Pero Temple ha jugado en una tercera categoría: la del despiste. Nadie dio un duro en su momento por su comedia musical “Principiantes” (1986; “Absolute Beginners” en inglés), pero hoy, vistas las películas de Michel Gondry y de Spike Jonze, se entendería de otro modo. Y por mucho que “The Great Rock’n’Roll Swindle” (1980) fuera la primera película de importación que compraras en VHS, sigue provocándote sentimientos encontrados al visionarla. Por un lado, hace un documental desquiciado en la tradición de Richard Lester sacando de contexto personajes (Paul Cook y Steve Jones en Brasil con Ronald Biggs, el famoso atracador de un tren postal en 1964) y filmando uno de los mejores videoclips de los ochenta, el “My Way” de Sid Vicious con la escalinata de luces y el tiroteo final. Por otro lado, huele a refrito, huele a producto, huele, en definitiva, a Malcolm McLaren ordeñando una vaca hasta hacerla sangrar.
Temple nos gusta cuando le da la mano a la música, intenta entenderla, se obsesiona con sus protagonistas y personajes. Nadie mejor que él podía haber enmendado su propio error rodando “The Filth And The Fury”, donde los Sex Pistols se explican ya sin excusas promocionales, y “Glastonbury” (2006), donde se adentra en las entrañas del mastodóntico festival inglés. Sin embargo, su nueva película “Joe Strummer. Vida y muerte de un cantante” (2007), es más un retrato de una persona que de una banda o una época. Aquí el punk importa poco. Importan las contradicciones, la humanidad contada por sus amigos alrededor de unas fogatas como las que le gustaba encender a Joe Strummer (1952-2002) para charlar y beber toda la noche, aunque para el fan de The Clash la película se puede caer tras la disolución del grupo.
Temple conoció a Strummer construyendo un globo aerostático para sus hijos en el jardín trasero de su casa. En un hotel de Gijón, el cineasta intentaba justificar su apuesta parapetado tras unas gafas de sol.
¿Hubiera existido una película sobre Joe Strummer si no hubiera muerto? No, seguro. Habría sido embarazoso plantarle una cámara en la cara a Joe estando vivo. Años después de que muriera sí me apeteció hacer una película sobre él. La verdad es que no sabía realmente qué iba a filmar, pero pedí permiso a su familia. Entonces se me ocurrió la idea de reunir a sus amigos alrededor de unas fogatas, algo que le gustaba mucho hacer a él.
¿Cómo es hacer una película sobre alguien a quien conocías de una forma tan cercana? ¿Sentiste miedo a decir demasiado o a quedarte corto? Creo que eso fue una de las cosas más difíciles a las que me enfrenté. Hablar de un amigo muerto no es fácil. Siempre te encuentras pensando qué hubiera dicho él sobre lo que estás haciendo en ese preciso momento, y eso pesa. Pero finalmente llegué a la conclusión de que con esta película estábamos celebrándole. No como le celebraría un fan, sino desglosándole como hombre, haciendo hincapié en sus contradicciones; porque quieras o no, es lo que le define a uno. Quería mostrar a un Joe tridimensional.