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JUANJO SÁEZ, La edad adulta

El paso del tiempo: la inevitable pérdida de la inocencia, el viscoso abrazo del éxito, los puntapiés de la vida... Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2011)

JUANJO SÁEZ La edad adulta

Convertido en un personaje referencial del dibujo más naíf de los últimos años, Juanjo Sáez ha pasado de ser el azote de los modernos más esnobs a buscar un camino personal donde ahondar en sentimientos y reflexiones punzantes. Julián García habló con él después de que el dibujante barcelonés viviese un año extrañamente intenso, casi desquiciado. Su estilo inconfundible le permitió también triunfar en televisión: la primera temporada (2009) de su confesional serie animada “Arròs covat / Arroz pasado” ganó un inesperado Premio Ondas en 2010 y se convirtió en un libro a modo de cómic. A un nivel creativo, podría dar la impresión de que Juanjo Sáez ya ha alcanzado la madurez. O la edad adulta. Puede observarse este matiz corrector de su trabajo cada mes en su colaboración en Rockdelux: su sección “Hit emocional” (en marcha desde septiembre de 2006), página donde a partir del título de una canción comenta de una manera muy personal la vida y sus circunstancias, va camino de ser otro “hito emocional”.

El 24 de septiembre de 1999, en plena fiesta mayor de Barcelona, durante los conciertos del BAM, Juanjo Sáez y su amigo Rafa Castañer vendían fanzines en un estrambótico tenderete que iban moviendo de un lado a otro según hubiera más o menos gente. Al acabar el multitudinario concierto de Goran Bregovic en la plaza de la Catedral, y aprovechando la marabunta humana, los dos ilustradores plantaron la parada en el estrecho pasaje que desemboca en la vecina plaza del Rei, preparada para acoger esa misma noche las actuaciones de Cane 141 y The Bitter Springs. “Yo llevaba mi librito ‘Nada’, y Rafa, sus cosas... Los teníamos colgados en pinzas de la ropa, y era muy práctico para podernos cambiar de sitio con facilidad... No sé, ideas de bombero. No recuerdo a quién se le ocurrió lo del tenderete y las pinzas. Creo que a Rafa... En cualquier caso, lo que sí recuerdo es que íbamos donde estaba la gente. Esa energía juvenil que te permite abrirte camino como sea...”.

Me gustaría que mi trabajo supusiera algún tipo de experiencia en el lector, provocarle sensaciones como lo hace la música, que tiene esa capacidad de emocionar tan transformadora. Me gusta que pase algo dentro del lector: no hace falta que sea algo trascendente, basta solo una risa”

Se detecta cierta nostalgia en la evocación de Juanjo Sáez (Barcelona, 1972). Será cosa del paso del tiempo: la inevitable pérdida de la inocencia, el viscoso abrazo del éxito, los puntapiés de la vida. “Mientras fuimos jóvenes, todo marchó bien”, escribía Sáez en “Yo”, sobrecogedor viaje confesional al fondo de sus tics, manías y errores editado en 2010 por Reservoir Books-Mondadori. “En esta sociedad todo está enfocado a ser joven. Llevo bastante mal lo de dejar de serlo”, asegura Sáez, igual de enclenque que en 1999, con el mismo aire de aparente intrascendencia, pero con algunas canas salpicándole el tupé. “Es que estamos ahí, tocando ya los 40... Con patas de gallo y todo”.

Sáez ha vivido el año 2010 en un perpetuo programa de centrifugado. Demasiadas emociones, algunas de ellas simplemente devastadoras. No todo, sin embargo, ha sido malo, pues su teleserie animada “Arròs covat / Arroz pasado” (emitida primero en Cataluña por el 33 y después en el resto de España por TNT) recibió en noviembre un inesperado Premio Ondas. En la ceremonia, un Sáez vestido con traje a medida (comprado a muy buen precio en un viaje profesional a Vietnam) compartió escenario en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona con José Mota, Paco León, Susanna Griso y Carlos Herrera. “Fue muy surrealista. Una anomalía. Pero bienvenida sea”.

Hubo un tiempo en que Juanjo Sáez parecía de vuelta de todo. Después se ha visto que no: que la indagación interior, muchas veces descarnada, es un motor creativo de tu obra. Como una especie de exorcismo. ¿Lo necesitas? No sé si lo necesito, pero me gusta hacerlo. Me interesa más lo de dentro que lo de fuera. Necesito hablar de lo que me pasa por dentro. Me gustaría que mi trabajo supusiera algún tipo de experiencia en el lector, provocarle sensaciones como lo hace la música, que tiene esa capacidad de emocionar tan transformadora. Me gusta que pase algo dentro del lector: no hace falta que sea algo trascendente, basta solo una risa.

¿Te atreves a hacer balance de tus diferentes etapas creativas? El Juanjo Sáez del fanzine ‘Círculo primigenio’ no puede ser el mismo que el de “Arròs covat / Arroz pasado”. Uf. Es difícil... Yo creo que he evolucionado mucho en estos años. Sobre todo porque he aprendido mucho. Antes apenas escribía frases sueltas y ahora me animo con textos más largos. Empecé en esto casi sin saber, y sigo haciendo cosas que no sé hacer: es la forma de aprender y mejorar. Cuando me encargaron la serie, pensé que no sabría hacerla, pero al final he ido aprendiendo.

