Entre otras cosas, “Un profeta” (2009), la última película del francés Jacques Audiard, ofrece una clase maestra sobre cómo convertir la contradicción en virtud; entendiendo como contradicción la invocación al unísono de la sobriedad y el efectismo como cualidades expresivas. Interesante ejercicio de ilusionismo que Audiard utiliza para inocular músculo y adrenalina a la historia de Malik (Tahar Rahim), un joven francés de origen árabe que, tras un cruento ritual de iniciación, es adoptado por los capos encarcelados de la mafia corsa. Su serpenteante ascenso en la jerarquía del clan es retratado mediante planos en movimiento que se cierran sobre los cuerpos de los actores, verdaderas fuerzas gravitacionales que la cámara rastrea en busca de gestos sutiles y enfáticos. No en vano, el cine de Audiard sigue esa máxima del polar que hace de la actitud de los protagonistas, su pose cool, una de sus razones de ser.
Es “Un profeta” una película vibrante, temperamental, que se crece gracias a su puesta en escena instintiva y su concepción visceral de la acción, pero que parece renquear cuando pierde contacto con su esencia física para construir atajos psicológicos (bajo la forma de fantasmas o corazonadas). Sin embargo, las impurezas son arrastradas por el cauce vigoroso de la narración, que sabe beber del romanticismo noir patentado por los directores que iluminaron el cine norteamericano de los setenta. Y es que, del mismo modo que “De latir, mi corazón se ha parado” (2005), la anterior película de Audiard, reescribía “Melodía para un asesinato” (1978) de James Toback, “Un profeta” se refugia en la cotidianidad mafiosa de “Uno de los nuestros” (1990) de Martin Scorsese. Así, con su cine torrencial, Audiard ha sabido transformar sus contradicciones en un flamante sello personal: una lustrosa lección de prestidigitación. ![]()


























