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KAZUO ISHIGURO, Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo
 

LIBRO (2010)

KAZUO ISHIGURO Nocturnos. Cinco historias de música y crepúsculo

Anagrama

Asegura Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) que tiene escritas, escondidas en algún cajón, más de un centenar de canciones. Canciones que quizá nunca vean la luz, pero que se han filtrado, nota a nota y acorde a acorde, en los cinco maravillosos e hipnóticos relatos de “Nocturnos” (“Nocturnes. Five Stories Of Music And Nightfall”, 2009; Anagrama, 2010) que el más británico de los japoneses resuelve, faltaría más, con la maestría y elegancia esperadas. Puede que al autor de “Nunca me abandones” (2005) se le reconozca más y mejor por otro tipo de teclas no precisamente musicales, pero la unión es aquí tan fuerte que cuesta distinguir dónde empieza la música y acaba el crepúsculo. O viceversa. Porque en “Nocturnos”, Ishiguro funde ambos conceptos para retratar una nueva galería de perdedores a los que la vida –o el propio Ishiguro, que para el caso es lo mismo– ha colocado en el brete de resignarse o caer aún más bajo. Y, al final, la gran coda de esta sinfonía, el sonido que anuncia el principio del fin, no es otro que un sonoro plaf: el rotundo tortazo de la realidad.

Especialista en arrojar luz sobre personajes invisibles, Ishiguro enfoca en “Nocturnos” a músicos callejeros que deambulan por la plaza San Marcos de Venecia; crooners ajados; antiguos amigos con alianzas basadas en canciones de Cole Porter e Irving Berlin; músicos “profesionales” entregados al noble arte de recrear a ABBA en hoteles suizos; exquisitos saxofonistas de jazz... Gente que avanza a ciegas en pos del éxito y acaba tropezando con el crepúsculo, ese espacio en el que el adiós muy buenas de la juventud y el hola qué tal de la vida normal y corriente se pasan el testigo y dejan a los personajes –y también al lector: así de abiertos le gustan los finales a Kazuo Ishiguro– sumidos en un mar de dudas y alterando el sudor frío de la incertidumbre con la carcajada que despierta la exquisita y tragicómica manipulacion de las vidas ajenas. Suena la música, sí, pero como ocurre en “Los violonchelistas”, el último de los relatos, es la misma canción repitiéndose una y otra vez. Una y otra vez.

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