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JACQUES TATI, El arquitecto de la sonrisa

Una imagen, un icono.

 
 

ARTÍCULO (2003)

JACQUES TATI El arquitecto de la sonrisa

Por Joan Pons

Considerado uno de los mejores cómicos de la historia, Jacques Tati (1907-1982) fue, a su vez, uno de los cineastas más frescos y originales. Películas como “Día de fiesta”, “Las vacaciones del señor Hulot”, “Mi tío” o “Playtime” son muestras de un talento único. ¿Las constantes de su cine? Un personaje patoso y caótico que altera la placentera existencia de cualquier lugar y una visión alegórica y divertida, también crítica, de la deshumanización del progreso. Recuperamos este artículo de Joan Pons, publicado en 2003, cuando se celebró el cincuenta aniversario del estreno de un personaje mítico en pantalla, el icónico monsieur Hulot. ¡Viva Jacques Tati, siempre clásico y moderno, como los verdaderamente grandes!

¿Por qué siempre es oportuno recuperar a Jacques Tati? ¿Por qué su discurso no parece superado? ¿Por qué, incluso, su corta obra –seis películas, pero millones de ideas– todavía parece que va por delante de los tiempos? Visionario perenne, el francés de origen ruso Jacques Tatischeff (Le Pecq, 1907-París, 1982) vuelve cíclicamente a ser actualidad cinematográfica porque, en realidad, nunca ha dejado de serlo. Ahora que varios países, también el nuestro, conmemoran el 50 aniversario de la creación del celebérrimo personaje de Monsieur Hulot, vale la pena volver a Tati.

De momento, la cartelera estival ha hecho un hueco a las reposiciones de “Las vacaciones del señor Hulot” (1953) y “Mi tío” (1958). Y para este mes de septiembre DeAPlaneta prepara un cofre que reunirá prácticamente toda su filmografía (incluyendo cortometrajes) en DVD. Asimismo, entre esta misma distribuidora, la revista ‘Movin’ BCN’ y la Demarcación de Barcelona del Col·legi d’Arquitectes de Catalunya han propuesto el concurso “Universo Tati”: un certamen que premiará los trabajos (de diseño o arquitectura) que mejor representen el mundo de este personalísimo director, guionista y actor. Aunque, reflexionemos, a Tati no sé si le hubiera hecho demasiada gracia sentirse encumbrado por los mismos admiradores de Mies van der Rohe o Philip Starck. Bueno, quizá sí le hubiera hecho gracia: se estaría riendo a carcajadas.


LA REVOLUCIÓN DE LA IMAGEN

No creo ser demasiado original si digo que el cine de Tati es un universo. Pero tan importante son los escenarios y objetos que imaginaba como la manera de ponerlos en pantalla. La creación de un espacio fílmico depende tanto de lo que hay dentro del plano como del plano en sí mismo. Y el ojo de Tati no era precisamente inocente: era y es un acicate para los que persiguen, descerebradamente, la liebre de lo moderno. Aunque, paradoja, la mirada de Tati, precisamente por ser tan fustigadora, es radicalmente moderna (recordemos: no es lo mismo modernidad que modernez). Tan vigente y universal es su obra estética como la de algunos de sus inspiradores: Le Corbusier, Buster Keaton, el Segundo de Chomón de “El hotel eléctrico”, Piet Mondrain, Charles Chaplin...

 
JACQUES TATI, El arquitecto de la sonrisa

“Las vacaciones del señor Hulot”: modernidad sin coartada.

 

LA REVOLUCIÓN DEL SONIDO

Aunque pueda parecer que el encanto de las películas de Jacques Tati reside en su belleza silente (no dejan de ser una actualización muy sui géneris del slapstick), no hay nada más importante en el cine de este autor francés que la banda de sonido. Son los diálogos, y no al revés, los que se incrustan entre chirridos, gorgoteos, timbres, pasos, mugidos, bocinazos...

La importancia narrativa y humorística de todo este arsenal de ruidos no solo se disfruta en la pantalla: en los muy recomendables discos “Extraits des bandes originales des films de Jacques Tati” (Philips, 1967) y el más reciente “Le cinéma s’écoute” (Naïve, 2002), se aprecia tanto el talento de Jacques Tati para crear secuencias prácticamente visuales a partir del sonido ambiente como las maravillosas partituras de los diferentes compositores que trabajaron con él: Alain Romans, Frank Barcellini, Jean Yatove y Francis Lemarque. También el año pasado vio la luz “Jacques Tati. Les remixes” (Naïve), una ocasión desaprovechada (por exceso de melaza lounge) de traducir al house, al dub y, en general, a la electrónica la sintaxis sonora de Tati.