Sáez acaba de publicar el volumen uno de “Arroz pasado” (Reservoir Books-Mondadori, 2010), versión impresa, a modo de cómic, de la primera temporada de la serie: las patéticas desventuras de un diseñador gráfico barcelonés, Xavi Masdéu, enfrentado al “conflicto de hacerse mayor”. Una afilada crítica a la modernidad y al trauma de hacerse mayor en la que Sáez, según JuanP Holguera en esta misma revista, logra “la genial cabriola de transformar el drama en un chiste estupendo”. No es chiste, vaya que no, el prólogo del libro, en el que el autor saca el látigo contra la productora de la serie, Escándalo Films, a la que acusa de “falta de respeto” con su trabajo. “En un origen, ingenuamente pensé que yo formaría parte del equipo de dirección. Cosa que a partir del cuarto capítulo me di cuenta de que no era así”, escribe Saéz en el prólogo.

 
JUANJO SÁEZ, La edad adulta

Se detecta cierta nostalgia en la evocación de Juanjo Sáez.

Foto: Óscar García

 

Veo mucho desengaño en ese prólogo con la productora. En realidad, casi siempre ha habido mucho desengaño en tu relación con las empresas en las que has trabajado. De alguna manera. Me ha costado bastante introducir mi lenguaje en ciertos medios. Pero mi cabezonería me ha hecho luchar y mantenerme en el sitio. Esto puede sonar a soberbia, pero el tiempo me ha ido dando la razón. Eso no quita que también me tenga que tragar cosas, pero, en general, voy abriéndome camino por donde quiero. En el caso de Escándalo Films, se enfadaron un poco conmigo. Pero creo que me han perdonado.

Una de las claves del éxito de “Arròs covat / Arroz pasado” es la complicidad generacional establecida con la gente nacida en los setenta. ¿Cómo definirías a esta generación? Una generación bastante mimada, hijos de los niños de la posguerra, que nos dieron todo lo que ellos no tuvieron, sobreprotegiéndonos y mimándonos. Y preparándonos para un mundo que ahora no existe. Ellos no tenían que elegir nada y en cambio nosotros lo tenemos que decidir todo. En muchos aspectos no estamos preparados para ello... Encima, nos hacen sentir culpables si no tienes hijos o si no tienes una profesión “normal”. Yo tampoco me puedo quejar. Nunca me han machacado, pero con sus caras me ha valido para saber que no he hecho lo que esperaban de mí...

“Me ha costado bastante introducir mi lenguaje en ciertos medios. Pero mi cabezonería me ha hecho luchar y mantenerme en el sitio. Esto puede sonar a soberbia, pero el tiempo me ha ido dando la razón. Eso no quita que también me tenga que tragar cosas, pero, en general, voy abriéndome camino por donde quiero”

¿Qué sentido tiene que la solapa de “Arroz pasado” destaque tu condición de “descendiente de un pastelero”? El único sentido que se me ocurre es que mi abuelo materno era lo más parecido a un artista que hemos tenido en la familia. Tengo dibujos suyos de pasteles que se inventaba él. Mi madre siempre me decía que me parecía mucho. Ya sabes, las leyendas familiares. Yo apenas lo conocí, pero siempre me sentí muy cercano a él. Además, en mi trabajo se puede ver que el mundo de la repostería es muy importante para mí. Es parte de mi imaginario familiar.

Durante el arranque del siglo XXI, Sáez fue un icono de la modernidad y, al mismo tiempo, azote de las ramificaciones más fatuas de aquella Barcelona tornasolada de estirpe fashion. En “Viviendo del cuento” (Reservoir Books-Mondadori, 2004), el autor se tronchaba, a calzón quitado, de la cultura de clubes, de los diseñadores, de la moda y de las revistas gratuitas de tendencias.

Mucha gente y muchos colectivos, especialmente los modernos, han salido escaldados de tus libros... ¿Te consideras un provocador? Para nada. Ni provocador, ni cañero ni nada por el estilo. Me gusta decir que con un lápiz y un papel soy capaz de cualquier cosa, pero en el mundo real es distinto. Soy bastante cobarde. En cualquier caso, también te digo que, en el fondo, siempre que critico a alguien, hay una parte de admiración...

¿Crees que tu frágil, casi aniñado, aspecto físico te ha ayudado a expresar lo que quieres de la forma tan directa como lo haces? Eso es algo que a mí se me escapa. Sí que es verdad que raramente la gente se enfada conmigo. Yo siempre me he visto a mí mismo como un tío raro. Sé perfectamente que tengo un aspecto poco común, tan flaco, tan peludo...

En el mismo sentido, tu dibujo, tu trazo falsamente ingenuo, también te ha servido para soltar el látigo como quien no quiere la cosa... Pues de eso sí que soy algo más consciente. Jamás lo planeé, pero sí que me di cuenta pronto de que la cosa funcionaba: el dibujo matiza el texto igual que la música matiza la letra de una canción. He intentado escribir sin dibujar, con texto de máquina, y no me funciona. Me queda demasiado serio, parece un panfleto. El dibujo así, tan suelto e infantilizado, le quita hierro al asunto.

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