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JAMES ELLROY, Crimen perfecto

El descanso del perro rabioso. Foto: Marion Ettlinger

 
 

ENTREVISTA (2010)

JAMES ELLROY Crimen perfecto

Molesto, políticamente incorrecto y brutal, James Ellroy sigue haciendo justicia a su condición de “perro rabioso de las letras norteamericanas” y firmando novelas sin bozal ni término medio que, como la monumental y feroz “Sangre vagabunda” (2009; Ediciones B, 2010), son auténticas cartas-bomba dirigidas a la historia de su país. “Creo que soy uno de los mejores escritores del mundo”, le aseguró el californiano a David Morán.

“No me gusta la ironía, ni la comedia, ni el rock’n’roll. Me gustan Mahler y Beethoven. Me disgustan las cosas pequeñas y me atraen los grandes retos. Quiero que el lector reciba mis novelas como un reto y se obsesione con ellas; que sean consumidas con la misma obsesión con que las escribo”, brama James Ellroy (Los Ángeles, 1948) mientras el enésimo capítulo de su obsesión, “Sangre vagabunda” (2009; Ediciones B, 2010), se apresura a darle la razón anclándose a la estantería con todo el peso de sus descomunales y enfermizas ochocientas páginas. La obsesión, ese hermano loco y kamikaze de la pasión con el que Ellroy aprendió a convivir desde que el cadáver de su madre apareció tirado en una cuneta cuando él tenía 10 años, es esto. A saber: una monumental oda al crimen y la corrupción que, además de echar el cierre a esa Trilogía Americana –Underworld USA en inglés– que completan “América” (1995; Ediciones B, 1999) y “Seis de los grandes” (2001; Ediciones B, 2001), sigue acribillando la historia estadounidense con ráfagas de metralla cada vez más intensa y penetrante. “No reviso la historia americana. Es ella la que me da criminales renegados, políticos de gama alta y baja, gánsteres... Pero yo no investigo en la historia. De hecho, ni siquiera investigo: contrato a gente que investiga por mí y yo luego extrapolo las cosas que me cuentan y creo ficciones casi reales”, explica.

“No reviso la historia americana. Es ella la que me da criminales renegados, políticos de gama alta y baja, gánsteres... Pero yo no investigo en la historia. De hecho, ni siquiera investigo: contrato a gente que investiga por mí y yo luego extrapolo las cosas que me cuentan y creo ficciones casi reales”

Es lunes de promoción y el autor de “La Dalia Negra” (1987; MR Ediciones, 1989) ventila periodistas sin  inmutarse. Apenas sonríe, y en cuanto se sienta frente a la grabadora deja claro quién manda. “Que sepas que no pienso salir a la calle”, le suelta a un fotógrafo cuando este hace ademán de sacar la cámara de la funda. Al fotógrafo, claro, ni se le ocurre replicar. Cualquiera le lleva la contraria a ese gigantón fibroso con cabeza rasurada a lo Foucault malhumorado y un jeto de hormigón a punto de fusionarse poco a poco con el de Edward Bunker. Con ustedes, James Ellroy, perro rabioso de las letras norteamericanas y uno de sus más excéntricos y megalómanos representantes. La humildad, efectivamente, no es su fuerte. “Creo que soy uno de los mejores novelistas del mundo, pero como no leo no puedo dar más nombres –suelta de pronto–. Una de las partes más importantes de escribir los libros que escribo es ignorar completamente la cultura. No tengo móvil, ni ordenador, ni televisión; no leo libros, no escucho la radio y no voy al cine. Vivo aislado para poder revivir mejor los períodos sobre los que escribo”.

Alérgico al presente y con una enfermiza pulsión por aquellos Estados Unidos en los que creció con el recuerdo de su madre muerta, Ellroy regresa en “Sangre vagabunda” al lugar del crimen con nuevas tramas de crimen y corrupción y un nutrido catálogo de matones, expolicías convertidos en narcotraficantes, detectives privados y mujeres cada vez más complejas. “Es mucho más tierna, sexual y esperanzadora”, apunta el autor sobre una novela con la que da cerrojazo a lo que él mismo llama su “carrera como novelista histórico”. “Nada después de 1972 me interesa”, asegura. De ahí que, con la década de los sesenta recientemente empaquetada y la de los cincuenta excelsamente retratada en El Cuarteto de Los Ángeles –“La Dalia Negra”, “El gran desierto” (1988; Ediciones B, 1990), “Los Ángeles confidencial” (1990; Ediciones B, 1991) y “Jazz blanco” (1992; Ediciones B, 1993)–, el siguiente golpe maestro del californiano ya esté perfectamente planeado. “Tengo una idea para una nueva tetralogía más larga que cualquier otra cosa que haya hecho y que se situará en el tiempo por delante de todas mis novelas anteriores. Es un reto tremendo que seguramente me tendrá ocupado durante los próximos diez años”, explica justo cuando el símbolo del dólar que se retrata permanentemente en su retina –“¿las películas? Me pagan, no me molestan demasiado y me hacen vender más libros”, reconoce en un alarde de pragmatismo– deja entrever un destello de ambición. No en vano, hablamos de un escritor que considera que la etiqueta de escritor noir se le ha quedado ridículamente pequeña. “Pasé de escribir obras criminales a una trilogía histórica... y todo cambió: el tamaño, las tramas, la escala geopolítica, mi deseo de trascender con los personajes...”, informa.

