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PELÍCULA (1976)

JAIME CHÁVARRI El desencanto

JAIME CHÁVARRI, El desencanto

Leopoldo María Panero o la maldición de los poetas: “En la infancia vivimos, después solo sobrevivimos”.

 

Leopoldo María Panero, poeta “maldito” por excelencia, murió el 5 de marzo de 2014. Tenía 65 años. Reivindicamos “El desencanto” (1976), cinta que protagonizó junto a su madre, Felicidad Blanc, y sus hermanos Juan Luis y Michi, con la sombra del padre ausente (Leopoldo Panero, fallecido en 1962) como hilo conductor de la historia de una familia rota, espejo de la España gris y castradora del largo capítulo franquista. Dirigida por Jaime Chávarri, fue seleccionada en el puesto 3 de las mejores películas españolas del siglo XX en el especial del 20 aniversario de Rockdelux. Aquí, la crítica de Lope Serrano en ese extra.

Puestos a buscar en los lugares vacíos la metáfora de los lugares llenos, Jaime Chávarri (Madrid, 1943) es el responsable de la mejor metáfora que el cine español ha conseguido arrancar del franquismo, el tema fundamental del siglo XX en este país, por llamarlo de alguna manera. Lo más impresionante de “El desencanto” es que, antes que un documento sobre la gente que aparece, es una pieza lírica sobre lo que no aparece: un hombre muerto, cuarenta años de oscuridad, tantos años de mierda. Lírica del frío, moral de las desapariciones. Toda la podredumbre de un régimen pueblerino y beato aflora en las conversaciones de una estupenda familia castellana de poeta facha, viuda y jovencitos tan bien instruidos como mal peinados.

Tras la muerte del poeta falangista Leopoldo Panero en 1962, Chávarri esperó a las exequias del rey muerto y a los pies de una estatua aún envuelta en sábanas encontró la última imagen de la España eterna: tres niños príncipes y una reina blanca le esperaban en una caserón de Astorga (León) para declamar ante la cámara el texto de una abdicación. La España eterna había muerto y ya nadie quería ser rey de la eternidad. Eso es “El desencanto” (editada en DVD en 2003 por Manga Films).

En 1975, cuando Franco ya era también un cadáver, Chávarri y Elías Querejeta, su productor, se acercaron al rastro de la viuda de Leopoldo Panero, Felicidad Blanc, y de sus tres hijos, Juan Luis, Michi y Leopoldo María. En un principio, el filme iba a ser un cortometraje documental sobre la figura del padre. Esa era la voluntad de Chávarri cuando filmó las primeras imágenes, las que abren también la película y que corresponden al homenaje tributado en Astorga a la memoria del poeta. A partir de ese momento, Chávarri dispuso una serie de charlas y monólogos ante la cámara entre los cuatro miembros de la familia con el fin de rescatar la memoria del difunto. Todo lo que aconteció dentro de ese cuadrilátero tiene ese brillo oscuro que dejan las cosas ausentes; poco a poco, las palabras y los gestos de los Panero Blanc, pues no hay nada más en “El desencanto” que palabras y gestos, desbordan la memoria del padre y descubren un entramado de sentimientos y autorretratos fascinante. Cada intervención va construyendo una dramaturgia excepcional, invisible, sin apenas ensoñaciones visuales y en escenarios de tres sillas y una higuera cuando más.

 
JAIME CHÁVARRI, El desencanto

Palabras y gestos que desbordan la memoria y descubren un entramado de sentimientos y autorretratos fascinante.

 

Ante la ausencia del padre, cada miembro de la familia respira al fin su propio aire de renuncia, abdica de la obligación de ser leal a su linaje: una madre que soñó con interminables noches de boda, un heredero que se quedó a vivir en la biblioteca de papá, un adolescente enamorado de la luna y de Peter Pan... Todos se visten con trajes transparentes y se enuncian como los personajes de sus noches, tantos años dormidos, despiertos ahora para la abdicación.

