Los conceptos se vacían y las palabras se vician, y sucede entonces que aquellas utopías por las que nuestros padres y abuelos lucharon se convierten hoy en una losa cargada de tedio existencialista y asfixiante responsabilidad. “Podías sentirlo: algo terrible estaba a punto de ocurrir” era la segunda frase de “Las correcciones” (2001; Seix Barral, 2002), sin duda una de las cimas de la literatura de lo que llevamos de siglo y la novela –su tercera– que convirtió a Jonathan Franzen (Illinois, 1959) en poco menos que el Tolstói de nuestros días. El terrible acontecimiento no es otro que nuestra incapacidad para hacer buen uso de la tan reclamada libertad, una tesis sobre las paradojas de la modernidad que Franzen retoma y lleva aún más allá con la gracia artesana de un narrador decimonónico.
Tal vez “Las correcciones” –en proceso de convertirse en una serie de la HBO guionizada por el propio Franzen– cargara con un humor negro y una fuerza lírica que “Libertad” (“Freedom”, 2010) solo en ocasiones iguala, pero la profundidad moral de este ladrillo/saga/folletín/novela-río de 667 páginas le proporciona a la prosa del autor una trascendencia social más amplia. Con compasión, pero sin concesiones, con una fluidez que esconde lúcidas y ácidas reflexiones, de nuevo Franzen organiza alrededor de la construcción y el derrumbe de una familia media norteamericana un retrato panorámico de las cuestiones que acechan al individuo contemporáneo –la ecología, el negocio de la guerra, el peaje de las formas de vida alternativas–, ensamblado en un emotivo armazón narrativo, con epifanías escatológicas incluidas y una pequeña pero vigorizante dosis de música pop.
Convertida en un fenómeno editorial y mediático antes incluso de su publicación en Estados Unidos, esta “Libertad” de Franzen debería servir para renovar la fe en las grandes empresas, en el poder de las grandes palabras. 