconoclasta, la cultura rock, el sexo, la ironía/fascinación ante el glamour, Hollywood, Broadway, Disney, inocencia y perversión mezcladas... Similares influencias a las que plasmó en su cine afloran en una obra gráfica privada y casera, creada principalmente desde la adolescencia y durante su juventud, con un ritmo fogoso, rupturista y aleatorio.

 
IVÁN ZULUETA, Play. Flash-Forward. Pausa. Stop.
 

Un estilo reconocible y personalísimo que tenía buena parte de su fuerza en el diseño de las letras.

 

Los carteles de películas acabaron siendo la parte más consistente y constante de su obra gráfica, y la que lo mantuvo artísticamente activo en los años posteriores a “Arrebato”. Pero empezó con los afiches mucho antes, todavía adolescente, cuando su padre dirigió el Festival de Cine de San Sebastián. Luego vinieron los carteles para sus propios filmes, y la definición de un estilo reconocible y personalísimo que tenía buena parte de su fuerza en el diseño de las letras, plasmado en pósteres para Pedro Almodóvar –“Laberinto de pasiones (1982), “Entre tinieblas” (1983), “¿Qué he hecho yo para merecer esto!” (1984)–, José Luis Borau –“Furtivos” (1975), “Leo” (2000)–, Manuel Gutiérrez Aragón –“Camada negra” (1977), “El corazón del bosque” (1979)–, José Luis Garci –“Asignatura pendiente” (1977)– y Miguel Albadalejo –“Ataque verbal” (1999)–, además de los reestrenos en los setenta de los clásicos “La edad de oro” (Luis Buñuel, 1930) y “La jungla de asfalto” (John Huston, 1950), y distintas ediciones del Festival de San Sebastián.

Simultánemente, creó portadas de discos no menos singulares, para el único álbum del precursor grupo glam en el que cantaba su hermano Borja, Brakaman (“Brakaman”, 1977), Vainica Doble (“Vainica Doble”, 1971; “Contracorriente”, 1976; “El eslabón perdido”, 1980) y la Orquesta Mondragón (“Muñeca hinchable”, 1979).

El descubrimiento de la polaroid fue un nuevo hallazgo para su impulso artesanal, que lo llevó a crear mundos distorsionados, lynchianos, coloristas, retratando muñequitos en el congelador de su frigorífico, hurgando en las perspectivas de la torre de Madrid o rayando sobre la propia emulsión. La Casa Encendida de Madrid sacó a la luz buena parte de ese material en 2005 y anteriormente, en 2002, la Galería DV en San Sebastián mostró unas polaroids ampliadas a gran tamaño y posteriormente tratadas. ¿Y el albornoz raído con que se retrató en las fotos de Javier Aramburu para esta revista (Rockdelux 223; recuperadas en este informe)? ¿No es también otra obra del arte que Zulueta encontraba en su habitación, como un niño en sus juguetes? Y esa actitud, esa mirada... Ricardo Aldarondo

 
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Flashes escogidos antes y después del arrebato

Un botón de muestra de este delirio pop.

“UN, DOS, TRES, AL ESCONDITE INGLÉS” (1969)

Una canción horrible va a representar a España en el festival de Mundocanal, y un grupo de iconoclastas defensores del pop intentan boicotearla. Delirante comedia musical como tarjeta de presentación, con decorados psicodélicos del propio Zulueta, Patty Sheppard, Antonio Drove y José María Íñigo a la cabeza de los boicoteadores y actuaciones de Fórmula V, Los Íberos y Los Pop Tops, entre otros. Un gag: la madre de los Beatles anuncia sopas por televisión.

“Frank Stein”. La condensación de un clásico.

“KINKONG (KINKÓN)” (1971) / “FRANK STEIN” (1972)

Dos experimentos de desfiguración-homenaje consistentes en acelerar, ralentizar o congelar las imágenes de los filmes originales, “King Kong” (Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, 1933) y “Frankenstein” (James Whale, 1931). El resultado busca en cierto modo la esencialidad, aunque no deja de ser también un juego lúdico: Zulueta retiene lo que más le gusta de estos dos clásicos del cine de terror y los condensa-reduce-reinterpreta en seis y tres minutos, respectivamente.

Autorretrato soñado.

“A MAL GAM A” (1976)

Un peculiar autorretrato del artista (Jim Self, seudónimo de Zulueta) que sueña, crea, contempla o deja pasar el tiempo filmándose a sí mismo. Rodado en Super 8, con una banda sonora de gran riqueza polimórfica, es su trabajo más emparentado con los cortos y collages de David Lynch: espirales del tiempo, agua succionada, blandiblub, David Bowie, Lou Reed, King Kong, la taza de un váter convertida en una jungla espesa... En definitiva, hacer una película como quien pinta un retrato.

La antesala de “Arrebato”.

“LEO ES PARDO” (1976)

Indudablemente, el más celebrado de sus cortometrajes, sobre todo porque se ha visto siempre como la antesala de “Arrebato”. Y, siéndolo, es muchas más cosas. Zulueta se pasa al 16 mm pero conserva la misma textura del Super 8 en la filmación de las visiones y silencios de su protagonista, el travestido Leo. Otro juego de espejos con la transfiguración de fondo, repleto de imágenes-recurrentes en el cine del autor y la gran escena invertida del hueso que se convierte en melocotón.

Jugando con el “Para ti” de Paraíso.

“PÁRPADOS” (1989)

Retorno diez años después de “Arrebato” y filme póstumo al mismo tiempo. Pertenece a “Delirios de amor”, una serie de Televisión Española. Veintinueve minutos de metraje, Eusebio Poncela y Marisa Paredes en el reparto, un rompecabezas duplicado, unos gemelos idénticos, la Gran Vía madrileña desde la atalaya, referencias a “El mago de Oz”, repeticiones, fascinaciones y comicidad nuevaolera (a cargo de Marta Fernández Muro). La historia de quienes viven perplejos en su paradoja. Quim Casas

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