 
JAMES ELLROY, Crimen perfecto

James Ellroy: “Quiero que el lector reciba mis novelas como un reto y se obsesione con ellas; que sean consumidas con la misma obsesión con que las escribo”. Foto: Mark Coggins

 








“Creo que soy uno de los mejores novelistas del mundo, pero como no leo no puedo dar más nombres. Una de las partes más importantes de escribir los libros que escribo es ignorar completamente la cultura. No tengo móvil, ni ordenador, ni televisión; no leo libros, no escucho la radio y no voy al cine. Vivo aislado para poder revivir mejor los períodos sobre los que escribo”

Las tramas, en efecto, son cada vez más elaboradas. Mejores. Más o menos lo mismo que ocurre con una escritura hecha de reveses y aguijonazos con la que envía  telegramas-bomba desde el pasado. Siempre desde el pasado. “Los sesenta fueron una época tremenda de revolución. Incluso quienes no tenían ningún tipo de compromiso político podían sentirlos de una manera muy viva. Y lo que yo quiero es reescribirlos para poder revivirlos”, asegura. Esta versión, sin embargo, cambia según el interlocutor: en otras entrevistas realizadas ese mismo día, el autor de “Mis rincones oscuros” (1996; Ediciones B, 1998) insinuaba que si le interesaba tanto reconstruir “sus” años sesenta era porque por aquel entonces estaba tan colocado que apenas conserva recuerdos. ¿Realidad? ¿Ficción? Juzguen ustedes mismos. Al fin y al cabo, eso es precisamente lo que hace Ellroy cuando se entrega al malabarismo literario y transplanta en sus relatos personajes reales que, como Richard Nixon, J. Edgar Hoover y Howard Hughes, se acaban convirtiendo en socorridas piñatas humanas. ¿Hoover? Un monstruo. ¿Hughes? Otro monstruo. ¿Nixon? “Un hijo de puta gracioso”. “En mis novelas hay aspectos reales y aspectos de ficción, pero todas estas personas están muertas, no pueden ver lo que hago y, por lo tanto, no pueden quejarse”, relativiza. La explicación oficial, sin embargo, tiene un trasfondo mucho más elaborado. “Se acaba creando una dinámica entre realidad y ficción que ayuda a anclar lo segundo en lo primero y hace que te puedas creer mis historias más fácilmente. Al fin y al cabo, todos somos escépticos. Estoy seguro de que tú eres escéptico respecto a la versión oficial de la historia española. Yo soy norteamericano y me pasa lo mismo con la historia de mi país. En realidad, nadie se cree las versiones oficiales”, explica.

Ese juego de espejos y deformaciones entre realidad y ficción, complementado por la confusión que muchas veces se crea entre creador y personaje, es lo que nos lleva al siguiente punto. El más caliente y, según se mire, polémico. Porque, más allá de la década que retrate y de los crímenes que detalle, si hay algo que permanece inalterable en las obras de Ellroy es ese retrato de una América racista, xenófoba y brutal. “Algunos de mis personajes son racistas y homófobos, pero no se puede caer en el error de confundir a los personajes con el autor del libro”, señala. Aun así, el escritor aprovecha que le han abierto la puerta para sacar a pasear su presunta incorrección política. “Déjame que te diga una cosa: no soy de izquierdas. Más bien soy muy de derechas. Soy proautoridad, propolicía, anticomunismo y antisocialismo. ¿Vale? Tómalo o déjalo. En Europa se da mucha importancia a estas distinciones, pero no ocurre lo mismo en Estados Unidos. ¿Y sabes qué? Si no te gusta, que te jodan. Y que le jodan a tu madre”, ruge Ellroy mientras, todo sutileza, hace el signo internacional de hacerse un millón de pajas encima de la grabadora. Es entonces cuando a uno le vienen a la cabeza todas esas imágenes casi legendarias en las que Ellroy aparece matando a un doberman con sus propias manos, encerrado en casa con un arsenal de armas o husmeando la ropa interior de sus vecinas y, una vez más, cuesta decidir si quien habla es la persona o el personaje. “Por cierto, esta mañana he oído que habían elegido presidente de Estados Unidos a un negro. ¿Ustedes saben algo de eso?”, preguntó al día siguiente a los boquiabiertos lectores que se reunieron en la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona para verlo de cerca. “O tienes un objetivo secreto o eres un puñetero kamikaze”, dice en la novela uno de los personajes. Y Ellroy, no lo duden, tiene un objetivo y es un puñetero kamikaze.

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