“Film Socialisme” (2010) recopila los usos y costumbres de Jean-Luc Godard desde su abandono del “cine” tras 1968 en tres partes. Una primera, en un crucero por el Mediterráneo donde se cruzan personajes entre cubiertas, camarotes, casinos y discotecas que bien podría ser el reverso críptico de “Una película hablada” (2003) de Oliveira. Aquí HD, el robo de imágenes con la cámara del teléfono móvil (donde el píxel se hace carne en un manifiesto antipictórico). El Godard punk se permite hasta errores de captura de audio (viento sobre el micro en casi todas las tomas exteriores) que usa para su propio beneficio.
Una segunda parte apoyada en escenarios comunes a su obra: gasolineras, coches y talleres mecánicos. Donde se llevan cámaras como fusiles y los bailes y coreografías de cuerpos remiten a un montaje de motivaciones tan oscuras y en apariencia tan poco justificadas como el random de un iPod esquizofrénico. Aquí, filosofía y cine oral en un estilo que inauguró en la despiadada “Weekend” (1967), que cerraba con la leyenda “Fin du cinema”, y recuperó para “Salve quien pueda, la vida” (1980).
La tercera parte, compuesta al modo de sus “Histoire(s) du cinéma”, quizás es la que podríamos calificar de más bella: es la verdadera lección de historia, donde para explicarse toma desde “El acorazado Potemkin” (Sergei M. Eisenstein, 1925) hasta una caída de Iniesta bajo el yugo del juego duro del Manchester, pasando por Goya. En las tres partes, de fondo, un discurso disparado desde tres puntos de vista sobre lo que define, lo que fue y lo que se espera de una Europa ajena ya a su identidad y a su poso histórico e intelectual. En el transcurso, la mirada antiescolástica de un cineasta para quien la escritura es una caligrafía imposible, como la de Robert Walser en su vejez, para cuya comprensión hace falta tiempo de exégesis y voluntad. Lejos de la esperanza del pop, perdido este entre Mao, el desencanto y Rolle. ![]()


























