A Kathryn Bigelow la aprendimos a amar por su ascético y renovador cine de acción –esa persecución a pie por las calles, casas y patios de Santa Mónica en la maravillosa “Le llaman Bodhi” (1991) es una cumbre de los noventa–, y empezamos a perderle algo el respeto cuando comenzó a rodar torpes dramas a dos tiempos (“El peso del agua”, 2000) o rutinarios vehículos para el lucimiento de Harrison Ford (“K-19”, 2002). Con “En tierra hostil” (2009), por suerte, vuelve por sus mejores fueros y consigue la que puede ser la mejor película hasta la fecha situada en la guerra de Irak, que no “sobre” la guerra de Irak.
El filme de Bigelow no aspira a hacer un comentario general sobre el conflicto, sino, más precisamente, a describir el trabajo siempre al límite de los hombres encargados de desactivar bombas en tierra realmente hostil. Menos descaradamente virtuosa que en otras ocasiones, la directora practica aquí una estrategia de inmersión –planos cerrados, un cierto aire de reportaje, uso subyugante del sonido– que hace al espectador partícipe de la ansiedad de los guerreros en pantalla. Experiencia cruda e intensa; difícil de apartar de la cabeza, incluso días después. ![]()


























