Todo en el regreso a los escenarios de Leonard Cohen ha sido excepcional. Excepcional en el sentido mayestático (sublime) pero también como aquello que se aparta de lo ordinario, desde su desencadenante (un rocambolesco expolio financiero con lío de faldas de por medio, una vez más) hasta el resultado final, un espectáculo repetido minuciosamente durante dos años por todo el planeta y que parece siempre fresco, seductor y grácil.
Documento para la posteridad de este histórico y crepuscular último hurra es el concierto en Londres, que por fin se publica en DVD, “Live In London”. En vez de recurrir a la típica selección de temas grabados en distintas ciudades, Cohen se enfrenta relajado, todo carisma, a la grabación íntegra de un show de más de dos horas y media de duración, enamorando al público con su repertorio de gestos sutiles y actitud generosa: un intérprete casi anciano que se arrodilla y se mece jacarandoso por el escenario, como una pieza de museo que cobrara vida con infantil alborozo. Fue el 17 julio de 2008 en el 02 Arena, tres días antes de su actuación en el FIB Heineken, cuando la tournée ya llevaba dos meses de rodaje.
Cohen canta bien, bien; le envuelve cálidamente un nutrido grupo que unifica piezas separadas por miles de años con un desenfadado frufrú de sonidos mediterráneos y barrocos, tan exquisitamente demodé como apegado a la ironía judía y el humor inglés de tan ilustrado canadiense (dicho sea de paso, ¡qué gracia insoportable la de sus soliloquios!).