Felicidad, la princesa que no quiso ser reina, acomoda su esqueleto afrancesado y desgrana los recuerdos de su única vida feliz, el enamoramiento con Leopoldo, su corto noviazgo y la primera tristeza ya en la noche de bodas. Revive con pulcritud de regenta lectora los últimos días de su vida como princesita castellana como si los leyera en la misma frente del operador. Pongamos ya la exclamación: ¡qué mujer elegantísima, burguesita locuaz y reposada, de manos frías y coquetería cínica, madre que amó a sus hijos con el mismo amor lánguido y soberbio que recibió de su marido! Felicidad Blanc, la bella Felicidad Blanc, no mira a los ojos de nadie; solo ve techos y escenas proustianas.

Precisamente, esas miradas desatendidas son las que mejor definen a Michi, el epicentro sentimental del filme, el hermano tierno, el único náufrago que quedó en tierra, el más afectado por esa hecatombe que supone necesitar siempre más amor. Michi, ese chico tan mono, busca el amor maternal, el fraternal y el paternal en un páramo sin flores. En la familia Panero el amor parece ser solo un motivo para versos. Esa enajenación con respecto al calor humano tiene la misma naturaleza que el frío calado del franquismo. Nadie atiende el aire desabrigado y terrenal de Michi, ese chico tan mono, con su sensibilidad de pana vuelta, desbordante y encendida también, pero dócil cuando se habla de veranos y mortal cuando hay que erguirse.

Como estudio psicológico, resulta extraordinaria la comparativa entre el Michi cáustico de los monólogos y el Michi dulce y cohibido de las entrevistas a su madre, diálogos que ella convierte en vanidosos soliloquios: “Mamá, mírame a los ojos, por favor”. La figura de Michi, ese chico tan mono, es antagónica a la de su hermano mayor, el heredero Juan Luis, dandy castizo y afectado y políglota y presumidísimo y, a pesar de todo eso, ya poeta de la experiencia, poeta por estirpe, el inglés aventurero. Es espléndida la escena en que Juan Luis presenta sus afiches personales y sus mitos literarios. Tras un monólogo lleno de tesoros, se despide entre dos retratos de Cernuda y Kavafis, tríptico cool: “Ambos eran homosexuales. Yo no”.

 
JAIME CHÁVARRI, El desencanto

Michi, antagónico a su hermano mayor, Juan Luis, dandy castizo y afectado y políglota y presumidísimo.

 

Claro que si Michi es el epicentro sentimental del filme, Leopoldo María es el elemento del crimen. Su aparición en la película es tardía pero trascendental. Él es el verdadero Peter Pan de los Panero, la voz del trueno, el niño que hubo de vivir en círculos para soportar la mortal vida adulta. Leopoldo María hace de la cámara un espejo de las maravillas, confesando las vivencias de una infancia prodigiosa, criticando la frivolidad de su madre y la mítica apestosa de su padre, salvando cualquier regate sentimental, reivindicando la lucidez de la locura y del alcohol por el procedimiento de mezclar locura y alcohol. “En la infancia vivimos, después solo sobrevivimos”.

Justo después de las estatuas y las flores podridas, la muerte produce sus mejores metáforas. Lírica del frío, moral de las desapariciones: hay quien cree que si se mira allí donde algo ya no está, se acaba encontrando ese brillo oscuro que todas las cosas vivas tienen y que por la vida misma se disuelven y quedan ensombrecidas; vivir es algo informe y vago; en fin, no hacen falta muchas palabras. Todos vivimos, casi todos leemos y algunos recordaremos para siempre el principio de “Julien Donkey-Boy” (Harmony Korine, 1999).

Precisamente, el cine que es documento del tiempo nace de esa convicción lírica y moral, la de creer que con la imagen de su ausencia un cuerpo se hace inmortal. Por eso se filman con ahínco los membrillos. Esperar, contemplar una desaparición y hallar en ese tránsito a la muerte la metáfora perfecta de las cosas. A un tren se le reconoce por sus sombras. A aquel país horrible que fue la España de Franco, por su desencanto.

 

Leopoldo María Panero es el elemento del crimen. Su aparición en la película es tardía pero trascendental.

 
Etiquetas: 1970s, 1976, documental, Madrid
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