Sigue siendo mucho más grato acercarse a las versiones originales del inmortal tema principal de “Mi tío” o a la pieza de abertura, casi free-jazz, casi clicks’n’cuts, de “Playtime” (1967).


LOS HIJOS DE LA REVOLUCIÓN

Tati no estuvo solo en su renovación del lenguaje cómico de la imagen. Frank Tashlin y Jerry Lewis, desde Hollywood y prácticamente en paralelo con Tati, también se alimentaban a manos llenas del slapstick para construir sus películas con estética de plástico, colores primarios y personajes confundidos en un mundo que les va grande. Pierre Étaix, colaborador de Tati, inició su carrera como director (deliciosa “El pretendiente”, 1962) sin esconder nunca de qué maestro había aprendido sus pantomimas. ¡Si hasta en el cine de Jean-Luc Godard (en “Tout va bien” parece citar “Playtime”) y Federico Fellini (algunos personajes de “Roma” también podrían deambular perfectamente por “Playtime”) se puede seguir el rastro de Tati!

Sin embargo, el humor de línea clara del hombre escondido tras M. Hulot ha sido reverdecido en los últimos años por un buen (y variopinto) número de continuadores: Otar Ioselliani, Elia Suleiman, Jean-Pierre Jeunet (con o sin Caro) y hasta el Paul Thomas Anderson de “Punch-Drunk Love (Embriagado de amor)” o el Takeshi Kitano de “El verano de Kikujiro” son, en parte, responsables de que la obra de Jacques Tati todavía parezca escrita no en pasado perfecto, sino en presente continuo.

 

6 PELÍCULAS-MUNDO

 Día de fiesta” (“Jour de fête”, 1949)

Jubiloso, fluido y poético primer largo de Tati que se reestrenó en los noventa tal y como el gran Jacques lo había concebido: en blanco y negro, pero con pequeños objetos coloreados (adelantándose a Francis Coppola, Lars von Trier o Steven Spielberg). El cartero François, aparte del candor personificado, es ya un clarísimo boceto de monsieur Hulot.

“Las vacaciones del señor Hulot” (“Les vacances de M. Hulot”, 1953)

Tati declara la guerra al borreguismo burgués que ni durante el período vacacional consigue escapar de las convenciones. Y, claro, en un mundo así de ridículo, es el personaje de Hulot quien acaba pareciendo un metepatas. Sin subrayar apenas ningún gag, estos episodios de veraneo costero inspiraron (cuando no fueron directamente fusilados) más de un sketch de El Tricicle.

Mi tío” (“Mon oncle”, 1958)

Si su anterior cinta se alzó con el gran premio del jurado en Cannes, la esperadísima tercera película de Tati consiguió el Oscar al mejor filme de habla no inglesa. Un monumento al humor de sonrisa que se vertebra alrededor del encuentro (bueno, encontronazo) entre un mundo tradicional y otro moderno. Hulot, más patoso que nunca, vive tropezando en un París high-tech que desprende un irritante hedor a plástico y fachada.

Playtime” (1967)

El mundo es una colmena gris, un laberinto absurdo y burocratizado donde los edificios y las instituciones absorben el alma de las personas. No, no es “Brazil”. Es una geométrica, avanzada y tristemente incomprendida (en su día; hoy porta rango de obra maestra) alegoría sobre la deshumanización en los grandes centros urbanos. La película más meditada, radical y ambiciosa de Tati, y su fracaso (se fue a la ruina) más sonado.

Trafic” (1971)

Más amargo y más escéptico que nunca, pero tan observador y crítico como siempre. Tati presenta un nuevo inventario de gags del día a día (otra vez el galimatías de la vida en sociedad). En esta ocasión, orquesta el caos (circulatorio o cotidiano) desde una engañosa posición neutra que, en su día, fue acusada de televisiva.

“Zafarrancho en el circo” (“Parade”, 1974)

En realidad, su última película es la grabación para una televisión sueca de una función circense donde él mismo hace de maestro de ceremonias. Sacando el clown que, como Fellini, llevaba dentro, Tati cierra su filmografía recuperando la bendita inocencia con que inició esta profesión que, a veces, como en su caso, es también un arte.

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